MERCADOTECNIA CONSUMISTA PARA UN PROYECTO TOTALITARIO

P. Rojo Barreno

12/06/2016.

Parece que en España unos cuantos jóvenes identificados con la llamada “nueva política” han descubierto la pólvora del marketing político. Quizás, para adaptarme a la situación, debería haber titulado este mensaje con la jerga al uso, algo así como: «online marketing creative ideas for a totalitarian project». He preferido, sin embargo, empezar refiriéndome a unos pocos detalles conocidos e incluso familiares, con objeto de apuntar los, desde mi punto de vista, “significantes más significativos”, sin enredarme en la semiótica esparcida por Jean Baudrillard en su intento de interpretar a su maestro Guy Debord.

Si menciono a los dos mandarines gabachos del posmodernismo de izquierdas, desdeñados o incluso repudiados de boquilla por buena parte de la “Nueva Izquierda” de nuestra nueva política actual, -digo bien actual ya que la etiqueta de nueva izquierda se está reiteradamente utilizando en el mundo desde 1964 cuando Herbert Marcuse publicó los argumentos generadores de la llamada: “New Left” norteamericana- es por considerar que sus conjeturas, sobre todo las del precursor Debord con su famosa teoría del espectáculo, siguen inspirando de forma vergonzante sus tácticas propagandísticas.

El argumento fundamental de la mencionada teoría de Debord son los cambios de paradigmas revolucionarios tras la transformación del proletario –el sujeto que lo único que podía perder eran sus cadenas- en consumidor de una emergente clase media dentro del estado de bienestar, consolidado en la Europa capitalista tras la segunda guerra mundial . De esta forma, el sistema capitalista dispuso que al nuevo consumidor trabajador de clase media, había que tutelarle para que durante su extenso tiempo de ocio, tras lograr la jornada de ocho horas dentro de la semana laboral de 40 horas, se dedicara a consumir irreflexivamente mercancía averiada de fetichismo producida por las flamantes industrias del entretenimiento. De este modo se conseguía una extraordinaria fuente de realimentación del sistema capitalista, además de la reificación (cosificación) del manipulado consumidor trabajador.

rebelarsevende

Esta revisión del materialismo histórico implicaba la correspondiente sobre la “Agitprop” de raíz marxista-leninista. Sin alharacas teóricas, la mencionada New Left norteamericana la puso en marcha construyendo un zaparrastroso edificio teórico pero un fenomenal negocio. Quienes mejor explican el rentable filón de la contracultura son los profesores canadienses Joseph Heath y Andrew Potter en su ensayo: “Rebelarse vende. El negocio de la contracultura”. En este notable ensayo Heath y Potter nos detallan cómo los orates y negociantes contraculturales han desarrollado lucrativos negocios basados en la jerga de lo alternativo al repugnante consumismo de masas capitalista, registrando y vendiendo marcas «transgresoras» como las zapatillas de deporte “Black Spot” y demás sellos de la transfiguración de hippies a yuppies como: Diesel, Bershka, Pull and Bear, Von Dutch, Vans y, por supuesto, la coolest minivan que sustituyó al Volkswagen escarabajo de los sesenta y la música alternativa repetitiva y ejemplo axiomático del consumo competitivo. Un consumo competitivo elevado a la desfachatez, no porque los abuelos hippies y los papás punks, beatniks, ecologistas y demás tribus se vendieran al sistema convirtiéndose en yuppies, ni por la cacareada asimilación de su disensión, sino porque ese «Matrix» metafórico teorizado por Debord, parece que gusta a quien lo prueba, hasta el punto de que procura trasmitírselo a sus hijos, incluyendo a los engendrados y criados en el anonimato paterno del matriarcado tribal. Así lo hicimos con nuestros hijos pródigos de la nueva política que, como buenos herederos del disimulo, prefieren que les identifiquemos como alumnos de Antonio Gramsci, aquel impoluto héroe del comunismo aniquilado en las cárceles del fascio que teorizó sobre la necesidad de crear una nueva cultura de los trabajadores, frente a la burguesa, como condición imprescindible para la emancipación de la clase obrera.

Pero el supuesto éxito de la mercadotecnia de nuestra nueva izquierda, anteayer marxista-leninista, ayer bolivariana y antisistema, hoy socialdemócrata y mañana amados líderes de la funcionariocracia de taifas, en el fondo desdeña el pensamiento gramsciano y adora el marketing con causa. Ese artificio que funde la verborrea antiglobalizadora yupi y trasgresora, sobre todo trasgresora al modo de Naomi Klein, con el «Zigzag Principle» de Rich Christiansen pasando por la “Inteligencia Emocional” de Daniel Goleman.

Y sobrenadando entre semejante olla podrida están los inventores del artilugio que todo lo puede: los Vannevar Bush, Gerard Salton, Ted Nelson y los últimos desarrolladores de algoritmos, donde los meta tags son consecuencia del marketing transnacional y su jerga se basa en el espíritu emprendedor representado por el santificado Steve Jobs. De esta guisa, la contrarevolución digital representada por Google aterrizó en La Habana hace unos días instalando un cibercafé con conexión gratuita. Ah la rebeldía como valor de consumo: «Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras».

Si señoras y señores, chicas y chicos, etcétera, etcétera. Nuestros nuevos líderes nos atiborran de eslóganes, teologías y palabras clave meta tags procedentes del marketing transnacional más aguerrido. Si quieres puedes, luego Podemos, eso sí, guiados por jóvenes con dotes de liderazgo y destrezas empáticas capaces de cambiar el paradigma, hacer el cambio, el cambio otra vez, instaurar el progreso, lo nuevo frente a lo viejo. No lo duden, la clave del éxito del metafísico cambio está en una combinación de audacia, innovación y liderazgo. Nuestros nuevos jóvenes y jóvenas líderes no son lumbreras del pensamiento social y político, tampoco originales, pero listos, lo que se entiende por el individuo o individua capaz de vender una burra tuerta, coja y sin dientes, sin duda lo son.

Una mentira goebbeliana sobre el trabajo en España

Si los políticos son demagogos y los votantes ingenuos, algo que hoy en España es evidentísimo, los políticos que hacen las mayores promesas, aunque sean inviables, ganan las elecciones, y aquellos que proponen sacrificios, aunque sean indispensables, las pierden. El resultado son deudas inmanejables que pagarán las próximas generaciones, que son los que ahora no votan.

La gravosa carga que la élite burocrática que controla el estado de las 17 taifas está perpetrando para nuestros hijos y nietos, además de ser una canallada, es una bomba de relojería de alta densidad y poco retardo. Uno de los componentes de la bomba es la mentira instalada sobre el trabajo, mentira goebbeliana que esconde intereses espurios. Lo conté en 2013 y lo mantengo.