La Funcionariocracia paradigma quimérico del estado clientelar

Luis Ventoso se permitió hace unos días el lujo de ser incorrecto para algunos o facha sin salvación para otros, abordando el problema de la marginalización militante y okupa, cogiendo las hojas del rábano por do más duele titulándolo: La sopa boba. Por otro lado, no ha mucho, en uno de los lapsus motivados por encabronamiento de la paciencia ante la estulticia de algunos de sus incondicionales, el dirigente lindo y coletudo salió por peteneras afirmando que su partido no estaba para salvar al lumpen. ¡Ah, el lumpen!, ese excedente o subproducto de la lucha de clases, ese insostenible ejército de reserva que está ralentizando la historia hasta el punto de chafar todo el constructo conocido como materialismo histórico. ¿Qué hacer con él?

Se equivocó el dirigente lindo y coletudo, se equivocaba. Por ir al norte de su fin, fue al sur de su táctica. Se equivocaba. Creyó que el cliente era dócil. Se equivocaba. Creyó que la fucionariocracia era el cielo; que el maná, tranquilizaba. Se equivocaba. Que la subvención; rocío, que el trabajo; la nevada. Se equivocaba.

El estado clientelar posmoderno más comprensible como funcionariocracia, necesita del lumpen como el trigo el agua de mayo, para autojustificarse. El problema que empieza a surgir es que el lumpen está tomando conciencia, no de clase sino de fuerza chantajista cada día más asentada, gracias al jabón de la clase política emergente y funcionarial que piensa que el pan y el circo será suficiente para controlar y obtener la adhesión de los lumpen. Pero como todos los demás de la casta se han dado cuenta, siguen bombeando el buen sentimiento de la solidaridad con ese dinero que la ministra de Zapatero decía que no era de nadie, y el globo de la cultura okupa y sopa boba sigue inflándose hasta que, en vez de explotar, la falta de recursos lo deje chupao. ¿Y luego? ¿Quién se pone a currelar si es que queda algún currelo?