ODISEA DEL VIAJERO EN CLASE TURISTA

De Londonistán a Madrid

19/06/2022

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Reseñar un viaje que debería ser casi una excursión, pues en avión desde Londres a Madrid apenas se recorren 1.200 kilómetros en dos horas, después de leer el artículo de Genoveva Enríquez sobre el viaje de la monja Jerónima Yáñez de la Fuente en 1620 quien, con 65 años, se atrevió a viajar a Filipinas atravesando el Atlántico hasta Veracruz, en mula cruzar Nueva España hasta Acapulco donde llegaba y partía el galeón de Manila a donde llegó dos años después de partir de España, parece una banalidad de turista quejica. Si lo hago es por entender que, desde mi primer viaje en octubre de 1965 desde Madrid a Montreal a bordo de un Douglas DC-8 de la Canadian Pacific Airlines, hasta el reciente viaje Londres – Madrid, viajar en avión en clase turista ha degenerado del placer a la tortura.

La experiencia no evita las peripecias derivadas de la irresponsabilidad de terceros pero, invita a la prudencia. Así, calculé que para embarcar en el IB3173 que partía de la terminal 5 de Heathrow a las 19:10 (hora de embarque 18,20) teniendo en cuenta que se tarda una hora larga desde el centro de Londres al aeropuerto de Heathrow en cualquier transporte, que soy tan ecolo como el que más y que solo llevaba equipaje de mano y había logrado imprimir la tarjeta de embarque (tras 4 intentos), usaría el transporte más barato. Bajo estas premisas, tomé el Tube en Russel Square a las 12 de la mañana, con el propósito de que me trasladara por la Piccadilly Line directamente a la Heathrow Terminal 5 en unos 70 minutos. Para los pocos duchos en estos menesteres, planificar casi 5 horas de espera teórica en la terminal parecerá exagerado, pero si tenemos en cuenta la precaución ante los imprevistos y la consideración de relajarse tomando tranquilamente un Fish & Chips con una cerveza en el Pilots de la terminal, no lo es tanto. Veamos.

El viejo tren de metro fabricado en los años 70 del siglo pasado marchaba con la pachorra habitual hasta que, desde la estación de Northfields (a 10 paradas de mi destino), el convoy empezó a pararse inopinadamente. El conductor nos tranquilaba diciendo que eran paradas por semáforo en rojo y que pronto retomaríamos la marcha. Sin embargo, las paradas se fueron repitiendo hasta el punto en que 35 minutos después de iniciarse, el tren paró en Hatton Cross (a 3 paradas de mi destino) y el maquinista nos informó que debíamos desalojar el convoy y esperar en la estación hasta la llegada de otro tren que nos conduciría a Heathrow. Unos 10 minutos después llegó el tren que me traslado a Heathrow Terminal 5 una hora y 46 minutos después de tomar el metro en Russel Square.

Todavía queda tiempo suficiente, me dije incauto, cuando inicié a las 14 horas el control de seguridad. Según la información oficial del aeropuerto londinense, los pasajeros deben pasar el control de seguridad, al menos 35 minutos antes de la hora de salida de su vuelo. Pobre de aquel que lo haga. Bien es cierto que en esto hay clases, pues existen las líneas de acceso rápido (fast-track) para tripulación, pasajeros adheridos a programas VIP, familias viajando con niños o personas discapacitadas.

Pero los siervos de la gleba tenemos que pasar por las horcas caudinas. Tras escanear el código de la tarjeta de embarque en la correspondiente barrera, uno entra en un largo salón repleto de cinchas que establecen estrechos caminos donde los pasajeros amorrados debemos transitar lentísimamente, estabulados cuan rebaño bovino en el redil antes del trasquilado. Sorprendentemente, en aquel momento de aquella malhadada tarde no estaban las señoras veladas en hijab o shayla que indican el pasillo más conveniente a los pasajeros. Por consiguiente, todos entrábamos en un único camino con varios zigzags donde se acumulaban decenas de personas esperando llegar hasta la única cinta transportadora en que depositar sus artilugios y pasar por el detector de metales. Así, nos fuimos acumulando sin apenas avanzar pues, aun estando lejos, pude distinguir que apenas pasaba el control una persona cada minuto. Ante semejante pérdida de tiempo, los pasajeros empezamos a impacientarnos mascullando una ligera protesta.

Tras más de media hora estabulados en los pasillos de cinchas, apareció una joven dama velada con hijab gritando que diéramos media vuelta y nos dirigiéramos hacia otros pasillos ahora abiertos, que conducían a las otras cintas con sus respectivos sistemas de control. Así lo hicimos apesadumbrados y esperanzados hasta que, tras varios minutos, comprendimos que éramos víctimas de una redistribución de masas, pues las máquinas de control padecían de tortuguismo total. Fue entonces cuando sufrí el ataque de Spanish dignity y me acerqué a la dama velada para preguntarle por los motivos de semejante desastre. La dama me miró con arrogante antipatía y sin responder tocó una tecla de su walkie-talkie. Inmediatamente aparecieron dos individuos tocados respectivamente con kufiyya y agal para advertirme que si no volvía al redil y me callaba inmediatamente, me detendrían ipso facto. A punto estuve de responderles quien eran ellos y sobre qué tipo de autoridad me detendrían cuando, una señora situada a mi lado me susurró que mejor haría en callarme porque podrían llamar a la policía y acusarme de terrorista. Aquello me desconcertó y apenas pude balbucear mi indignación al comprobar la mansedumbre silenciosa de los pasajeros ante el atropello que sufríamos. Por un instante, rodeado de amenazantes damas veladas con hijab y empleados tocados con kufiyya y agal creí estar en el Londoninstan de la «Eurabia» anunciada por Oriana Fallaci.

Cuando por fin pasé el penoso trámite secuela de los secuestros de aviones con pasajeros, un terrorismo iniciado el 29 de agosto de 1969, cuando la palestina Leila Khaled entró a la cabina del vuelo 870 de la TWA y tomó el mando del avión en nombre del Frente Popular para la Liberación Nacional de Palestina. A este secuestro le siguieron decenas más con los resultados luctuosos conocidos. Naturalmente, tras pasar más de una hora soportando la incuria del personal de seguridad de la Terminal 5 de Heathrow, uno se pregunta por los motivos de semejante comportamiento. Justificarlo por el bajo salario que reciben conduce al absurdísimo por cuanto sus reivindicaciones públicas proponen la incorporación de más personal, vamos poder colocar a familiares y amigos en paro o peor pagados. Y sin embargo, personal de seguridad, lo que se dice gente pululando con walkie-talkies y conduciendo a viajeros como pastores de ganado, hay por centenares por todo el aeropuerto.

En fin, entre pitos del metro y flautas de control de seguridad, me quedé sin Fish & Chips con cerveza. Con paciencia franciscana maté literalmente el hambre con un sándwich indescifrable del Pret A Manger y embarque en el avión de Iberia. Una buena costumbre recuperada por esta compañía, antaño de bandera española, es la puntualidad. Una mala costumbre justificada con la COVID-19 es no dar ni un vaso de agua gratis a los pasajeros de clase turista. Eso sí, si pagas a precio de lujo un bocadillo de mal jamón y una Coca-Cola no hay peligro de contagio.

Para finalizar la odisea viajera, tras aterrizar en Barajas y pasar el control de pasaportes y llegados a la terminal 4 mediante el trenecillo bamboleo, dos paisanas nos impiden tomar el ascensor que conduce al piso de recogida de maletas y salida, aduciendo que si lo tomábamos tendríamos que pasar por el control sanitario de entrada a España mostrando el código QR certificando la triple vacunación. Una trampa saducea por cuanto al llegar a la zona de recogida de maletas, decenas de personas ataviadas de blanco o con chalecos amarillos, exigían el certificado de marras a todo viajero que no procediera de una ciudad dentro del espacio Schengen.

Las perspectivas de posible mejora del trato a los pasajeros no VIP en los aeropuertos del mundo es bastante lúgubre. Recuerdo que el conglomerado empresarial compuesto por: Heathrow Airport Holdings Limited, Heathrow Finance plc y Heathrow (SP) Limited, en febrero de 2022 acumulaba un déficit de 2.100 millones de euros, una deuda de 52.265 millones de libras y necesitaba contratar a 12.000 personas, a pesar de que el número de pasajeros apenas era del 50% del de 2019. Por su parte AENA se encuentra litigando en el Tribunal Supremo la compensación del déficit de tarifa de 1.365 millones de euros. Solo en 2020 entre los costes de prestación de los servicios aeroportuarios básicos (2.275 millones) e ingresos (910 millones) Aena acumuló un déficit de 1.360 millones de euros. Por supuesto, estas deudas de AENA las tendremos que pagar los contribuyentes españoles sin rechistar.

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ODISEA DEL VIAJERO EN CLASE TURISTA

Por Pablo Rojo Pablo time to read: 6 min
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