RUSIA: EURASIANISMO PANESLAVISMO O COLAPSO

Al reconocer el estupor que me produjo la beligerante reacción de numerosas gentes del común y personalidades de países formalmente democráticos por, desde posiciones ideológicas diferentes, acreditar o apoyar claramente los pretextos que Putin utiliza para justificar la invasión de Ucrania, exhibí una notable falta de agudeza sobre la maraña de contradicciones performativas que inundan el pensamiento occidental.

Entiéndanme, no me sorprendió en absoluto que el izquierdista millonario Noam Chomsky o el delirante Atilio Boron, conocido por pedir a Nicolás Maduro que «aplastara» a la oposición para evitar que Venezuela «se convertiría, de facto, en el estado número 51 de Estados Unidos», aseguren que la invasión de Ucrania es culpa de EEUU y sus aliados, por cuanto Rusia solo defiende sus fronteras “naturales” de la expansiva y amenazante OTAN. Por supuesto estos personajes que disfrutan de libertad de expresión en sus por ellos denostadas democracias, son propagandistas de la manoseada narrativa que centra toda la responsabilidad de los conflictos mundiales en Estados Unidos, por ser la potencia imperialista capitalista hegemónica desde el final de la II Guerra Mundial. Así, según la izquierda populista posmoderna que, sin remilgo alguno es baluarte de la doctrina woke nacida e implantada en Estados Unidos, los yanquis no tienen autoridad moral para reclamar el respeto a la soberanía de ningún país, por contar con una vergonzosa historia de invasiones e intervenciones armadas catastróficas que desde su Guerra de Independencia superan la cincuentena pero que solo contando desde 1959 que inició su escalada en Vietnam, han seguido en Líbano, Irak (2 veces), Yugoslavia, Afganistán, Siria y Libia. En consecuencia, según este argumento, si la potencia norteamericana apoya a Ucrania es para debilitar o incluso aniquilar a Rusia como asegura Putin. Ni que decir tiene que este argumento denota nostalgia por aquella Unión Soviética colapsada y una vehemencia digna de mejor causa.

Más sofisticado o retorcido con respecto a la historia, pero no sorprendente, es que el discurso izquierdista descrito sea asumido por el lepenismo, el trotskismo posmoderno galo, el nacional-populismo padano y personajes como Berlusconi, por cuanto muchos franceses (los italianos algo menos) soportan mal que en 1944 las fuerzas aliadas comandadas por el yanqui Dwight D. Eisenhower liberaran Francia de los nazis, y que la generosidad de Eisenhower permitiera a la desecha honrilla gabacha que la insignificante división Leclerc desfilara victoriosa en el París liberado.

Con todo, la coherencia y la honradez deberían obligar a quienes acusan de intervencionismo imperialista a los EEUU y “su” OTAN y de seguimiento perruno a los aliados Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda y Taiwán, apliquen la misma regla de medir alturas morales en el comportamiento de Rusia, incluida la etapa de dominación de la dinastía bolchevique. De esta manera comprobarán que su inmenso territorio es fruto de sempiternas guerras de expansión no siempre exitosas, pero sistemáticamente convertidas en mitos patrióticos imperiales.

Por ejemplo, parece objetivo aclarar que ante la alarma provocada por la revuelta decembrista del 26 de diciembre de 1825, los mitos patrióticos rusos fueron convertidos en doctrina por el noble erudito y ministro de Educación del zar Nicolás I, Serguéi Uvárov, a través de la trinidad imperial rusa: ortodoxia, autocracia y nación «pravoslaviye, samoderzhaviye y narodnost». Esta trinidad fue poco después precisada y acervada por el ideólogo del paneslavismo, Vladímir Lamanski, disponiendo que la Rusia blanca eslava tiene la sagrada misión de dominar Eurasia. Esta ideología imperialista y xenófoba fue pulida por el filósofo de cabecera de Putin, Iván Ilyín y ahora actualizada por el llamado «Rasputin de Putin», Alexander Duguin quien, junto con Yuri Kovalchuk y otros secuaces alrededor de Putin, reedifican, bajo la denominación neo-eurasianismo, un expansionismo rojipardo que establece que el enemigo del proyecto de la Gran Rusia euroasiática es el mundo «atlántico» liderado por Washington, mientras que «una alianza turco-eslava en la esfera euroasiática» haría posible el sueño paneslávico. Por consiguiente, según estos preceptos, sin el dominio de Ucrania, Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, Bosnia, Croacia y Serbia, sin el control absoluto del Báltico y el Mar Negro, Rusia no puede consolidar el sagrado imperio euroasiático que inicia la victoria de San Dmitri Donskói de Moscú́ sobre los tártaros de la Horda Dorada en 1380.

La rehechura de la elite establecida en el siglo XVI en el Gran Ducado de Moscú por Iván IV, “el Terrible”, según Duguin y otros mentores de Putin, es la única fórmula capaz de conseguir la soñada “Tercera Roma” con capital en Moscú que incluiría, además de los mencionados países eslavos, las tres repúblicas bálticas, Rumania, Bulgaria y Grecia. Por lo tanto, todas las guerras que Rusia ha emprendido desde la fundación del Zarato, las conquistas de los Kanatos de Crimea, Kazán y Astracán, las de Siberia, Ucrania, Finlandia y el Cáucaso, la obsesión por el dominio de Crimea que tanta sangre ha causado y parece que causará, las conquistas de Uzbekistán, Kirguistán y Turkmenistán, la ocupación militar de las tres repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) por el Ejército Rojo en 1940, las invasiones de Finlandia y Polonia por las tropas de Stalin en comandita con las de Hitler, las divisiones acorazadas arrasando Alemania del Este en 1953, Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968, la funesta invasión de Afganistán en 1979, las dos guerras contra Chechenia (1994-1996 y 1999- 2000), la agresión a Georgia para anexionarse Osetia del Sur y Abjasia en agosto de 2008, la intervención militar que ha consolidado la dictadura de Bashar Al Assad en Siria, el envío de tropas a Kazajistán en 2022 para reprimir la justificadísima revuelta del pueblo kazajo, los ciberataques y asesinatos selectivos de opositores y el empleo de mercenarios son, para Putin y los oligarcas y secuaces que le apoyan, historia gloriosa de Rusia.

En realidad, Putin no engaña. Su estrategia expansiva la dejó clara en 2007 en un discurso clave en la Conferencia de Política de Seguridad de Múnich. Aún más explicitó es su artículo en Izvestia de octubre de 2011, donde anunció su proyecto de una “Unión Euroasiática” que se extendería desde “Lisboa a Vladivostok”.

Ante estas y otras muchas evidencias, lo sorprendente es verificar que la concepción estatista del putinismo (la centralidad férrea del Estado en la vida política y social) más el nacional-ortodoxismo paneslavo son un reclamo para gentes que se identifican en la derecha por, según ellos, constituir un freno al imperialismo yanqui y su wokeismo amoral y disgregador que envenena occidente. Esta percepción, junto con la imagen de tipo duro de Putin, conlleva todo tipo de justificaciones geoestratégicas que disimulan la esencia del régimen ruso: una autocracia centralista y paneslavista que, ante los antecedentes históricos, intenta evitar un nuevo derrumbe por la fuerza de las armas.

Ha sido el afamado y controvertido general Ben Hodges quien hace unos días expuso el talón de Aquiles del régimen ruso cuando advirtió: «El gran tamaño de Rusia hace que la solidaridad cívica sea difícil de lograr en el mejor de los casos. Con la metrópolis debilitada, cualquier sentido de identidad nacional podría deteriorarse rápidamente». Los datos históricos muestran que los colapsos del Estado ruso se debieron a que el proyecto imperial de los zares que la URSS continuó, engendra un círculo vicioso de expansión, desequilibrada estabilización y colapso por la acumulación de dificultades macroeconómicas, sociales, políticas, geográficas y étnicas. Ha sido el profesor de historia Chris Snow quien ha expuesto la posibilidad de repetición del ciclo histórico ruso, al advertir que pese a la propaganda del régimen presumiendo de fortaleza financiera por la continuidad de sus ventas de petróleo y gas (sin mencionar los menores ingresos por los bajos precios) Rusia ya sufre una crisis estructural profunda.

Los datos parecen dar razón a Snow. El primer desequilibrio de Rusia es demográfico. Con 145 millones de habitantes su población desciende cada año, sobre todo en las grandes ciudades y en los krais Russkii (Русский) de etnia mayoritaria eslava, frente a los de las veintiuna repúblicas de etnias diferentes cuya población sube ligeramente. De hecho, entre 2002 y 2020, la etnia ruso-eslava se ha reducido en 10 millones de personas. Por otro lado, el PIB ruso en 2022 sumó 1,7 billones de dólares, mientras que Italia, con 59 millones de habitantes, tiene un PIB de 1,9 billones de dólares. En términos de renta por habitante, Rusia anda a la zaga de Kazajistán, Croacia y Rumanía. Su productividad es tercermundista pues el 60% de sus exportaciones son gas y petróleo, que representan, en total, un tercio de su economía, ligada, por tanto, a los vaivenes del precio de la energía. Les siguen otras materias primas y aparejos de guerra que en la práctica se han mostrado quebradizos. Así, el déficit presupuestario del Kremlin de 2022 fue de 47 mil millones de dólares, y el déficit presupuestario de este año aumentó a 3,42 billones de dólares en abril. Los ingresos totales de Rusia cayeron un 22 por ciento y sus gastos aumentaron un 26 por ciento. Rusia no cumplió con su objetivo presupuestario para todo el año y las pérdidas aumentan constantemente. Además, el valor del rublo se ha depreciado en más del 30% desde principios de 2023. Estas cifras contrastadas se oponen a no pocas oficiales que aseguran que el impuesto al valor añadido (IVA) se mantiene estable, lo que induce a pensar que Moscú nos está mintiendo para hacer que la situación sea menos catastrófica de lo que es.

El reconocido escritor ruso Mikhail Shishkin tuvo el coraje de escribir una carta abierta con el título: “Mi querido pueblo ruso: los ucranianos luchan contra el ejército de Putin para defender su libertad y la nuestra”. En el fondo, expresa la realidad de un poder oligárquico cuyo sistema de explotación y extracción centralizado en Moscú se muestra cada día más cruel e ineficiente. A pesar de las apariencias, el poder vertical implantado por Putin es frágil al estar constituido por un grupo reducido de individuos sin un mecanismo real de sucesión. Ineficiencia y aventurerismo hace que el sistema de Putin sea incluso más débil que el de la Unión Soviética. Personajes como Yevgueni Prigoshin y Serguéi Shoigú muestran la vorágine delincuencial del régimen.

Además, la Federación Rusa compuesta por nueve krais, cuarenta y siete óblasts, veintiuna repúblicas, cuatro distritos autónomos y dos ciudades federales que conforman los ochenta y tres sujetos federales, carece de instituciones locales sólidas. En realidad, solo la bota moscovita contiene las aspiraciones ancestrales de chechenos, baskirios, tártaros del Volga, udmurtos, mordovianos, ingusetios, calmucos, tuvanos, yacutos y altáis repartidos en las veintiuna repúblicas y varios krais y óblasts. De hecho, muchos han intentado independizarse de Moscú en el pasado. En la década de 1980, por ejemplo, Osetia, Chechenia e Ingushetia. Tartaristán y Baskiria también lo intentaron antes y hoy, a pesar de la represión, acontecen protestas contra la guerra en estas repúblicas. En Kuban perviven rescoldos del genocidio circasiano entre 1864 y 1870, por lo que la convivencia entre autóctonos y rusos es tensa. La efímera República de los Urales de 1993, es otro ejemplo de intentos fallidos de separarse del gobierno de Moscú.

La inestabilidad inherente a una federación que en realidad es una confederación, regida por un poder central extractor incapaz de generar riqueza, está siendo más fragilizada por el sangrado de recursos exigidos por una guerra generada por la mezcla de ambición imperialista y miedo del régimen a su propio colapso. Así, el sufrimiento y la pobreza aumentan al tiempo que el colapso demográfico de la Rusia eslava parece imparable.

En este contexto ¿se puede culpar a Ucrania de aspirar a pertenecer a la Unión Europea, en lugar de plegarse a una Rusia económicamente irrelevante, lastrada por un implacable centralismo étno-imperialista, además de científica y tecnológicamente muy inferior a Estados Unidos, China, Japón, Corea del sur y otros países del bloque occidental?

LA LOCOMOTORA ALEMANA SE HA GRIPADO

Un repaso sobre los motivos de una decadencia ocultada por el oportunismo

Uno de los tópicos, no sin fundamento, es el de la laboriosidad juiciosa de los alemanes. Pero como a toda generalización habrá que aplicar la regla de los pimientos de Padrón; unos si y otros no. En realidad, su prestigio como nación seria es muy reciente, apenas se remonta a las últimas siete décadas que inauguran dos hombres sabios y sobrios: Konrad Adenauer y Ludwig Erhard. Fue gracias a sus decisiones que la República Federal de Alemania (RFA) logró recuperarse rápidamente de la hecatombe de la II Guerra Mundial.

Creo que merece la pena repasar sumariamente cómo, a partir de 1949, el Ministro de economía de la RFA, Ludwig Erhard aplicó una política económica basada el ordoliberalismo (también inspirador del Plan de Estabilización franquista) una corriente surgida en la Universidad de Friburgo en la década de los treinta del siglo pasado, cuyo padre intelectual fue Walter Eucken al que siguieron las aportaciones de Franz Böhm, Hans Großmann-Doerth, Leonhard Miksch, Wilhelm Röpke, Alexander Rüstow, Alfred Müller-Armack y el mismo Ludwig Erhard. Fue Alfred Müller-Armack, mano derecha de Erhard, quien acuñó el concepto «Economía Social de Mercado». El fundamento del ordoliberalismo es el pacto entre sindicatos y patronal para coordinar y acordar salarios y productividad, bajo el compromiso de incrementar la capacidad adquisitiva de los salarios, el mantenimiento del empleo y el aumento general de la riqueza. Algo muy parecido al corporativismo aplicado por Eduardo Aunós durante la Dictadura de Primo de Rivera (en el que colaboró con denuedo la UGT dirigida por Largo Caballero) y la socialdemocracia de los países escandinavos. El socialdemócrata Karl Schiller no solo apoyó esta política económica sino que la amplió a través del Globalsteuerung, o dirección global, un proceso por el cual el gobierno no interviene en los detalles de la economía, pero establece pautas que fomentan un crecimiento no inflacionario e ininterrumpido. Por supuesto, también la RFA se vio favorecida por el Plan Marshall (1948-1952), y la reducción por parte de los aliados del 50% de la deuda externa alemana en la Conferencia de Londres de 1952.

El éxito de los “Treinta Gloriosos” (1946-1975) y el modelo de economía social de mercado que los socialdemócratas siguieron y ampliaron, dio a la República Federal de Alemania un periodo casi ininterrumpido de prosperidad con un crecimiento medio del 7 % anual, mientras que el desempleo cayó del 11 % en 1950 al 0.7 % en 1965. Semejante hazaña también fue posible gracias a la reconciliación sincera entre Francia y Alemania que desembocó en la Declaración de Schuman que propuso que el carbón y el acero de la RFA y Francia (y los demás países que se adhirieran) se sometieran a una administración conjunta que llevó a la firma del Tratado de París el 18 de abril de 1951 por el que se creó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), firmado por Francia, RFA, Bélgica, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos. El aumento general de la riqueza en la RFA, como resultado de una renovada y productiva industrialización, hizo olvidar a sus ciudadanos guerras, crisis y hambrunas no tan lejanas, incluida la hiperinflación durante la catastrófica República de Weimar. Pero de pronto llegó la crisis petrolera de 1973 poniendo en solfa la estabilidad con el aumento de la inflación y la inseguridad energética. Este contratiempo inesperado produjo un sentimiento de frustración y vulnerabilidad en la sociedad alemana occidental.

Como consecuencia colateral de la crisis del petróleo, los grupúsculos residuales de las revueltas de los 60 y los situados a la izquierda del Partido Socialdemócrata, sin olvidar, aunque se olvida, el latente econazismo de montañas nevadas y banderas al viento en sectores no tan minoritarios de la población, surgió un movimiento ecologista potente contra la energía nuclear civil llamado Energiewende (antinuclear, control democrático y activismo medioambiental). De esta manera, en 1980, seis años antes del accidente de Chernóbil, se funda el Partido verde Die Grünen. La primera gran victoria de los verdes, se produce con la paralización del proyecto de la central nuclear de Wyhl en 1983. La fusión del núcleo del reactor de la central nuclear de Chernóbil en 1986 afianzó a los verdes como fuerza política, al exagerar hasta el paroxismo los niveles de radioactividad o lluvia radiactiva procedente de Chernóbil que caía como hecatombe flamígera sobre Alemania. El Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) que había hasta entonces apoyado el plan de desarrollo de la energía nuclear civil, en agosto de 1986 propuso su abandono en 10 años. Empero, el entonces Canciller y dirigente de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU), Helmut Kohl, mantuvo el apoyo a la energía nuclear.

Bajo la batuta de Kohl como canciller de la RFA entre el 1 de octubre de 1982 y el 26 de octubre de 1998, la política de diversificación energética se mantiene a pesar de las manifestaciones en contra de los verdes y del SPD. Esta posición y el mantenimiento del ordoliberalismo como línea maestra de la economía, permitieron a la RFA remontar la crisis de los setenta con creces. Ya en 1989 la RFA era la tercera potencia económica mundial solo por detrás de EEUU y Japón. Y sobre estos poderes, el 3 de octubre de 1990 el Helmut Kohl logró la reunificación de Alemania que consistió en la absorción por parte de la RFA de los cinco landers de la sovietizada República Democrática Alemana: Mecklemburgo-Pomerania Occidental, Sajonia, Sajonia Anhalt y Turingia y Brandeburgo. Con el cierre de las tres deplorables centrales nucleares de la RDA, la RFA en 1992 tenía 17 plantas nucleares en activo.

Tras la victoria electoral de la coalición del SPD dirigido por Gerhard Schröder y los Verdes encabezados por Joshka Fischer en 1998, el nuevo gobierno roji-verde establece el objetivo de eliminar todas las centrales nucleares inmediatamente. Tras escabrosas negociaciones que duraron más de dos años, el gobierno dirigido por Schröder pactó con la industria el desmantelamiento progresivo de las centrales nucleares, estableciendo un periodo máximo de actividad de 32 años, de modo que el último reactor se debería desconectar en 2022. Al mismo tiempo, el gobierno aprobó una serie de leyes (Erneuerbare-Energien-Gesetz) para incentivar, a través de reducciones fiscales, subvenciones y otros muchos privilegios, la generación de energía eléctrica renovable como colofón del programa Energiewende.

El 30 de mayo de 2005 Ángela Merkel es elegida Canciller de la RFA. Al constatar que el precio de la energía eléctrica generada por las energías renovables era mucho más caro e inestable que la generada por las centrales nucleares recién cerradas de Stade y Obrigheim, mientras que las centrales de gas natural aseguraban el suministro, el 13 de octubre del 2005, Gazprom Export firmó un contrato con las alemanas Wingas y Wintershall (filial de BASF), para suministrar 9 millones de m³ de gas natural al año durante 25 años. El 9 abril 2010 el presidente de Rusia, Dmitri Medvedev, y Ángela Merkel, inauguraron la construcción del primer ramal del gasoducto Nord Stream para facilitar la llegada del gas ruso a Alemania que hasta entonces se suministraba a través de Ucrania y Polonia por los gaseoductos Brotherhood y Yamal-Europa (1997). Aquel acuerdo fue una puñalada trapera para Ucrania, Polonia y las repúblicas del Báltico. En noviembre de 2011 fue inaugurado por Merkel y Medvédev el primer ramal. El segundo ramal empezó a construirse en mayo de 2011 y se terminó en abril de 2012. El tendido de Nord Stream 2 se llevó a cabo entre 2018-2021. La primera línea de Nord Stream 2 se completó en junio de 2021 y la segunda línea se completó en septiembre de 2021.

No puede ser casual que desde que dejó de ser canciller en 2005, Gerhard Schröder trabajara para la industria gasista y petrolera rusa en concreto Presidente del consejo de administración del consorcio petrolero Rosneft, con un sueldo oficial de 600.000 euros al año, consejero de Gazprom y del Nord Stream AG, además de reconocer ser amigo personal de Putin.

En 2010 Angela Merkel acuerda en su segunda legislatura, con el Partido Liberal (FDP) como socio, extender los plazos para las entonces 17 plantas nucleares en activo. Se mantiene el objetivo del adiós a la energía nuclear, pero prolonga 14 años más la actividad de los reactores más recientes. Ya la dependencia de la RFA del gas ruso era importante, con el Nord Stream 2 y el cierre de las centrales nucleares y de carbón se convierte en absoluta. Pero el gas ruso es abundante y barato, más barato para Alemania que para todos los demás. Putin está encantado con su clienta Merkel.

Cuatro días después de la catástrofe de Fukushima (Japón) de 2011, Ángela Merkel revierte su anterior decisión y recupera el calendario del apagón para 2022. Ordena revisar la seguridad de todas las plantas y establece que las siete centrales nucleares construidas en los ochenta deben desconectarse en tres meses. Indemniza a los consorcios afectados con 2.400 millones de euros. Esta pusilánime decisión carente de visión estratégica por cuanto deja Alemania a merced de la llave de paso del gas ruso, es aplaudida por la mayoría de la opinión pública alemana y europea. El gas ruso sigue siendo abundante y barato, más barato para Alemania que para todos los demás. Putin está aún más encantado con su clienta Merkel.

El socialdemócrata Olaf Scholz logró en diciembre de 2021 formar gobierno aliado con los verdes y los liberales. Solo tres meses más tarde, Rusia invade Ucrania. Ante este panorama, pero creyendo que se trataba de un Blitzkrieg (guerra relámpago) de los rusos, su gobierno decide una última prórroga para las tres centrales nucleares que siguen activas. El apagón ya no será el 31 de diciembre de 2022 sino el 15 de abril de 2023. Scholz adopta esa decisión sin el consenso de sus socios. El ministro de Economía y Protección del Clima, el verde Robert Habeck, defendió el calendario previsto, mientras que el de Finanzas, el liberal Christian Lindner, reclamó mantener las últimas plantas en activo durante más tiempo.

Pero los ucranianos aguantaron la embestida y se han empeñado en subsistir como nación. Mientras tanto, Alemania se encontró entre la espada de su dependencia energética del gas ruso y la pared de su pertenencia a la OTAN y a la UE. De cómo llegó la laboriosa y parecía que sensata Alemania a esta lamentable situación solo se explica por la implantación de una ideología falsificadora de la realidad que establece la anticientífica e insensata doctrina antinuclear, como elemento sustancial para proteger el medio ambiente, cuando la realidad científica demuestra que es todo lo contrario. Porque además, la reaccionaria doctrina antinuclear frena la investigación científica y el desarrollo de una industria eficiente y limpia. El ejemplo palmario de este sindiós ideológico es la Ley 7/2021, de cambio climático y transición energética perpetrada por el gobierno de Sánchez.

La trampa tendida por Putin, ese gas abundante y barato, ha destapado el dumping energético a una industria antaño dinámica y competitiva y hoy entumecida.

El conocido historiador alemán Andreas Rödder exponía hace un mes en Die Welt su temor: «Todo el modelo empresarial alemán ya no funciona». Recordaba que «se apoyaba en tres pilares: Importaciones de energía barata de Rusia, dependencia económica de China y seguridad proporcionada por EE UU y la OTAN sin pagar por nuestra parte».

LA PANDEMIA HISTORICISTA

Al ser utilizado a diario consciente o inconscientemente por la inmensa mayoría de periodistas e eruditos que publican en los medios, nos hemos habituado a leer y escuchar ensayos, artículos y noticieros basados en el historicismo, una teoría que sostiene que la naturaleza de los seres humanos y de sus actos, solo se puede entender considerándolos como parte integrante del devenir de la historia, un proceso histórico continuo debido a que la historia tiene sus propias leyes. Uno de los pensadores que ha refutado esta tesis con determinación fue Karl Popper en: “La miseria del Historicismo” indicando que el historicista cree en una «ley del desarrollo histórico» y en la existencia de un patrón en la historia, e incluso de un fin, y en que su descubrimiento es la tarea central de la ciencia social. Desde esa presunción, el historicismo establece que esas leyes deben determinar la dirección de la acción política y social.

Los padres del historicismo tienen gran reputación en diferentes corrientes de pensamiento, desde Gottfried von Herder hasta Benedetto Croce, pasando por Friedrich Hegel, Karl Marx, Wilhelm Dilthey, etc. Quizá la frase más rotunda y que mejor sintetiza el historicismo sea la firmada por Wilhelm Dilthey: “Lo que el hombre es lo experimenta solo a través de su historia”. Por supuesto los principios del materialismo dialéctico en que se basa el materialismo histórico marxista, contienen los rasgos historicistas de predeterminación del destino del hombre ordenado por un proceso histórico. Y aunque los padres del historicismo y sus seguidores suelen alinearse en ideologías redentoristas, otras corrientes antitéticas como el positivismo con su búsqueda de leyes generales reguladoras del devenir social y varias ramas del liberalismo como el neoliberalismo (consenso de Washington) siguen pautas historicistas. Es el caso de Francis Fukuyama con su afamada teoría del Fin de Historia cuando establece: “la Historia entendida como un único y coherente proceso evolutivo”.

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Las tópicas frases hechas que oímos o leemos a menudo como: «los mercados libres conducen al desarrollo democrático«, o «el socialismo es inevitable debido a la ineludible crisis final del capitalismo«, contienen un determinismo historicista claro. Al profundizar en estos rasgos historicistas, el historiador Timothy Snyder los ha sintetizado con dos conceptos interpuestos: política de la eternidad y política de la inevitabilidad. Así, el relato de la eternidad es, además, identitario y maniqueo. Trata de nosotros/los puros contra ellos/los malos, y el éxito de los primeros pasa por la eliminación física o política de los segundos. Lo importante son los roles inmutables atribuidos por el autor del relato, y a partir de ahí lo relevante no es lo que uno hace, sino lo que uno es según el papel asignado. En consecuencia, desaparece la objetividad. Los hechos ya no son valorados por lo que son, sino en función de sus autores: un mismo hecho es bueno si lo hacemos “nosotros”, y malo si lo hacen “ellos”.

Con la inevitabilidad, las ideologías apoyadas en el historicismo presentan el triunfo de sus ideas como predestinado y fin y final de la historia. A menudo, los políticos de la inevitabilidad retratan la historia como un viaje del salvajismo a la civilización y asumen que esta tendencia continuará hasta el resultado deseado. Así, Marx entendía que la sociedad había cambiado entre varios modos de producción, desde los cazadores-recolectores neolíticos, la esclavitud antigua, la servidumbre feudal y luego el capitalismo, y que estos modos de producción dictaban cómo operaban las sociedades y, en última instancia, sus contradicciones (dialéctica) conducían al siguiente modo. Marx argumentó que la historia era, en esencia, una lucha de clases y que esta lucha definía su recorrido. Por lo tanto, la victoria del proletariado sobre la burguesía era ineludible como consecución de la dialéctica histórica. En el período moderno, postuló Marx, la lucha entre la burguesía y el proletariado conduciría al colapso del capitalismo y al triunfo del socialismo. Como indica el Manifiesto Comunista: «Hasta ahora, toda forma de sociedad se ha basado, como ya hemos visto, en el antagonismo de las clases opresoras y oprimidas… El desarrollo de la Industria Moderna, por lo tanto, corta bajo sus pies la base misma sobre la cual la burguesía produce y se apropia de los productos. Lo que produce, pues, la burguesía, sobre todo, son sus propios sepultureros. Su caída y la victoria del proletariado son igualmente inevitables». Este determinismo historicista ha impulsado e impulsa tácticas, estrategias y acciones despiadadas por parte de sus creyentes. Así, durante los procesos revolucionarios y sus consolidaciones como regímenes en Rusia, China y otros países, los dirigentes marxistas-leninistas-populistas cometieron y cometen atrocidades con impunidad, ya que todo lo que hicieron y hacen, es al servicio de la justa e inevitable revolución mundial, tal y como dicta el dogma.

LA INEVITABILIDAD DE LOS HISTORICISTAS “LIBERALES”

Según el canon histórico liberal, gracias a los grandes pensadores que desarrollaron los conceptos de libertades universales y derechos de propiedad, se desarrollaron las instituciones de los Países Bajos, Inglaterra y Estados Unidos logrando con ello adoptar las formas de gobierno más óptimas y democráticas. Con esta tesitura, el relato de los Fukuyama aseguraron que el comunismo y el fascismo fracasaron porque no tomaron en cuenta el anhelo innato de libertad dentro de todas las personas. Además, muchos liberales del siglo XX creían que el capitalismo combinado con la democracia proporcionaría el equilibrio perfecto para la gobernabilidad y, en consecuencia, se arraigaría en todos los países en donde se estableciera la propiedad privada y el mercado libre. Sobre esta inevitabilidad, cuando se derrumbó la Unión Soviética los liberales historicistas concluyeron que el liberalismo ya era dominante y que había llegado el «fin de la historia«. Los últimos vestigios del comunismo, en China, caerían con el desarrollo de mercados abiertos, puesto que la emergente clase media china exigiría reformas políticas liberadoras y democráticas, por lo que la democracia capitalista liberal reinaría en el mundo per in sæcula sæculorum amen.

Ante estas derivas historicistas neoliberales Snyder es categórico: «Los traumas aparentemente lejanos del fascismo, el nazismo y el comunismo parecían estar retrocediendo hasta volverse insignificantes. Nos permitimos el lujo de aceptar la política de la inevitabilidad, la sensación de que la historia solo podía avanzar en una dirección: hacia la democracia liberal. Entre 1989 y 1991, cuando tocó a su fin el comunismo en Europa oriental, nos tragamos el mito de un «final de la historia». Al hacerlo, bajamos las defensas, limitamos nuestra imaginación, y dejamos la puerta abierta justamente al tipo de regímenes que nos decíamos que no podrían volver jamás».

Trascurridos más de tres decenios de los augurios del fin de la historia y el “inevitable” reinado del liberalismo en todo el orbe, somos testigos que en vez de avanzar hacia esa meta estamos retrocediendo. La degradación de las libertades al socaire de las doctrinas woke en occidente, el fracaso de la llamada primavera árabe, la propagación del terrorismo islamista, la radicalización de la dictadura del Partido Comunista en China y el ascenso del populismo en general, a veces revestido de redentorista y otras de nacionalista, son hechos peliagudos. Por si faltaba poco para nublar el presente y el futuro de la humanidad, los principios liberales del capitalismo están siendo arrasados por el capitalismo woke que no es otra cosa que en un juego de monopolio. Juego que conduce a un corporativismo apoyado por la mayoría de los estados occidentales y otros organismos internacionales como Naciones Unidas, con el fin de lograr la cancelación de los insumisos e imponer un orden corporativo mundial. No hace falta ser muy perspicaz para no ver esta estrategia global, basta leer las agendas de desarrollo sostenible o el ODS 13 Acción por el clima o, mejor aún, al imperioso el fundador y presidente del Foro Económico Mundial (FEM), Klaus Schwab en junio de 2020: «Todos los países, desde Estados Unidos hasta China, deben participar, y todas las industrias, desde el petróleo y el gas hasta la tecnología, deben transformarse. En resumen, necesitamos un «Gran Reset» del capitalismo».

ETERNIDAD Y VICTIMISMO

Establecidos en la incertidumbre hacia el futuro, triunfa la política de la eternidad donde un grupo o nación se coloca en el centro del victimismo histórico colectivo y perpetuo. Para los predicadores nacionalistas y xenófobos que han optado por la política de la eternidad, su eterna nación está bajo el constante ataque de los forasteros, por lo que no hay otra alternativa que expulsar o eliminar a los extranjeros o traidores y establecer un férreo Estado nacional.

Donde la política de la eternidad victimista se exhibe ahora, con la contundencia sofista de la engrasada por años de experiencia soviética de la agitprop, el relato del gobierno ruso sobre su invasión a Ucrania. Es Vladimir Putin quien afirma que Occidente ha intentado durante milenios penetrar en Rusia: imponer la cultura occidental, las instituciones occidentales y la moral occidental en el estado ruso. Rusia, como un «Estado inocente«, simplemente ha buscado protegerse a sí mismo y a sus «estados hermanos pequeños» como Ucrania, de la dominación occidental. Así, Rusia se defiende del decadente liberalismo occidental, de su ateísmo y de la degradación de la familia. En 2014, Putin justificó la ocupación del Donbás y la anexión de Crimea manu militari con el argumento, también usado por los nazis para anexionarse los Sudetes y Austria, de proteger a los rusoparlantes, cuyos derechos estaban siendo atacados. La invasión de Ucrania en 2022 actualizó ese relato: se estaba produciendo un genocidio contra la población rusa en Ucrania y había que acudir a su rescate y derrocar al Gobierno neonazi de Zelenski. Ese supuesto genocidio, por supuesto, no iba a limitarse a Ucrania: era el pueblo ruso, el russkiy mir, el que estaba en peligro. El ataque a Ucrania era preventivo. «Lo que está ocurriendo en Ucrania es una tragedia, de eso no hay duda. Pero no teníamos elección. Era cuestión de tiempo que se produjera un ataque contra Rusia», dijo Putin en abril de 2022. Este discurso victimista oculta la ambición derivada del decimonónico paneslavismo, donde la «gran nación rusa» compuesta exclusivamente por los eslavos, tiene el deber y el derecho de unificarlos y establecer el Russkiy mir en Europa y Asia bajo las égidas de autocracia y ortodoxia.

 

La tesis de la agresión occidental es asumida por muchos ciudadanos occidentales. Y lo hacen desdeñando muchos datos históricos relevantes, por ejemplo: el Pacto Mólotov-Ribbentrop y la consiguiente invasión del este de Polonia por la URSS en septiembre de 1939 mientras los nazis tomaban el oeste. Tampoco dan importancia a la ocupación soviética de los países bálticos a mediados de junio de 1940, el frustrado intento de quedarse con Finlandia invadiéndola a sangre y fuego en diciembre de 1939, invasión que recuerda la actual en Ucrania. Olvidan también el dato de la enorme ayuda norteamericana a la URSS de Stalin sin la que los habitantes de la URSS habrían sufrido aún más el zarpazo nazi, mientras pasan por alto como la URSS se apropió de la Europa oriental incumpliendo los compromisos de la Conferencia de Yalta. Pero menos justificable si cabe es esquivar la dominación colonialista y con bota militar encima de las naciones de Europa oriental demostrada por la invasión sangrienta que aplasto la insurrección de los húngaros en 1956, junto con la invasión bestial de Checoslovaquia con 2.000 tanques soviéticos y cientos de miles de soldados que acabaron con la heroica Primavera de Praga en agosto de 1968.

Si estos datos no ponen en duda la eternidad victimista del relato putinesco, al menos deberían templar las acusaciones de quienes en occidente culpan a Estados Unidos de la Guerra Fría, acusan a las administraciones de Reagan y H. W. Bush de dividir el Pacto de Varsovia y de traición a lo pactado con Rusia, tras el hundimiento de la URSS, por parte de los sucesivos presidentes estadounidenses y dirigentes de la Unión Europea ampliando la OTAN y la UE y enganchando a los países del este de Europa fronterizos con Rusia. Además, alineándose con el relato de la eternidad rusa, los rusófilos occidentales consideran que Occidente simplemente está repitiendo su táctica centenaria para atacar los valores rusos y la grandeza de Rusia, aludiendo a la Guerra de Crimea y la I Guerra Mundial. De este modo compran acríticamente el relato victimista de Putin expresado claramente en su discurso de año nuevo de 2023: «El futuro de Rusia es lo que más importa. Defender nuestra Patria es el deber sagrado que tenemos con nuestros antepasados y descendientes. La verdad moral e histórica está de nuestro lado. Occidente nos mintió sobre la paz mientras se preparaba para la agresión, y hoy ya no dudan en admitirlo abiertamente y utilizar cínicamente a Ucrania y su pueblo como un medio para debilitar y dividir a Rusia. Nunca hemos permitido que nadie haga esto y no lo permitiremos ahora».

Menos mal que la política de la eternidad comete el mismo error que la política de la inevitabilidad, al eliminar la dinámica iniciativa de individuos y movimientos con motivaciones y estrategias propias. Si recorriendo los acontecimientos históricos desde inicio del siglo XX, resulta palmario comprender los motivos de los polacos para pedir la entrada en la UE y en la OTAN, tampoco es complicado comprender el sentimiento pro-occidental de los ucranianos expresado en la Revolución de la Dignidad, si recordamos, por ejemplo, el Holodomor.

LIBERTAD Y RACIOCINIO

El determinismo historicista expresado en la inevitabilidad y en la eternidad, cancela cualquier desarrollo de la conciencia política y social de los individuos y las sociedades, cuando es ese desarrollo el que concreta la historia. Predecir las evoluciones de las sociedades es labor de arúspice más que de científicos. Se puede utilizar las ciencias para encauzar políticas y economías, se puede usar, con la debida prudencia y no con métodos Tezanos, encuestas y datos estadísticos para evaluar tendencias. Lo que es falaz y contrario a la experiencia milenaria, además de acientífico, es crear una única narrativa coherente sobre el pasado histórico, el presente político y el futuro prospectivo por el simple hecho de que los seres humanos no tienen omnisciencia. No podemos aislar a los individuos y comunidades que dan forma al desarrollo histórico. No podemos agregar la historia, y no debemos intentarlo.

La faceta más peligrosa de la política de la eternidad y la política de la inevitabilidad no es la simplificación excesiva de la historia que encarnan, sino las implicaciones sociales que imponen. La crisis actual de las democracias capitalistas liberales tiene varias causas, destaca, sin embargo, la alianza entre burócratas y oligarcas para restaurar un corporativismo oligopolista mundial, donde el wokeismo sea el soma narcotizante que entretenga a las masas, lo que supondría la aniquilación de las “eternas” premisas e instituciones liberales. Por el contrario, los epígonos posmodernos marxistas continúan con neologismos rebuscados justificando la cancelación de insumisos, la privación de derechos y la aniquilación del enemigo en nombre de una revolución mundial inevitable que nunca llegará. Para los nacionalistas significa una lucha paranoica constante por el dominio contra sus vecinos y renegados, sin importar el costo.

Finalmente, estas narrativas historicistas debilitan la capacidad del individuo para hacer un cambio junto con su comunidad. Niegan uno de los factores más fundamentales del desarrollo histórico: que los individuos, las instituciones y los grupos de interés pueden y deben impulsar el “progreso”. Las ideas historicistas, como dice Timothy Snyder, nos ponen en un “coma intelectual”. Al negar el historicismo, no debemos negar que el progreso es posible, sino que debemos aceptar que el progreso no está predeterminado y depende de todos nosotros como participantes activos para hacer historia de verdad.

Referencias:

La miseria del Historicismo. Karl Popper

El camino hacia la no libertad. Rusia, Europa America. Timothy Snyder

Manifiesto Comunista. Karl Marx y Friedrich Engels

Vladimir Putin’s politics of eternity. Timothy Snyder en The Guardian

Woke, Inc.: Inside Corporate America’s Social Justice Scam. Vivek Ramaswamy

La pazguata copia del Housing First

El Papanatismo imitador de nuestros políticos suele resultar inútil y despilfarrador.

Comprobar, día tras día, como los políticos españoles, de todas las tendencias y colores, copian medidas foráneas que la experiencia ha demostrado ineficaces o contraproducentes es exasperante y muy costoso para los contribuyentes.

Dejo a su criterio calificar el incumplimiento de la promesa electoral de Martínez-Almeida de abolir el Plan de movilidad Urbana Sostenible de Madrid perpetrado por su antecesora, a pesar del conocido fracaso de las zonas de bajas emisiones en otras ciudades europeas como Londres y Paris. Y lo ha hecho obedeciendo sin rechistar las imposiciones de la religión climática establecidas en las leyes y reglamentos sobre el cambio climático y transición energética. Con estos antecedentes, confieso que no me sorprendió, aunque me enfadara, leer ayer el edulcorado reportaje en El Mundo donde se desvela que el Ayuntamiento de Madrid imita planes foráneos archifracasados y archicostosos. Se trata del plan adoptado por los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Madrid para ayudar a los “sin techo” o contra la lacra ahora designada con el feo neologismo “sinhogarismo”. «Seguimos la metodología de “housing first”. Su planteamiento es que primero se debe facilitar un alojamiento a esas personas para que puedan trabajar y salir adelante». Como es obvio, el anglicismo housing first, es fácilmente traducible por vivienda primero, pero el Ayuntamiento de Madrid ha preferido hacerlo con un remilgado “Programa Construyendo Hogar”.

Alertado por el artículo, entro en la página del Ayuntamiento y compruebo que el “Programa Construyendo Hogar” se basa en un convenio de colaboración entre la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo (EMVS – presidida por el concejal del Grupo Municipal del Partido Popular y Portavoz Adjunto del Grupo, Álvaro González López y que cuenta con 300 trabajadores en nómina) y el Área de Gobierno de Familias, Igualdad y Bienestar Social a cargo del concejal del grupo municipal de Ciudadanos, José Aniorte Rueda. Como podrán comprobar, para este programa la EMVS aporta 98 viviendas que pone a disposición de las Entidades Sociales que lo desarrollan, mientras que el programa cuenta con un total de 175 viviendas municipales. La federación de asociaciones y centros de ayuda a personas sin hogar (FACIAM) estima que en la capital hay al menos 1.600 personas sin hogar, 650 de ellas viviendo en la calle, sin embargo, otros estudios aumentan la cifra a 3000 personas viviendo en las calles de Madrid. En apariencia, parece un programa social compasivo un tanto escaso para las necesidades, pero aunque tuviera más recursos, a estas alturas es inaudito que el Ayuntamiento de la capital de España, copie con indisimulada satisfacción el housing first, uno de los mayores fracasos, si no el mayor, de las políticas sociales de EE.UU.

Por supuesto, las entidades sociales españolas que colaboran en los housing first de Alicante, Avilés, Arona, Barcelona, Córdoba, Coslada, San Sebastian, Granada, Madrid, Móstoles, Santa Cruz de Tenerife, Sevilla y Zaragoza evalúan muy requetebién estos programas. Asimismo, en la ley de la vivienda que prepara el gobierno de Sánchez y Podemas contiene el housing first.

Fue a principios de la década del 2000 cuando, presionados por ONGs y partidos minoritarios de izquierdas, los demócratas y algunos republicanos asumieron la ingenua propuesta del trabajador social neoyorquino Sam Tsemberis. Sencillo, concluyó Sam, si hay gente sin vivienda es porque faltan viviendas específicas para los sin techo, luego con proporcionar a cada persona crónicamente sin hogar, una «Vivienda de apoyo permanente» (PSH), es decir, gratis total, el problema está resuelto. De esta manera muchas personalidades públicas y privadas anunciaron que estaban dispuestas a apoyar la propuesta de Tsemberis. Así nació hace dos décadas en EE.UU el programa Housing First implantado entre el 2000 y 2004 en la mayoría de las grandes ciudades de EEUU gobernadas por el Partido Demócrata (la inmensa mayoría), destacando por su inversión pública las ciudades con más personas por mil habitantes que vivían en la calle: Washington DC, Boston, San Francisco y Nueva York.

El Housing First fue expandido y aumentado con dinero federal por Obama en 2013. Consiste en dos programas. El primero se conoce como vivienda o alojamiento de apoyo permanente (Permanent supportive housing PSH) y está dirigido a personas y familias con enfermedades crónicas, discapacidades, problemas de salud mental o trastornos por el uso de sustancias psicoactivas que viven en la calle mucho tiempo o permanentemente. El PSH también puede proporcionar a los individuos sintecho un hospedaje llamado single-room occupancy (SRO) habitaciones en una especie de motel o en un bloque de habitáculos que incluye ayuda pecuniaria. El segundo programa es de realojamiento rápido para individuos y familias con urgente necesidad de vivienda, a los que se les proporciona también asistencia y pago del alquiler durante un tiempo.

Oficialmente, en 2022 había 7,754 personas sin hogar “homeless” en San Francisco, ciudad que contaba con 815.201 habitantes. Por supuesto, había muchas más. El presupuesto que dedicó la ciudad el año pasado para atender a los homeless superó los 1.400 millones de dólares, es decir, más de 180.000,00 euros por cada homeless detectado. De esta enorme cifra que pesa como una losa en el importante déficit del ayuntamiento norteamericano, una gran rebanada se gasta en el Housing First. Sin embargo, como viene sucediendo desde que en 2004 se implantó este programa, lejos de disminuir el número de personas sin hogar que viven a salto de mata en esta y otras ciudades norteamericanas, aumenta y con ello aumenta el índice de criminalidad.

Quien afirme que la solución del problema de los sintecho es sencillo es un pánfilo o un demagogo o ambas cosas. Los motivos por los que las personas no tienen donde cobijarse son muchos y de diferente índole. Un estudio reciente de la Universidad de California (UCLA) descubrió que más del 75% de los “homeless” tiene una enfermedad mental grave, otro 75% abusa de sustancias psicoactivas legales e ilegales. Así, estos individuos son reacios a la disciplina y aceptar asistencia con mandatos y requisitos. Por consiguiente, el regalo de una vivienda a quien está preso de la droga o/y tiene una enfermedad mental que le impide vivir con un mínimo de autonomía, implica la necesidad de una custodia hoy imposible de implementar por carecer, en todos los países occidentales, de residencias y hospitales adecuados, además de provocar corrupción. Y es la corrupción, la burocracia y el manejo de estadísticas según el método Tezanos lo que ha producido que el programa Housing First que ha construido millones de viviendas destinadas a los sintecho en las ciudades norteamericanas, sea un fracaso sin paliativos.

Y no por archisabido que el programa Housing First es un fracaso, los demócratas lo cuestionan ¿Por qué será?

En San Francisco hay decenas de estudios que demuestran que tienen que construir 10 alojamientos PSH para sacar de la calle a una sola persona puesto que al final, la gran mayoría de esas viviendas o microviviendas se destinan a personas que no habrían estado permanentemente sin hogar. Incluso la eliminación de las calles de esa única persona sin hogar se desvanece en pocos días por cuanto inmediatamente surgen más homeless procedentes de la emigración ilegal o el consumo desbocado de droga.

Los horrores de las SRO (habitaciones en edificios o moteles) se exhibieron al público en un artículo reciente del San Francisco Chronicle. El reportaje muestra personas que viven en edificios con techos colapsados, moho tóxico, alimañas, olores nocivos, ruido constante, electrodomésticos rotos y violencia descontrolada. También señala que al menos 166 personas sufrieron una sobredosis fatal en estos habitáculos entre 2020 y 2021. Sin embargo, este número oficial es sospechoso por ser tan bajo. Un médico forense de San Francisco informó de, al menos, 1300 muertes por sobredosis de fentanilo ilícito combinado con otras drogas en los últimos dos años. Por si estos problemas no fueran suficientes, la convivencia entre los alojados gratis por el Housing First y los inquilinos que pagan su vivienda con el sudor de su frente suele ser una pesadilla para los segundos.

Que el programa Housing First está basado en una fórmula derivada de ideologías desdeñosas de la experiencia y la razón es evidente. Que además despilfarra y genera burocracia y corrupción es un dato. Las noticias sobre escándalos de corrupción en el manejo de fondos destinados a socorrer a los homeless es una constante. En realidad, quien resume mejor el asunto es la conocida expresión; “San Francisco’s Homeless Industrial Complex”. Efectivamente se trata de una estructura institucional con grandes recursos de la que disfrutan muchos. Algunos, como el director de trabajos públicos, Mohammed Nuru fue sentenciado en agosto de 2022 a 7 años de cárcel por corrupción y manipulación de contratos. En los últimos meses, auditorías internas y del FBI descubren malversaciones de fondos por parte de ONGs. Escandalosa, por los millones sustraídos, es la del Consejo Unido de Servicios Humanos (UCHS).

Entonces Sr. Almeida y demás alcaldes, presidentes y políticos en general ¿pueden explicarnos los motivos por los que sus administraciones copian mansamente el Housing First?

PSOE: EL ESTADO ES MÍO Y ADEMÁS LO QUE SE TERCIE

Aunque sea lógico, por aquello de por si me puede también tocar un día a mí, resulta a todas luces bochornoso que los medios no denuncien la oferta de suscrición de El País que incluye dos billetes GRATIS en AVE, ALVIA, INTERCITY y EUROMED por cada suscripción, cuando apenas han trascurrido dos semanas desde que el Gobierno sanchista nombró director de RENFE al militante del Partido Socialista de Cataluña, Raül Blanco Díaz. No solo porque la empresa pública ferroviaria sea un pozo sin fondo perdiendo dinero, sino porque subvenciona con el dinero de los contribuyentes del erario a un periódico privado que, desde hace años, es el principal medio de agitación y propaganda del PSOE. Así, teniendo en cuenta que el valor medio precio ida/vuelta de RENFE es 120 €, por cada nuevo suscriptor del Pravda de La Moncloa los españoles acoquinaremos al mencionado diario 240 euros.

Como escribí en el muro de Facebook donde el periodista, Luis Serrano Altimiras ha denunciado este cohecho, la patrimonialización partidista del Estado ha sido la constante histórica del PSOE. De hecho, es el único programa mantenido desde que el 2 de mayo de 1879 en Casa Labra, unos cuantos fundaron el partido zampando rodajas de bacalao rebozado regado con frascas de Valdepeñas. Pero los recientes atracos no tienen parangón. Empezando por el control de la SEPI cuyas empresas hoy ya están bajo el estricto control del PSOE que ha implantado a dedo directivos fieles al partido, destacando entre todos ellos muchos amigos de Pedro Sánchez.

Sabemos que en desvergüenza el Presi es el campeón de España y quizá del mundo. Así, en 2018 Sánchez colocó a su exjefe de gabinete y amiguete, Juan Manuel Serrano, como presidente de Correos, un político sin apenas experiencia en gestión de empresas y menos del sector postal y logístico. Desde entonces Correos es un desastre que pierde dinero a chorros, un dineral que es acoquinado por bemoles por los contribuyentes.

El dedo poderoso de Sánchez siguió colocando directivos sin pausa. La ex diputada del PSOE y ministra de Vivienda de José Luis Rodríguez Zapatero, Beatriz Corredor fue nombrada presidenta de Red Eléctrica Española (REE) en febrero de 2020. El ex ministro del PSOE, Jordi Sevilla, catapultado a Duro Felguera, empresa que posteriormente sería rescatada por la SEPI y que está arruinada.

El caso de Enagás ha sido más reciente pero no menos descarado. Fueron impuestos en el consejo de administración de esta empresa Maite Costa y el ex-diputado del PSOE, Manuel Gabriel González Ramos. También fue nombrado el amigo de Teresa Ribera, Arturo Gonzalo Aizpiri, consejero delegado de Enagás en sustitución de Marcelino Oreja. Controlada.

Lo de Indra y Aena ha sido un asalto en toda regla. INDRA lo ha sido a través del jefe de Amber Capital, el francés de origen armenio Joseph Oughourlian quien, como caballero blanco de la SEPI, ha deconstruido el consejo de administración de Indra, al tiempo que, con mano de hierro, gestiona el aparato de agitación y propaganda del PSOE llamado PRISA.

Amigos del exministro de Sanidad, Salvador Illa y dirigentes del Partido de los Socialistas de Cataluña son: Marc Murtra en INDRA y el nombrado presidente de AENA Maurici Lucena. No menos relevante es el papel de control de Jordi Hereu como presidente de Hispasat.

Fundamental para la estrategia de control del PSOE son las empresas rescatadas por la SEPI (con nuestros impuestos) a través del Fondo de Apoyo a la Solvencia de Empresas Estratégicas con 10.000 millones. Así, fueron rescatadas Técnicas Reunidas, Grupo Wamos, Eurodivisas, Grupo Ferroatlántica, Air Europa, Ávoris Corporación Empresarial, Plus Ultra Líneas Aéreas, Duro Felguera, Tubos Reunidos, Rugui Steel, Hotusa, Grupo Airtificial, Grupo Serhs, Reinosa Forgings & Castings, Grupo Losán, Grupo Soho Boutique Hoteles y Grupo Abades. En todas ellas y en otras importantes como Iberia, Sánchez ha impuesto a un par de SUS consejeros que le aseguran su control. En algunas como Duro Felguera ha ido más allá constituyendo un consejo con miembros de la SEPI, que se han sumado a los dos ex ministros de Zapatero, Jordi Sevilla y Valeriano Gómez. Además fue nombrado presidente de Duro, el conocido dirigente del PSOE asturiano, Jaime Argüelles. El reciente nombramiento de Raül Blanco como presidente de Renfe, es la guinda del intervencionismo descarado del PSOE sanchista.

En realidad, directa o indirectamente, Telefónica, Iberdrola, Prisa, Naturgy, Indra y las sucursales de ellas, claves en sectores como la tecnología, la energía, las telecomunicaciones o los medios de comunicación, son controladas por el PSOE Sanchista gracias a sus nombrados adláteres y sus excelentes relaciones con Ana Botín y José María Álvarez-Pallete. También se llevaba bien con Ignacio Galán de Iberdrola y Francisco Roig hasta que ambos y otros menos conocidos, no pudieron soportar tanto intervencionismo, tanta metida de mano en sus bolsillos y tanta demagogia a su costa. Aunque menos mediático, Rafael del Pino ha puesto su pica en Flandes y expuesto crudamente el hartazgo de los empresarios españoles ante el intervencionismo acaparador perpetrado por el PSOE sanchista.

Canadá: la primera nación woke

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Sigo con interés los acontecimientos de Canadá, pues no en vano pasé allí 8 años de juventud con sus correspondientes inviernos de los de antes del cambio climático y conservo algunos familiares y amigos. Se bien que en España, la opinión mayoritaria considera a Canadá un país civilizadísimo, la Escandinavia de América. No pretendo estropearles esa amable estampa aunque, como sucede en los países escandinavos, no es oro todo lo que reluce. Ya conté en “Caminos sobre la mar” mis impresiones cuando llegué en otoño de 1965 a Montreal, en donde la provincia de Quebec se despojaba sin aparentes traumas del nacional-catolicismo del admirador de Franco, Maurice Duplessis, para ir abrazando un liberalismo contaminado de socialdemocracia que abanderaban unos jóvenes políticos que llamaban a su propósito “Révolution tranquille”, revolución que muy pronto degeneró en nacionalismo.

Mucho me sorprendió entonces encontrarme un país con automóviles de cocote largo y gasolineras en todas las esquinas que, sin embargo, carecía de seguridad social (se estableció en noviembre de 1970) y una calidad democrática mediocre, debido a una judicatura intervenida por el poder político de forma aún más descarada que la del franquismo. Así, los jueces de los tribunales superiores de justicia provinciales eran (son) nombrados y destituidos por el Gobierno Federal de Canadá, los jueces de otros tribunales provinciales y federales eran (son), respectivamente, nombrados y destituidos por los gobiernos provinciales y federales.

En esas cavilaciones estaba cuando de refilón conocí a Pierre E. Trudeau en la Asociación Española de Pedro, una especie de Café de Flore aflamencado situado a pocos metros de la McGill University, entonces izquierdista y ahora woke. Por allí deambulaban izquierdistas, nacionalistas quebequenses, desertores yanquis y huidos de todo el mundo. Como hijo de una familia opulenta gracias a la especulación inmobiliaria acaecida en Montreal a principios del siglo XX (bautizado Joseph-Philippe-Pierre-Yves-Elliott), aquel aún joven catedrático cordial, solterón y decían que promiscuo que acababa de ser elegido diputado del Partido Liberal, frecuentaba los garitos de la bohemia intelectual de la época. Cuando poco después llegó a Primer Ministro de Canadá no le vi más en persona pero mucho en televisión, sobre todo en octubre de 1970 cuando puso al ejército a patrullar las calles de Quebec y declaró el estado de sitio contra los terroristas del FLQ cercanos ideológicamente a ETA. El “liberal” Pierre Trudeau abolió la pena de muerte en 1976, al mismo tiempo que respaldaba al dictador Fidel Castro regalándole unos cuanto millones de dólares. Su amistad con el tirano cubano se prolongó hasta el final de sus días, al punto que Fidel Castro se desplazó a Montreal en el 2000, para asistir al funeral de su magnánimo amigo Pierre.

¿De tal palo tal astilla? Pues aunque no sea una ley biológica, teniendo también en cuenta el perfil hippie New Age burguesote de su madre; Margaret Joan Sinclair, que Justin Trudeau sea un político relativista, vanidoso y oportunista, capaz de firmar un acuerdo de coalición Frankenstein, sustentado en la doctrina woke, entre su partido y los izquierdistas desnortados del NDP, con el único fin de amarrarse al poder hasta, al menos 2025, no es sorprendente. Sobre todo para los españoles que soportamos una actitud similar por parte de Pedro Sánchez Pérez-Castejón.

La última medida basada en la doctrina woke que abraza con fanatismo el gobierno presidido por Justin Trudeau, es el proyecto de ley C36 “anti-hate bill” (Ley anti odio). Una ley que impone multas de hasta $200,000, la incautación de bienes y la cárcel para médicos, psicólogos, psiquiatras y otros profesionales que manifiesten “información engañosa a los pacientes o al público” tanto privada como públicamente en redes sociales o artículos de opinión. Es decir, se criminaliza cualquier discurso o cualquier opinión que no se ajuste al oficial derivado de la doctrina izquierdista woke.

Con esta ley, el gobierno de Trudeau pretende implantar la censura previa y el castigo severo al discrepante, a través de una ley que proclama evitar el odio. Se trata de una inquisición descarada contra todos los que no comulguen con los mandamientos woke. En realidad, con dicha ley se “legaliza” la imposición del pensamiento único oficial del Gran Hermano que desde hace años campea en las universidades, escuelas e instituciones canadienses.

Un atisbo de esperanza acaba de surgir en Canadá, pues parece que el silencio de los corderos se ha roto con el escándalo surgido tras el intento de cancelar profesional y socialmente al famoso psicólogo clínico Jordan Peterson, por parte del Colegio de Psicólogos de Ontario. Con un descaro ostentoso, el Colegio profesional se ha permitido cancelar el derecho de ejercer su profesión a Peterson y quiere imponerle unos cursos de reorientación de duración indeterminada (pueden ser años), para que el psicólogo clínico purgue los pecados cometidos en sus comentarios públicos en Twitter y el podcast The Joe Rogan Experience. Es evidente que estamos ante una condena que recuerda los campos de reeducación soviéticos. Los ejemplos de los supuestos delitos de Peterson en las redes sociales incluyen pedir el fin de los mandatos de vacunación discriminatorios y no científicos, retuitear al líder del Partido Conservador de Canadá, Pierre Poilievre, y criticar al primer ministro canadiense, Justin Trudeau.

De la violencia contra la mujer

31/12/2022.

Acabando 2022 nos encontramos con los terribles datos de una lacra social vergonzosa, la violencia contra la mujer por parte de abusadores y asesinos. Además de cientos de agresiones sexuales a mujeres y niños de ambos sexos, durante 2022 en España han sido asesinadas 49 mujeres. No menos alarmante son los datos de violencia en las relaciones entre menores de 18 años que en 2021 llegaron a 661, lo que supuso un 28,6% más que en el año anterior. Según los datos de este año, las denuncias por violencia de género y agresión sexual en los juzgados españoles han aumentado cerca del 10% con respecto a 2021. Estos espeluznantes datos son una constante durante lo que llevamos de siglo. Además de mujeres, fueron asesinados decenas de niños y quedaron huérfanos otros tantos.

Empecemos recordando que desde el 2004 España cuenta con la Ley Orgánica 1/2004, de medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, la Ley Orgánica 3/2007, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, la Ley Orgánica 10/2022, de garantía integral de la libertad sexual, el Código de Violencia de Género y Doméstica, el Pacto de Estado contra la Violencia de Género así como otras leyes similares en cada una de las 17 autonomías. Todas estas leyes, códigos, pactos y reglamentos, están inspirados por la ideología género que considera a los hombres como perpetradores y a las mujeres como víctimas. En ningún caso se contabiliza oficialmente como violencia de género cuando la mujer agrede al hombre.

El Ministerio de Igualdad fue creado en 2008 por José Luis Rodríguez Zapatero, quien luego lo integró como Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. En 2020 el departamento de Igualdad fue desvinculado de la Vicepresidencia del Gobierno, para convertirse de nuevo en Ministerio de Igualdad regido por Irene Montero, asistida por la secretaria de Estado de Igualdad Noelia Vera. Mediante el Real Decreto 455/2020, de 10 de marzo se estructuró orgánicamente el Ministerio de Igualdad, estableciendo la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género con rango de Dirección General dirigido por Victoria Rosell. Dependen de la Delegación del Gobierno, con nivel orgánico de subdirección general, la Subdirección General de Sensibilización, Prevención y Estudios de la Violencia de Género, la secretaría del Observatorio Estatal de la Violencia sobre la Mujer, la Subdirección General de Coordinación Interinstitucional en Violencia de Género, las Unidades de Coordinación contra la Violencia sobre la Mujer y las Unidades de Violencia sobre la Mujer.

Al socaire de las mencionadas leyes, regulaciones y organismos, se establecieron otras instituciones públicas y privadas (asociaciones mayoritariamente subvencionadas por el erario) con programas contra la violencia de género y ayudas a las víctimas. Destacan, entre otras instituciones y organismos, el Instituto de la Mujer, el Instituto de la Juventud, el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género, los observatorios autonómicos de violencia de género, las redes de atención integral para la violencia de género, las Unidades de Atención a la Familia y Mujer de la Policía Nacional, etcétera. De este frondoso árbol institucional han florecido expertas en violencia de género en los distintos campos; desde abogadas, juezas, fiscalas, psicólogas, trabajadoras sociales, periodistas y sociólogas.

Desde el tronco hasta la última de las ramas del árbol institucional mencionado, se reivindican que las medidas de protección integral tienen como finalidad prevenir, sancionar y erradicar esta violencia y prestar asistencia a las mujeres, a sus hijos menores y a los menores sujetos a su tutela o guarda y custodia, víctimas directas de esta violencia.

Ante los aterradores datos de agresiones y crímenes surge la obvia pregunta ¿Por qué este formidable aparato estatal, que supone un enorme esfuerzo de recursos de todo tipo, ha sido incapaz de reducir, tras tantos años, la violencia contra la mujer? Y no solo no la ha reducido sino que los datos muestran el aumento de la violencia en las relaciones entre los jóvenes. La respuesta que ahora nos ofrece el gobierno y sus medios es «Más educación contra el machismo y nunca difundir discursos que niegan la violencia de género». Acabáramos, educación para la ciudadanía correcta y censura a lo políticamente incorrecto.

La contumacia de los ideólogos que conforman el gobierno español es palmaria puesto que no aprecian traspié alguno ni daño a la convivencia en las “discriminaciones positivas” derivadas de la ideología de género impuestas en todas las aludidas leyes y reglamentos, en detrimento de la igualdad establecida en el Artículo 14 de la Constitución española aún vigente: “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Esta cerrazón ideológica, les lleva directamente a la siguiente pirueta cuando apelan a la educación como otro bálsamo de fierabrás para erradicar la violencia contra la mujer. Y lo hacen con un desparpajo vergonzoso sabiendo de sobra el constante incremento de la violencia en las relaciones de pareja tras 8 leyes educativas en España desde 1980, de la LOECE a la LOMLOE, 15 años de Educación para la Ciudadanía, cinco con semáforos y buzones de Correos unisex e innumerables tesis, masters y conferencias.

Ante los hechos, ante la cruda realidad de unas relaciones afectivas entre hombre y mujer equívocas, sobradas de hedonismo y exclusivismo que generan conflictos que derivan demasiadas veces en violencia, es imprescindible verificar porqué, a pesar del enorme intervencionismo del Estado, los conflictos y la violencia entre parejas lejos de disminuir, aumentan. Enseguida, nos encontramos frente a la ideología de género o teoría queer. Para empezar, como el marxismo hizo con las clases sociales, la queer divide al ser humano en dos dimensiones; cosa pensante y sustancia extensa frente a autoconciencia y corporeidad. Por ello, la especie humana en su conjunto es dividida entre “seres humanos en sentido biológico” y “personas”. Ambas separaciones explican la aceptación acrítica de conceptos tan difusamente delineados como: “identidad autopercibida” y “sexo psicológico”, protagonistas en la formulación teórica de la ideología de género. Estas elucubraciones han fructificado en las sociedades occidentales democráticas donde, tras décadas de opulencia, se ha maximizado el hedonista placer individual; la censura a todo límite moral o institucional impuesto al deseo de satisfacción individual y la brutalidad frente a todo cuanto se opone a la realización de las pretensiones individuales. La razón biológica y la ética impugna el concepto queer, mostrando que el tratamiento hormonal y la cirugía no operan un “cambio substancial” en el individuo, sino tan sólo movimientos accidentales. Que el sujeto permanezca siendo el mismo, aunque su cuerpo se transforme radicalmente, explica el alto grado de insatisfacción entre las personas reasignadas. Tanto “quiénes somos” como “lo que somos”, constituye un dato objetivo y objetivable mucho antes de ser percibido por nuestra conciencia. Entender al ser humano como autoconciencia hace que desaparezca la realidad. La autoconciencia no aporta necesariamente una información veraz sobre nosotros mismos sino que siempre es matizada por la mirada ajena.

Deducir de lo antedicho y de la información disponible que la ideología de género o teoría queer es una doctrina de teología turbada que, sin embargo, ha reinventado el infierno trentino en la tierra para condenar “cancelar de la faz de la tierra” a heteropatriarcales y otros infieles a través de autos sacramentales y fetuas mil, es de una lógica aplastante. Por consiguiente, se trata de un credo antidemocrático que pone su epicentro en la subjetividad, pretende una construcción arbitraria de la identidad sexual ajena a los factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales de la naturaleza humana, e intenta imponer una sociedad radicalmente separada de la búsqueda de la verdad dentro de la naturaleza. No debe, por tanto, formar parte del currículo escolar ni ser base de legislación alguna.

¿EL CAPITALISMO WOKE SE DEBILITA?

10/12/2022.

El capitalismo woke o «stakeholder Capitalism» (ver: DEL MARXISMO AL CAPITALISMO WOKE. UNA APROXIMACIÓN HISTÓRICA parece que está empezando a perder fuelle, prestigio y, sobre todo, dinero. Como ha denunciado Vivek Ramaswamy en “Woke Inc”, los ejecutivos formados en las universidades wokes, junto con la enorme presión del Partido Demócrata y los lobbies alrededor de los Sanders-Warren, ACLU, etc, etc, han logrado imponer la agenda ESG (en inglés “Environmental, social and corporate governance”- ASG en español así como ISR de inversión sostenible y responsable que integra los criterios ambientales, sociales y de buen gobierno) en todo occidente. Ello implica la falsificación del objetivo principal de la empresa: obtener beneficios para sus accionistas y óptimo servicio a sus clientes, puesto que estos empresarios dedican tiempo y dinero de la empresa que dirigen, en labrarse reputaciones personales como altruistas conscientes de los males del mundo. Con este plan, con el dinero que les confían sus inversores y clientes, se exhiben con no poca insolencia como salvadores de la tierra y bienhechores de la humanidad. Estos “concienciados” directivos quieren cambiarnos copiando en buena parte el guión de ese “hombre nuevo” imaginado por Nietzsche y Guevara; unos vasallos zombis que paguen sin rechistar. Y todo ello en comandita con los activistas wokes que practican la censura y la intolerancia que sintetiza la llamada «cultura de la cancelación«, para eliminar social y laboralmente a todo aquel que ose criticar el juego de monopolio que pretenden imponer.

Por supuesto, estos multimillonarios empresarios cuentan con el apoyo de Naciones Unidas, la UE, la mayoría de los gobiernos occidentales, e innumerables asociaciones con ánimo de lucro no declarado. Al mismo tiempo, la salvación del planeta que proponen les comporta cantidades ingentes de recursos públicos y algunos privados que, en realidad, sufragan los contribuyentes al erario de los países occidentales, a través de todo tipo de impuestos. Sobre esta colchoneta de dinero, se han fundado organizaciones wokes intergubernamentales y privadas, con el fin de guiar y comprometer (y vigilar) el buen comportamiento ESG de las empresas de occidente. Son los poderosos lobbies y conglomerados: Net Zero Asset Managers (NZAM), European CEO Alliance, European Green Deal, EU taxonomy, Global Reporting Initiative (GRI), etc. Más que alentar, estas organizaciones se encargan de imponer y vigilar el cumplimiento por parte de las empresas de los objetivos de diversidad (incluyendo la discriminación positiva), alcanzar cero emisiones netas de gases de efecto invernadero en 2050 y mantener el aumento de la temperatura global a 1,5 grados centígrados.

Además de que la inmensa mayoría de los objetivos ESG-wokes son humo, imponerlos en las empresas privadas constituye un claro incumplimiento fiduciario de los directivos, por cuanto al perpetrarlos, utilizan fondos de sus accionistas y clientes en promover agendas sociales que muchos de esos accionistas y clientes *nunca* aceptaron. Ni que decir tiene que Iberdrola, Santander, BBV, Repsol, CEPSA, Telefónica, Grupo Social Once, Mercadona, Inditex, ESG, Ikea, Mapfre, Mutua Madrileña, Mahou San Miguel, Caixabank, IberCaja, Banco Sabadell, BANKINTER, RENFE, AENA, Pascual, Campo Frío, Sanitas, El Corte Inglés, Naturgy, PRISA, Vocento, Unidad Editorial, Atresmedia, Planeta, Mediaset, Grifols, ACCIONA y unas cuantas más, han pasado por el aro ESG y pertenecen a uno o a varios de los mencionados lobbies y conglomerados vigilantes del ESG. En seguida veremos porqué.

Y sin embargo, desde hace unos meses las grietas empiezan a surgir en las empresas más wokes. Parece que la estrategia ESG no termina de ser rentable y no pocos inversores empiezan a protestar o a irse a empresas menos wokes. El primer signo de cuestionamiento claro de esta estrategia, acaeció a finales de noviembre de este año, cuando Disney estrenó el costosísimo film animado ‘Strange World‘ (Mundo Extraño) y perdió 150 millones de dólares solo durante la primera semana de proyección. El rechazo del público por su radicalismo woke fue contundente cuando el boca a boca difundió que se trataba de un panfleto woke, sustentado en insulsas aventuras de una improbable familia interracial, con un personaje adolescente abiertamente LGBTQ+. Fue la gota que colmó el vaso pues expuso con crudeza la posibilidad del cumplimiento del lema creado por Brandon Smith para Holiwood: «Get Woke, Go Broke«. Solo unos días después del estreno, fue destituido fulminante su CEO Bob Chapeck quien, además de generar pérdidas sustanciales con otros films con mensajes wokes, incitado por los muchos empleados wokes de Disney, fracasó rotundamente cuando se enfrentó al gobernador de Florida, el republicano Ron DeSantis, denostando públicamente el proyecto de ley estatal de derechos de los padres en la educación, que prohíbe enseñar ideología de género y orientación sexual en las aulas.

La semana pasada, Vanguard, el segundo administrador de fondos mutuos y cotizados en bolsa más grande del mundo, se retiró de la Net Zero Asset Managers (NZAM), la mencionada alianza del sector financiero comprometida objetivo de cero emisiones netas para 2050 y ayudar a mantener el aumento de la temperatura global a 1,5 grados centígrados, afirmando que la medida era necesaria para brindar «claridad» a los inversores.

Tras estos acontecimientos, en medios financieros y sectores de la sociedad civil contrarios al wokeismo, ha surgido la expectativa sobre el futuro inmediato de BlackRock Inc. el fondo más grande del mundo en gestión de activos valorados en más de diez billones de dólares, dirigido por el Larry Fink, un auténtico campeador del stakeholder Capitalism que defiende con arrojo que: “el capitalismo stakeholder tiene el poder de transformar la sociedad” y no duda en aplicar en su gestión, solo en los países occidentales, objetivos ambientales y de diversidad radicales, según los cánones wokes y una estricta estrategia ESG. Sin embargo, su práctica ESG empieza a ser puesta en cuestión por inversores y clientes, tanto por injusta como por ineficaz.

En realidad, las fórmulas aplicadas por Flink han sido cuestionadas hace tiempo, aunque solo en agosto de este año se han explicitado con contundencia cuando diecinueve fiscales generales estatales de EEUU, encabezados por el fiscal general de Arizona, Mark Brnovich, escribieron a la U.S. Securities and Exchange Commission (SEC) demandado abrir una investigación sobre los vínculos de BlackRock con el Partido Comunista de China, además de verificar si estaba priorizando o no su responsabilidad fiduciaria con los inversores. La carta destaca que el gigante inversor encabezado por el multimillonario Larry Fink, invierte y hace negocios con empresas chinas que a menudo ignoran las preocupaciones ambientales, al tiempo que presiona a las empresas estadounidenses para que recorten drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Asimismo, los fiscales han solicitado a la SEC que examine si los vínculos del grupo con varios grupos climáticos y los objetivos ESG entran en conflicto con sus responsabilidades fiduciarias. «Según los datos disponibles actualmente, BlackRock parece usar el dinero obtenido a través del esfuerzo de muchos ciudadanos, para eludir el mejor retorno de la inversión posible, así como su voto. Asimismo, continúan, los compromisos públicos anteriores de BlackRock indican que ha utilizado los activos de los ciudadanos, para presionar a muchas de las empresas en que participan a cumplir con tratados como el Acuerdo de París, que obligan a eliminar gradualmente los combustibles fósiles, aumentan los precios de la energía, impulsan la inflación y debilitan la seguridad nacional de los Estados Unidos».

El pasado octubre los Estados de Luisiana y Misuri retiraron 500 y 794 millones de dólares respectivamente de sus fondos de pensiones públicas administrados por BlackRock, aduciendo malos rendimientos derivados de las políticas woke. Hace unos días, el Estado de Florida ha retirado 2.000 millones de dólares en activos de BlackRock, por anteponer la sostenibilidad a la rentabilidad. Los motivos de esta acción han sido explicados por el director financiero del Estado de Florida, Jimmy Patronis: «Si Larry, o sus amigos de Wall Street, quieren cambiar el mundo, preséntense como candidatos en las elecciones, funden una organización sin ánimo de lucro, donen a las causas que les importan, pero no jueguen con el dinero de los contribuyentes de Florida. Creo que es antidemocrático que los principales administradores de activos usen su poder para influir en los asuntos políticos y sociales. Usar nuestro dinero para financiar los proyectos de ingeniería social de BlackRock no es algo en lo que Florida se haya apuntado. No tiene nada que ver con maximizar los rendimientos y es lo contrario por lo que se le paga a un administrador de activos».

Teniendo en cuenta los continuos atropellos del Gobierno de Sánchez al orden constitucional, seguramente no pocos de quienes han tenido la paciencia de llegar hasta este párrafo se pregunten ¿en qué concierne a los españoles estos asuntos? La respuesta podría apelar a las tremebundas leyes wokes aprobadas y en tramitación, pero quizá sea más práctico informar que BlackRock es el primer inversor de la bolsa española. Dirige, de hecho, empresas españolas, algunas en apuros como Grifols. Es el primer accionista de Repsol (5,475%), BBVA (5,48%), Banco Santander (5,426%), Telefónica (4,983%) y Amadeus (6,153%). Asimismo, es el segundo accionista de Iberdrola (5,251%). También está presente en otras muchas compañías del Ibex: Enagás (3,833%), Redeia -antigua Red Eléctrica- (3,47%), ACS (5,373%), AENA (3,071%), Colonial (3,595%), Merlin Properties (3,996%), Banco Sabadell (4,610%), Caixabank (3,211%), Cellnex (5,207%), Ferrovial (3,133%), Siemens Gamesa (3,739%) y Solaria (3,821%). Y, al mismo tiempo, en el segundo trimestre del año su beneficio cayó el 22% y los ingresos el 6%. Creo que tras esta información, se comprende mejor el entusiasmo de las grandes empresas españolas respecto a los objetivos ESG.

EL GRAN HERMANO REINA EN CHINA

25/09/2022

Ayer, varios medios informaban de la purga perpetrada por el autócrata Xi Jinping sobre varios gerifaltes del Partido Comunista de China (PCC) como el exministro de Justicia, Fu Zhenghua y exviceministro de Seguridad, Sun Lijun. A nadie se le escapa que se trata de un aviso a navegantes para que su reelección como Secretario General esté expedita en el XX Congreso del PCC que se celebrará el próximo octubre. De hecho, la noticia no me ha sorprendido en absoluto pues desde la observación in situ hace 8 años, hasta la constatación posterior muy cercana de cómo el régimen espía y castiga cualquier opinión por inocua que sea, incluso a los extranjeros, además de los innumerables datos históricos y recientes testimonios lóbregos, demuestran que la purga actual es solo el pan nuestro de cada día del régimen chino.

Es innegable que hubo momentos donde pareció que el régimen parecía democratizarse, que el Partido Comunista de China aflojaba la cincha un poco, por ejemplo antes de los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008. Sin embargo, hechos y datos indican que el régimen chino persiste en la autocracia e incluso la refuerza. En realidad, unos años antes ya se había consolidado la corrupta oligarquía multimillonaria, la aristocracia roja que maneja el PCC cuan martillo pilón e instrumento de su enriquecimiento. Así, la cleptocracia sistémica fue generando conflictos de intereses, guerras internas entre bandas que, ante la falta total de justicia independiente vinculada estrictamente al bien general, son zanjadas mediante purgas al mejor estilo estalinista. Las purgas son el constante desenlace de la lucha de clanes en el seno del PCC desde su creación, si bien se materializan con mayor desgarro desde la fundación de la República Popular China en 1949.

El suma y sigue de muerte y calamidades en China desde 1949 es aterrador, aunque los constantes lavados de cara y los éxitos económicos los ocultan sistemáticamente. El Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, fueron desastres humanitarios provocados por aquel Mao Gran Timonel, dueño y señor tan despiadado o más que el padercito sanguinario de la URSS; su camarada Stalin. Entre 1949 y 1975 calamidades y desastres produjeron millones de muertos, purgados, desaparecidos y encarcelados. Con la muerte de Mao y la purga del grupo de desalmados a la sombra de Mao compuesto por su viuda, Jiang Qing junto con Zhang Chunqiao, Yao Wenyuan y Wang Hongwen, conocido como la “Banda de los Cuatro” y la consiguiente resolución del XI Comité Central del PCC en diciembre de 1978 que repudió con contundencia la práctica política y el legado económico de Mao, se inició un periodo de reformas económicas que incluyeron la legalización de la propiedad privada de los medios de producción y el final de la autarquía. En definitiva, el camino hacia un capitalismo de corte corporativo, según la fórmula del nuevo jefe Deng Xiaoping “gato negro o gato blanco, lo importante es que cace ratones”. Pero de esta reforma económica no surgió, como algunos supusimos ingenuamente entonces, una reforma política similar a la ocurrida durante el tardofranquismo, que democratizara China.

Los motivos por los que ningún régimen controlado por un partido comunista de corte leninista progresa hacia la democracia merecen estudiarse. Lo indudable es que solo China y Vietnam han avanzado hacia un capitalismo vigilado por una aristocracia organizada en el partido que se ha convertido en oligarquía financiera. En China, cualquier intento de progreso hacia una democracia liberal ha sido aplastado a sangre y fuego. El ejemplo más doloroso sucedió en 1989, cuando el primer ministro Li Peng (luego purgado por corrupción), ordenó al Ejército Popular de Liberación disparar a discreción sobre los estudiantes que protestaban en la plaza de Tiananmen.

Trabajando como chinos en fábricas de corporaciones multinacionales o en fábricas propiedad de la aristocracia roja del PCC, los obreros y campesinos de la República Popular China lograron una gran hazaña económica entre 1980 y 2010. Fueron las multinacionales occidentales obnubiladas por la productividad, los bajos salarios y el potencial de consumo de los miles de millones de chinos, quienes invirtieron ingentes capitales acompañados de descomunales mordidas a los altos funcionarios miembros del PCC. No les importó ni la corrupción sistémica ni la inseguridad jurídica. Solo los beneficios cortoplacistas contaron. Así, la enorme riqueza generada derivada de la multiplicación por diez del Producto Interior Bruto (PIB) entre 1997 y 2016, no se ha repartido como teóricamente debía hacerse en un país “socialista” dirigido por un partido comunista. Todo lo contrario, el índice Gini fue subiendo desde el 16 del reparto de la miseria de finales de los 70 hasta el 49 en 2008 (España 32,4).

La diferencia de salarios y condiciones de trabajo y vida se fueron agrandando entre los trabajadores de Shanghái o Pekín y los de las zonas rurales donde reside aún el 60% de la población china.

El famoso bloguero Pan Caifu establece siete clases sociales en la RPC. Sin contradecirle en absoluto, recojo su clasificación agregando algunos matices captados desde diferentes fuentes y datos.

EN LA REPUBLICA POPULAR CHINA HAY CLASES

I.        La clase de los poderosos funcionarios (权贵阶层) o aristocracia roja. Esta oligarquía está formada por los dirigentes del PCC y sus familias. Además de los miembros del Comité Central y el Politburó, pertenecen a esta estirpe los prominentes miembros del Congreso Nacional del Pueblo y el Consejo de Estado. Sus vástagos pertenecen al Cuerpo de Jóvenes Pioneros de China y a la Liga de la Juventud Comunista de China. Según varias fuentes, esta oligarquía la conforman alrededor de 50.000 individuos, cuya riqueza individual suele sobrepasar los miles de millones de dólares. Esta opulencia es adquirida a través del tráfico de influencias que los chinos llaman “guanzi”. Según una encuesta de Net Ease, sólo el 3% de los chinos cree posible hacer negocios sin guanxi.

II.      Los altos funcionarios o cuadros del PCC (官僚阶层) que ocupan altos puestos en las estructuras del Estado: jueces, fiscales, presidentes de asociaciones, rectores de universidad y directores de empresas estatales. La mayoría son miembros del PCC. Además de sus altos salarios, son premiados con esplendidos gajes como automóviles con chofer, amplia vivienda en barrios residenciales específicamente construidos para ellos, pagos por favores conocidos como “sobres rojos” (hongbao). Además, como derivada de su poder en las concesiones de licencias y otros muchos permisos, practican el mencionado tráfico de influencias guanzi remunerado con mordidas que pueden ser en metálico o mediante acciones de empresas cotizadas en bolsa a nombres de sus familiares. Estas prácticas corruptas son descritas con crudeza y precisión por Desmond Shum en: “Red Roulette: An Insider’s Story of Wealth, Power, Corruption, and Vengeance in Today’s China” 2021 (Ruleta Roja: Una historia privilegiada de riqueza, poder, corrupción y venganza en la China de hoy). Con ingresos y patrimonios millonarios, se estima que esta clase la conforman alrededor de 4 millones.

III.       Las elites (精英阶层) constituidas por directores de empresas privadas, personajes famosos de la cultura y el espectáculo, abogados de prestigio o líderes de opinión constituyen un estamento social parcialmente dependiente de los dos estamentos anteriores que controlan el Estado. Aunque algunos gozan de influencia social y tienen abundantes recursos económicos, son constantemente supervisados por las dos clases superiores y se ven en la obligación de cooperar con ellas hasta el punto de afiliarse al PCC. Esta ambivalente situación provoca inseguridad social y financiera. Se estima que a esta clase pertenecen unos 8 millones de individuos.

IV.       Funcionarios y trabajadores contratados por el Estado (国有中产阶层). Tienen el privilegio de tener trabajo fijo con buenos sueldos y sinecuras considerables como vivienda, seguro médico, vacaciones y buenas condiciones laborales. Todos son miembros del PCC y suman alrededor de 15 millones.

V.       Clase media (中产阶层). Compuesta por trabajadores de empresas privadas, pequeños empresarios, autónomos, abogados, profesores universitarios, escritores, artistas, trabajadores para empresas extranjeras, periodistas en los medios comerciales, etc. Según Pan Caifu es “la clase de la esperanza” (希望阶层), al tiempo que confirma que en los últimos años su crecimiento se ha estancando, sus riquezas han disminuido y su espacio social se ha reducido. Es obvio que esta clase no es homogénea ni en recursos ni estatus. Como he mencionado, hay enormes diferencias salariales y condiciones de vida entre los habitantes de Shanghái, Pekín y otras ciudades industriales frente a los residentes de ciudades y pueblos del interior. En todos los casos, no disfrutan de un seguro médico al modelo occidental pues los pacientes están obligados a pagar, de media, más del 30% de los gastos médicos. Para ellos la escuela primaria suele ser gratuita pero la secundaria, la profesional y la universitaria corren a cargo de los parientes exclusivamente. Estamos hablando de unos 50 millones de personas.

VI.       El campesinado (农民阶层) puede vivir en el campo o en la ciudad. En general están sometidos al hukou de su nacimiento (registro censal que opera como un pasaporte interno o permiso de residencia al que se ligan tanto el lugar de residencia como la provisión de servicios sociales). Muchos de ellos han perdido sus tierras, algunos todavía viven de la agricultura o tienen pequeños negocios. Otra de las características de esta clase social es que los políticos no les prestan atención al no contar con representación política real. Son los grandes perjudicados del proceso de urbanización y de la destrucción del medio ambiente. Pan Caifu piensa que son la clase social más numerosa de China: unos 800 millones, sin embargo, teniendo en cuenta que la población activa de la RPC en 2021 era 793 millones, el 35% de campesinos suponen unos 500 millones de personas. Sin embargo, se calcula en unos 200 millones los emigrados a las ciudades de forma clandestina. La gran tragedia del campesinado chino es que carece de derechos laborales, sus condiciones de trabajo son precarias o inexistentes, mientras que el salario es de mera supervivencia. De hecho es el ejército de reserva barato para la industria.

VII.       El proletariado (无产阶层) según Pan Caifu es la clase social más baja, pobre y desprotegida. Aquí entrarían los campesinos más pobres emigrados clandestinamente a las ciudades, los trabajadores que se han quedado en el paro después de trabajar en empresas privadas, las personas sin hogar, los peticionarios o las familias aquejadas de una grave enfermedad, etc. Un grupo extenso que conformaría el lumpen de la sociedad china. Desdeñados por el sistema, no tienen protección social alguna, sobre todo los clandestinos victimas del hukou. De tal manera que si tienen la desgracia de caer enfermos, tienen que pagar de su exiguo bolsillo al médico. Una operación quirúrgica de urgencia es para ellos una tragedia en todos los aspectos. De los 500 millones de campesinos se calcula que hay más de 200 millones de inmigrantes internos que circulan por las ciudades chinas sin derechos de ningún tipo. El proletariado o lumpen del proletariado suma alrededor de 250 millones de personas.

Si el “socialismo con peculiaridades chinas” establecido por el denguismo (Deng Xiaoping) entre 1978 y 2012 supuso un extraordinario avance económico para China, parece obvio que sus mayores beneficiarios no fueron las masas obreras y campesinas sino los integrantes del partido que dice ser la vanguardia del proletariado. Esta obviedad fue aprovechada por Xi Jinping para escalar hasta la cumbre del PCC como Secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China en noviembre de 2012, enarbolando una supuesta reforma igualitaria. Sin embargo, trascurrida prácticamente una década de xiísmo, lejos de mejorar la distribución de la riqueza, se ha seguido concentrando en las manos de la oligarquía roja. Así, el índice Gini sigue rozando el 5 que significa una desigualdad social tercermundista. Entre tanto, el camarada Xi se ha desembarazado de las escasas restricciones de acaparamiento de poder establecidas por Deng como la dirección colegiada, la limitación de mandatos, la concentración del poder o el propio culto a la personalidad.

Antes del coronavirus, la economía China dejó de crecer realmente por diversos motivos. Seguramente el más importante, junto con la crisis inmobiliaria, fue el retorno a una planificación y centralización más firme ordenada por Xi Jinping, que pronto desincentivó a los inversores internacionales. Hong Kong era una ventana amplia que demostraba que el capitalismo funciona mejor con libertad. El principio de “un país, dos sistemas” chocaba con el proyecto recentralizador de Xi. Solución estilo Mao y Stalin; Sometimiento por la fuerza aunque signifique la destrucción de una democracia con una economía boyante. Tras esta demostración de fuerza parece obvio que el próximo bocado de Xi es Taiwan.

Como un Mao redivivo, Xi Jinping se afianza en el poder absoluto justificando sus arbitrariedades y purgas por la lucha contra la corrupción. La realidad es que el guanxi sigue funcionando a toda máquina, al tiempo que el Gran Hermano llamado Partido Comunista de China vigila a cada súbdito chino que no pertenece a la oligarquía del PCC a través de su móvil, de una gran red tecnológica de monitorización, policías con gafas con reconocimiento facial, obligación de llevar chips RFID en todos los coches, más millones de videocámaras por calles y portales. Quien no obedece escrupulosamente las órdenes y reglas del Gran Hermano Partido Comunista de China, se le quitan puntos de crédito social hasta, si persiste, borrarle.

Si la dictadura de Xi constituye una tribulación para la humanidad, el apoyo indisimulado de los Klaus Schwab, Al Gore, Larry Fink, Tim Cook, Reed Hastings, Satya Nadella, Bill Gates y demás CEOs wokes como impulsores del «Gran Reset» o control social para un Nuevo Orden Mundial, estremece a cualquiera que considere la libertad como uno de los bienes más preciados de la humanidad.

DEL MARXISMO AL CAPITALISMO WOKE

UNA APROXIMACIÓN HISTÓRICA

Pablo Rojo Barreno.

11/08/2022

Uno de los debates reiterados durante los años sesenta del siglo pasado entre marxistas de diferente etiqueta, era la habilidad con que el capitalismo de los países occidentales (con sus aliados socialdemócratas) “recuperaba o asimilaba” muchas de sus propuestas y las pregonaba como éxito del sistema. Sin embargo, tres décadas antes Georg Lukács en “Historia y conciencia de clase” (1923) hurgó sobre el asunto recuperando con ello la “reificación” que Marx menciona de pasada al hablar del “fetichismo de la mercancía” en “El Capital”. Con su análisis sobre la reificación, Lukács estableció que la identidad del individuo moderno no se construye en el siglo XX a partir del trabajo sino del consumo.

Poco faltó para que los camaradas jefes de Lukács en el Partido Comunista de Hungría, en comandita con el Presidente de la Comintern luego purgado por Stalin; Grigori Zinóviev, le hicieran pagar su osadía con la vida, por mucho que adujera que solo pretendía iluminar a los bolcheviques ante la eminente muerte de Lenin. Pero lo cierto es que sus deducciones ponían en solfa unas cuantas “leyes marxistas”.

Por aquel tiempo, Max Horkheimer fundó el Instituto de Investigación Social en Frankfurt, con el fin de estudiar el fracaso de la revolución comunista en Alemania en 1918. Sin embargo, la ya reconocida como Escuela de Frankfurt, a partir de 1931 se empeñó en estudiar la superestructura del capitalismo como sistema de dominación cultural que, según acordaron tras sesudos informes, oprime al proletariado sutilmente a través de la cultura de masas. Desde este enfoque, los miembros de la Escuela de Frankfurt mezclaron marxismo con psicología freudiana, hasta convertir el marxismo del optimismo agitador del Manifiesto Comunista en resignación melancólica. Esta resignación fue aparentemente superada durante unos pocos meses por los acontecimientos de mayo de 1968 en Francia.

El fracaso del mayo francés (desde la toma de la Bastilla hasta nuestros días, Francia es el país que más derrotas revolucionarias acumula) supuso el hundimiento de las dos estrategias paralelas que confluyeron en los partidos comunistas de Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial. La primera fue poner definitivamente en solfa la estrategia estalinista de principios de la década de 1930, basada en preservar el «socialismo en un solo país», es decir, la URSS como superpotencia y faro del socialismo real que, a través de la Komintern impuso a sus partidos satélites bautizándola «alianza con el campo progresista» a través de los frentes populares. Sin decirlo expresamente, el Gramsci encarcelado por Mussolini cuestionó la estrategia de Stalin al desarrollar la teoría de la hegemonía cultural, teoría con la que Palmiro Togliatti hizo una pirueta en 1947 llamada svolta di Salerno, integrando al Partido Comunista de Italia en la democracia capitalista democratacristiana. De esta alianza interclasista, surgió el Eurocomunismo que abrazo el Partido Comunista de España dirigido por Santiago Carrillo Solares, conocida como «alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura».

El desengaño del mayo del 68 también produjo la radicalización aventurera de quienes siguieron al maoísmo chino de la Revolución Cultural y al estalinismo albanés, grupúsculos que se escindieron de los partidos comunistas de Europa occidental obedientes a la URSS y algo más tarde lo hicieron en EEUU y Canadá, etiquetándose como marxistas-leninistas. Fue por entonces cuando se consolidó la “militarización” de ETA (recordemos que el primer asesinato perpetrado por ETA fue el del joven agente de tráfico de la Guardia Civil José Pardines el 7 de junio de 1968). En 1971 se fundó, de la mano del Partido Comunista de España (marxista-leninista), el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP), presidido por el hoy homenajeado dirigente del PSOE, Julio Álvarez del Vayo. Fue el FRAP la primera organización española que, tras la desarticulación del maquis a principios de los 50, proclamó el reinicio de la lucha armada (popular) contra el franquismo. Al mismo tiempo, surgieron en Europa organizaciones del mismo sesgo ideológico que propugnaron y utilizaron la violencia terrorista como el Ejército Republicano Irlandés Provisional (PIRA), la Facción del Ejército Rojo (RAF) en Alemania Occidental, las Brigadas Rojas en Italia, la Acción Directa (AD) en Francia y el Communist Combatant Cells (CCC) en Bélgica. El terrorismo de extrema izquierda en Europa asesinó e hirió a miles de personas y fue perseguido con mayor o menor contundencia por los países europeos que lo sufrieron. El derrumbe de la URSS, de la Albania comunista y la conversión de China al capitalismo inclemente dirigido por la oligarquía instalada en el Partido Comunista de China al iniciarse la década de los 90, fueron los acontecimientos que dieron la puntilla al terrorismo que se identificaba como marxista-leninista. Solo los que mezclaban esta ideología con el nacionalismo como el PIRA irlandés y la ETA vascuence persistieron en el terrorismo.

LA NUEVA IZQUIERDA NORTEAMERICANA

En Norteamérica, a pesar de mantener una economía próspera y creciente, la década de los 60 tuvo un inicio peliagudo que se fue alargando en forma de convulsiones políticas y sociales durante toda la década y la siguiente. Fue la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962, cuando la Guerra Fría a punto estuvo en devenir hecatombe nuclear, el aviso contundente a los dirigentes yanquis de la amenaza latente que suponía tener un régimen comunista aliado de la URSS a 166 kilómetros de la costa de Florida. A este acontecimiento se sumó enseguida el magnicidio de John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963 y de Martin Luther King 4 de abril de 1968. En realidad, el asesinato del carismático líder del Movimiento por los Derechos Civiles en EEUU, fue el culmen de una serie de asesinatos de líderes negros que se remonta hasta Emmett Till en 1955, Medgar Evers el 12 de junio 1963 que generó la significativa Marcha sobre Washington el 28 de agosto de 1963 y Malcolm X el 21 de febrero de 1965. La mayoría de los asesinos, apaleadores y secuestradores de líderes y activistas negros, pertenecían al Ku Klux Klan liderado por Samuel H. Bowers. La vorágine homicida contra líderes políticos culminó con el asesinato de Robert F. Kennedy el 6 de junio de 1968.

Al malestar de una parte considerable de la sociedad norteamericana por la represión y agresiones contra los movimientos por los derechos civiles, se unió el rechazo de muchos jóvenes al reclutamiento forzoso derivado de la guerra de Vietnam a partir de 1964. Bien es cierto que no todas las organizaciones que reivindicaban la igualdad de derechos eran pacifistas. Utilizaron la violencia terrorista el Partido Pantera Negra de Autodefensa y el Black Power desde 1966, mientras que el Youth International Party, cuyos partidarios eran conocidos como «yippies», lograron fama tras las manifestaciones violentas durante la Convención Nacional Demócrata del Partido Demócrata que se celebró en Chicago del 26 al 29 de agosto de 1968. Estos acontecimientos y los que siguieron, tomaron una dirección política emanada de la influencia en las universidades norteamericanas de los miembros de la Escuela de Frankfurt que se refugiaron en EEUU en 1933.

La repercusión del pensamiento posmarxista de Theodor Adorno, Max Horkheimer y Herbert Marcuse en los movimientos estudiantiles fue extraordinaria. Pero fue sin duda Marcuse, de quien se suele ocultar que fue fichado en 1943 por William “Wild Bill” Donovan, a la sazón director del Office of Strategic Services (antecesora de la CIA) como informador, quien al recorrer las universidades de Brandeis, California, Columbia, Harvard, Boston y San Diego y participar en el Institute for Social and Economic Research and Policy (ISERP) de la Universidad de Columbia, junto con la publicación en 1964 de “El hombre unidimensional”, se convirtió en el gurú ideológico de lo que se llamaría New Left (nueva izquierda en contraposición a la vieja representada por el Partido Comunista de los Estados Unidos de América). La otra gran influencia en la izquierda norteamericana, fue la propagación en la universidad de la hipótesis Sapir‑Whorf de la relatividad lingüística, hipótesis que supuso un maremágnum al mezclarse pronto con el relativismo posmoderno de la French Theory.

En “Eros y Civilización” (1953) Herbert Marcuse identifica el orden capitalista y la moral burguesa como continuadoras del arcaico patriarcado establecido a través de los medios de reproducción social y de dominación como la familia. Con «Una falta de libertad cómoda, fluida, razonable y democrática prevalece en la civilización industrial avanzada, una muestra del progreso técnico esconden una estructura totalitaria basada en la explotación del hombre por el hombre» inicia Marcuse “El hombre unidimensional”. Luego señala el camino declarando: «El objetivo de la revolución no ha de ser meramente la sustitución de la clase dominante por otra, sino el nacimiento de un hombre nuevo». Otro pensador influyente en la New Left fue el profesor de la Universidad de Columbia, Charles Wright Mills quien concluyó con la proclamación del llamado ”sustituismo” afirmando que el sujeto histórico revolucionario hacia el socialismo no es la clase obrera, sino los intelectuales revolucionarios. Claro que con un método más elaborado, el sustituismo de clase fue teorizado mucho antes por Antonio Gramsci.

¿Qué joven generoso y altruista, siempre un poco narcisista, no anhela superar las añejas miserias de sus antepasados y devenir salvador de los parias de la tierra? La organización que abrazó los señuelos del marxismo freudiano fue Students for a Democratic Society (SDS Estudiantes para una Sociedad Democrática). La SDS logró una notable implantación en las universidades norteamericanas, sin embargo, el maremágnum ideológico y la progresiva radicalización, supuso su escisión en grupos más radicales como Weather Underground, Revolutionary Youth Movement y el claramente maoísta o marxista-leninista Society Progressive Labor Party (PLP). Con la reedición ya en los 70 de la obra de Antonio Gramsci y la popularización de la French Theory posmoderna, se consolidaron en los campus universitarios yanquis los movimientos contraculturales como el «Free Speach Movement» y los movimientos feministas Women’s liberation movement, feminism lesbian self awareness en el campus de la Universidad de Míchigan y Women’s studies creado en 1969 en la Universidad de Cornell.

CONTRACULTURA, POLÍTICAS DE IDENTIDAD Y WOKENOMICS

El académico, novelista y profesor de historia de la Universidad de California, Theodore Roszak, acuñó la expresión contracultura en su ensayo “The Making of a Counter Culture” publicado en 1969. En su estudio, Roszak describe el fenómeno social como espíritu del tiempo que rebela el hartazgo de las nuevas generaciones respecto a la tecnocracia, al cientificismo y a los esquemas de relación familiar y sexual tradicionales. El papel de la “psicodelia”, sobre todo el alucinógeno LSD, en esta forma de rebeldía fue pronto justificado por el filósofo Alan Watts y los profesores de psicología de la Universidad de Harvard; Timothy Leary y Richard Alpert, como ritual e instrumento de liberación del individuo frente a la voracidad del sistema capitalista. “Cambia la mente y cambiarás el mundo” era la consigna.

Un adelantado de la psicodelia en España fue el por entonces joven marxista-leninista profesor de filosofía y derecho en la Universidad Central Complutense de Madrid, Antonio Escohotado quien, en abril de 1967 consiguió que la prestigiosa Revista de Occidente publicara un artículo suyo titulado: “Los alucinógenos y el mundo habitual” donde explicaba las positivas modificaciones perceptivas, filosóficas y culturales que implicaba el consumo de drogas alucinójenas. Condenado a dos años y un día por un delito inducido por la policía, Escohotado escribió «Historia general de las drogas» en la cárcel de Cuenca, ensayo que logra publicar en 1983 con gran escándalo por encontrarse España en pleno boom de heroína que provocó sufrimiento, delincuencia juvenil y miles de yonquis muertos.

Tras años de notables desencantos y desgracias personales, la contracultura fue desenmascarada como hedonista y generadora de un consumo de distinción social. Hippies y yuppies lo hacen por igual. El «No Logo» de la contracultural periodista canadiense Naomi Klein, significaba, como denunciaron más tarde los profesores de filosofía canadienses Joseph Heath y Andrew Potter en su famoso ensayo “Rebelarse vende: el negocio de la contracultura cambiar” (2004) un fraude. Así, Heath y Potter destrozan el mito revolucionario dominante en el pensamiento político, económico y cultural en el que se basan tanto el movimiento antiglobalización como el feminismo y el ecologismo. En su contundente denuncia explican que la supuesta rebelión contra el sistema capitalista, se transformó enseguida en un signo de diferenciación donde germinó el consumidor “rebelde” que trasmuta los barrios donde reside en guetos cool y consume las marcas trendy contraculturales acordes con la ideología de cada grupo o identidad. En último término, los contraculturales fueron el caldo de cultivo donde florecieron las políticas de identidad con el concurso de la French Theory. Fueron los posmodernistas relativistas quienes pusieron en solfa las «metanarrativas» de la cultura y la historia occidental y muchas cosas más. Así, los Lyotard, Foucault, Derrida, Lacan, Deleuze y compañía, reducen el mundo a un juego de lenguaje, difuminan los límites entre lo objetivo y lo subjetivo, la verdad y la creencia, los sexos y el género.

Sobre las premisas relativistas de la French Theory, se inician los Gender Studies, o estudios de género en la neoyorquina Universidad de Cornell, estudios que enseguida se extendieron a otras universidades norteamericanas. De ellos surgieron varias hipótesis feministas destacando la «Queer Theory» (teoría de lo extraño, de lo raro), inspirada en el placer como estrategia de empoderamiento de Michel Foucault que se popularizó en EEUU durante la década de 1990, al tiempo que se propagaba la epidemia de SIDA. Los primeros grupos activistas queer fueron Act Up y Queer Nation.

Sobre los mismos principios posmodernos, también se iniciaron en la Universidad de Detroit los African American Studies que pronto se extendieron a otros centros académicos. De ellos surgió la Teoría Crítica de la Raza (Critical Race Theory – CRT) promocionada por la profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad de California, Kimberlé Crenshaw, quien también es inventora de la “interseccionalidad”. La CRT estipula que el racismo sistémico blanco es consustancial a la sociedad estadounidense y, de rebote, a occidente. Al surgir de las mismas fuentes filosóficas y sociológicas que la teoría queer, sufre de los mismos desatinos. De esta suerte, la CRT contempla la raza desde un prisma maniqueo, donde sus teóricos y activistas se dedican a clasificar a cada individuo y meterlo en uno de los dos cestos dispuestos; en el de los opresores o en el de las víctimas. Estas ideologías han infectado a toda la sociedad norteamericana, empezando por la política y continuando por la educación, el trabajo, la sanidad, el arte, la religión y la milicia. Desde la concepción de una sociedad enfrentada entre buenos y malos, las causas de que la policía de EEUU dispare (más de 1.000 disparos mortales en 2019) en una proporción 1,6 veces superior contra ciudadanos negros y mulatos que al resto de la población, se despacha con una palabra; racismo. No hay posibilidad alguna de análisis, y quien se atreva a poner en duda este axioma, corre el riesgo de ser cancelado, boicoteado, borrado como ciudadano con derechos humanos.

Paradójicamente, o no tanto como veremos luego, algunos de los primeros teóricos Queer como Judith Butler, criticaron en los años 90 las políticas de identidad, por considerar que convierten la identidad en esencia, en una verdad inmutable sobre el yo. Además, alegaron que los relatos identitarios en los cuales se basan las políticas de la identidad, aunque sean interpersonales, afirman el fetiche y el motor del capitalismo: el sujeto privatizado. No obstante, la profesora de Berkeley se desdijo luego de esta crítica a través de textos abstrusos que terminan asegurando que el género no es un hecho anatómico, sino que lo crea la palabra, por lo tanto, la identidad de uno no está ligada a su sexo biológico, sino al sentimiento que cada persona. Esta ocurrencia sin base científica ni epistémica alguna, ha conducido a la multiplicación de sentimientos de género y a la consiguiente obsesión narcisista por la autorepresentación personal. La conclusión es que hay un número infinito de géneros que la famosa sigla LGBTQ+ no puede abarcar. Si quién tiene el poder de definir el discurso tiene el poder real, habrá que reconocer que las activistas del Me Too lo bordan, sin embargo es evidente que la sobresaturación de identidades y denuncias cruzadas conforman un antropofágico escenario. Para superarlo, Williams Crenshaw creo un ardid, la mencionada “interseccionalidad” donde se solapan innumerables formas de discriminación, fruto de la confluencia de varias “identidades oprimidas” en una misma persona o grupo. Así, la interseccionalidad enlaza raza, sexo, clase, sexualidad, identidad de género, religión, estatus migratorio, capacidad física, salud mental y tamaño corporal, más subcategorías como el tono exacto de la piel, la forma del cuerpo y las identidades de género y sexualidades abstrusas, que se cuentan por centenares. Vamos que hay oprimidos a la enésima potencia.

El conjunto de teorías “interseccionalizadas”, se conoce como Teoría de la Justicia Social Crítica ((TJSC). Su implantación desde las universidades a organizaciones e instituciones públicas y privadas de EEUU y Canadá se denominó Great Awokening (Gran Despertar). Este gran despertar supone un formidable salto de toma de conciencia desde las minorías oprimidas a las clases pudientes educadas en el izquierdismo (liberals en EEUU). Los despertados más significativos son los poderosos chief executive officers (CEOs – directores ejecutivos) de corporaciones públicas y privadas, bancos y fondos financieros que se autodenominan sostenibles, un desiderátum que se vende estupendamente pues plantea «crecer de manera constante sin causar daño al planeta, aliviando la devastación provocada por el cambio climático y cerrando la brecha con los grupos más vulnerables». Semejante proeza ha sido etiquetada con las siglas ESG (Environment-Social- Good Governance: Medioambiente, Social y Buen Gobierno). Ni que decir tiene que esta etiqueta es la vitola del buen CEO que no solo mira por sus intereses, sino que se preocupa de las emisiones de gases de efecto invernadero, la preservación de la biodiversidad, de las energías renovables y la eficiencia energética, de la buena vida de sus empleados incluyendo la diversidad y la inclusión, la transparencia, cerrar todas las brechas salariales y de género, romper el techo de cristal y erradicar la discriminación por razón de género, edad, religión, orientación sexual y discapacidad. La bondad infinita hecha persona en el jefe de la gran corporación multinacional.

El 25 de mayo de 2020 el mundo fue testigo de cómo el oficial de policía del barrio de Powderhorn de Mineápolis Derek Chauvin, apoyó su rodilla en el cuello del ciudadano negro George Floyd hasta asfixiarle. El asesinato de Floyd provocó una oleada de dolor en todo el mundo con rezos masivos, estrellas del deporte y del show business, artistas e incluso grandes banqueros se arrodillaron contritos. ONGs y empresas de todo tipo divulgaron sus condolencias y prometieron aportar sus recursos para la curación del racismo. Al mismo tiempo, el grupo Black Lives Matter (BLM – Las vidas de los negros importan) organizó protestas callejeras masivas. No fueron protestas pacíficas como las del Movimiento por los Derechos Civiles de 4 décadas antes, sino análogas a los disturbios que arrasaron el centro de Detroit en 1967. Similares en violencia pero mil veces más extensas. La primera protesta violenta sucedió en Minneapolis el día después de la muerte George Floyd. Enseguida se expandieron a otras ciudades y pueblos de los EEUU. A finales de junio se contabilizaban más de 1000 tumultos que provocaron centenares de heridos por los enfrentamientos de los militantes y simpatizantes de BLM con la policía y ciudadanos disidentes, así como la destrucción de cientos de propiedades públicas y privadas.

Estos tumultos, lejos de ser condenados unánimemente por políticos, medios y organizaciones civiles y económicas, se llevaron a beneficio de inventario como si se trataran de sacrificios al Dios antirracista. Así, alrededor de 40 grandes corporaciones autoetiquetadas ESG, reafirmaron su compromiso en profundizar la diversidad, equidad e inclusión en sus empresas y donaron importantes sumas a los dirigentes de Black Lives Matter Global Foundation (BLMGF), si una fundación sin ánimo de lucro que dice dedicarse a la educación, cuando quieren decir a la agitación y propaganda para obtener sus fines: «erradicar la supremacía blanca y construir poder local para intervenir en la violencia infligida a las comunidades negras por el estado y los vigilantes».

Con estos mimbres se ha construido la “racialización” de la política y la sociedad (cultura) en los siguientes términos: tu identidad racial, sexual o de género definirá el 100% de tu existencia. Por consiguiente, eres víctima o victimario. Como con el marxismo-leninismo, no hay posibilidad de diálogo pues la dialéctica sigue siendo la oposición dominante-dominado. Además, instituye el pecado original de raza, todos los blancos son culpables de los grandes males desde que el mundo es mundo; racismo, colonialismo, capitalismo. Todos los ciudadanos de un país colonialista, aunque haga más de un siglo que ha dejado de serlo, son colonizadores y traficantes de esclavos. Todos los varones, sobre todo los blancos, son machistas y potenciales agresores de mujeres. Todos lo “no nacionalistas” son imperialistas. En “Cynical Theories” (2020) Helen Pluckrose y el matemático James A. Lindsay afirman que el wokismo es “una teoría del complot sin conspiradores individuales”. El racismo, el machismo, el occidentalismo, el colonialismo son males estructurales. Todos los blancos nacen con un pecado original (el privilegio blanco) que los define, incluso a los que luchan por los derechos civiles.

El caso es que los CEOs de gigantes multinacionales yanquis con etiqueta ESG como: Amazon, Apple, Google, Nike, McDonalds, Goldman Sachs, Microsoft y BlackRock (Los directivos de los bancos son filántropos con el dinero de sus clientes y de sus inversores), entre otros muchos, además de expresar su mea culpa por acarrear el pecado original heteropatriarcal y blanco racista, reafirmaron su determinación con la causa de la igualdad racial y la diversidad con frases redentoristas como: «El cambio en nosotros mismos ayuda a impulsar el cambio en el mundo» (Microsoft). Todas las corporaciones mencionadas y unas cuantas más, donaron a BLMGF del bolsillo de sus accionistas entre un millón y dos millones de dólares respectivamente. De esta manera, cerca de 40 corporaciones multinacionales donaron más de $90 millones a BLMGF en 2020, de los que $6 millones fueron destinados a comprar una opulenta mansión entre Los Ángeles y Hollywood de 603 m², 8 habitaciones y baños, piscina y estacionamiento para más de 20 automóviles. Por supuesto, la mansión fue adquirida por Delaware Limited Liability filial de BLMGF. Además de la mansión, el triunviro queer dirigente de BLM formado por Patrisse Cullors, Alicia Garza y Melina Abdullah, tuvo que reconocer públicamente sus formidables ingresos derivados de contratos entre BLMGF y empresas de servicios que supusieron un incremento patrimonial formidable de cada una en apenas 8 años.

Que la emancipación de los parias de la tierra empieza siempre por sus apóstoles, no debe despistarnos sobre las enseñanzas de estos sucesos, a saber, que el adoctrinamiento sistemático ejercido durante más de 6 decenios en la mayoría de facultades de humanidades en EEUU y Canadá, han logrado sus objetivos gracias a la incorporación de sus alumnos más aplicados a los puestos ejecutivos de la política y las corporaciones empresariales. En general, los CEOs de las grandes multinacionales occidentales suelen tener masters en administración de empresas (MBA), apenas hay científicos, médicos o ingenieros (Elon Musk es la excepción de la regla) entre ellos. Excelentes promotores de sí mismos, sus concienciadas y despiertas socialmente mentes, predican una moral de conveniencia con notable éxito en Norteamérica y, con algo de retraso, también en Europa. Con el “wokenomics”, la antigua responsabilidad social de la empresa se ha reconvertido en un instrumento de acumulación de riqueza y prestigio disfrazado con un manto honorable. Convertidos en bienhechores, los altos y famosos ejecutivos están dirigiendo estrategias para problemas sociales, ambientales y políticos, desde el cambio climático hasta la desigualdad racial. Y lo hacen cuan si fueran ecuaciones que deben resolver el genio de unos pocos iluminados; es decir, los Zuckerberg, Bezos, Gates, Musk, Benioff, Soros, Schwab, Al Gore, Fink, etcétera .

Parece obvio que la venia o anexión a la ideología woke por buena parte de las élites empresariales y políticas occidentales, es más oportunista que altruista. En realidad, se trata de un quid pro quo difícil de limitar quien ejerce mejor el oportunismo o el chantaje. Un fantasma recorre Norteamérica: el fantasma del wokeismo que intimida a las élites empresariales, políticas y culturales; el perder la reputación personal. Ha ganado la antidemocrática “cultura de la cancelación” basada en el boicot y el oprobio del sacrílego (public shaming). Y como ni siquiera vale el silencio, “White silence is violence”, los dirigentes empresariales sobreactúan para salvar el pellejo incluso en detrimento de los intereses de los inversores de sus empresas que son sus verdaderos propietarios. Pero a esta situación no se ha llegado sin la complicidad de unos cuantos poderosos que pretenden establecer un nuevo modelo económico y social en el mundo. «Todos los países, desde Estados Unidos hasta China, deben participar, y todas las industrias, desde el petróleo y el gas hasta la tecnología, deben transformarse. En resumen, necesitamos un «Gran Reset» del capitalismo» Klaus Schwab, fundador y presidente del Foro Económico Mundial de Davos.

DEL ANTIFRANQUISMO UNIVERSITARIO

Es público y notorio que las facultades de humanidades de las universidades públicas españolas, fueron poco a poco copadas por marxistas y/o nacionalistas. Pero la historia grande o pequeña contiene paradojas reveladoras, por ejemplo, la del grupúsculo que se erigió en efímero Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona en 1966 y redactó el “Manifiesto por una universidad democrática”. Aquel manifiesto fue apoyado por otros grupos antifranquistas universitarios y, aunque clandestino, el estilo de su redacción señalaba la autoría de Manuel Sacristán Luzón, a la sazón reconocido filósofo y teórico marxista dirigente del Partido Comunista de España (PCE) y profesor no numerario de la facultad de filosofía y letras de la Universidad de Barcelona.

Aquel manifiesto denunciaba la implantación coactiva de la ideología oficial franquista, criticaba las malas prácticas de la Universidad y proponía medidas para democratizar la institución y mejorar su rendimiento científico. Entre las propuestas, destacaba la que declaraba: «ningún cargo universitario debe ser cubierto por tiempo indeterminado». Otra sin duda innovadora propuesta era la que propugnaba la eliminación de las cátedras vitalicias, al tiempo que pedía la dignificación de los profesores no numerarios.

Llegado el PSOE de Felipe González al poder en 1982, se inició la vorágine fundadora de universidades públicas en cualquier ciudad o pueblo que el político del lugar proponía para su mayor gloria. Enseguida se fundaron a toda prisa decenas de universidades públicas, al tiempo que el gobierno convirtió en funcionarios a todos los profesores. En cualquier caso, no hubo protestas cuando los concursos de acceso a cátedras y titularidades universitarias se simplificaron, se redujo el número de miembros de los tribunales o comisiones que habían de decidirlos (de siete miembros a cinco, con lo que resultaba fácil conseguir mayorías de sólo tres votos), y se entregó la designación de dos de estas personas a la decisión de los propios departamentos universitarios afectados. El incremento de la endogamia que significaban estas disposiciones, en detrimento del mérito, se implantó como sistema en la universidad pública española. En 1984, unos pocos meses antes de morir, Manuel Sacristán Luzón fue nombrado catedrático de Metodología de las Ciencias Sociales de la Universidad de Barcelona.

En los inicios del Felipato, el inexorable declive de la URSS impuso planteamientos revisionistas de socialistas y comunistas en todo el mundo. En España, como en otros lugares, trataron de salvar los muebles y evitar por todos los medios certificar la defunción del marxismo al modo del falsacionismo de “La sociedad abierta y sus enemigos” de Karl Popper. Por supuesto, no se trataba de reestudiar el oscuro “Materialismo y empiriocriticismo “de Lenin sino de seguir los compases de los Radicales italianos del folclórico Marco Pannella que se adornaba con los desplantes del entonces joven y rojiverde Giovanni Negri, junto con el neomaltusianismo instalado en “Los Límites del crecimiento” por el Club de Roma, unido a la ambivalencia ideológica de los flamantes Verdes Alemanes (Die Grünen). De esta manera, se fue conformado un relato bonancible con intenciones de paradigma. Así, a la entropía la convirtieron en una nueva versión de ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia que acabaría con el consumismo compulsivo del primer mundo capitalista. El consumismo compulsivo era, ¿es? la enfermedad mortal del capitalismo, enfermedad que por entonces no tenían la URSS donde no había ni leche que consumir y de una China en la que el mañoso Deng Xiaoping iniciaba, con no pocos sobresaltos, su reforma hacia el capitalismo salvaje de partido único.

Ecologista se declaró en aquel tiempo el recién expulsado dirigente del PCE y prestigioso catedrático de economía Ramón Tamames Gómez. Menos mediático y fiel al Partido (PCE) el considerado el gran teórico marxista español, Manuel Sacristán Luzón publicó “Pacifismo, ecología y política alternativa” en 1987. Pero el Felipato, como práctica de poder sin contrapesos evitó la expansión del posmodernismo en el ámbito académico, en realidad, no hay un Lyotard español y este movimiento solo se manifestó como coartada estética, cultural y sexual que representan fenómenos banales como la movida madrileña.

DEL ANTIFRANQUISMO SOBREVENIDO AL POPULISMO WOKE

Los intelectuales universitarios españoles que se autodenominaban progresistas, es decir, marxistas más o menos leninistas enfadados con el proletariado, durante el Felipato se agarraron al clavo ardiendo de Gramsci y emprendieron la tarea de lograr la hegemonía cultural convirtiendo a las ya numerosas facultades de humanidades en centros de adoctrinamiento. Lo lograron. Por consiguiente, parece justo mencionar a los brahmanes más destacados en su empeño. Por su curiosa trayectoria ideológica considero merecedor de encabezar la distinguida lista a José Luis Sampedro Sáez seguido de Ramón Cotarelo García, Juan Ramón Capella Hernández, Montserrat Galcerán Huguet, Jaime Pastor Verdú, Antoni Domènech Figueras, Joan Subirats Humet (ministro de Universidades del Gobierno presidido por Sánchez Castejón desde 2021), Ludolfo Paramio Rodrigo, Carlos Berzosa Alonso Martínez, Carlos Taibo Arias, Heriberto Cairo Carou, Antonio García-Santesmases, Carlos Fernández Liria, Luis Alegre Zahonero, Santos Miguel Ruesga Benito, David M. Rivas Infante, Andrés Arias Astray, Julio Alguacil Gómez, Jorge Fonseca Castro y Rafael Escudero Alday. Faltan tantos que sus nombres ocuparían demasiado espacio, pero cuando recuerdo a unos cuantos que traté personalmente hace ya muchos años, no acabo de entender cómo personas de trato agradable y siempre aseados, soportaban la cochambre que reinaba y reina en las facultades y los vandálicos escraches de sus alumnos a quienes no eran del mester de progresía.

Aparentemente, como sucedió en Norteamérica, el Neo Marxismo Gramsciano impartido en las aulas de humanidades de nuestras universidades públicas, no parecía tener mucha influencia social debido a la aparente consolidación de un bipartidismo imperfecto condicionado por los nacionalistas vascos y catalanes. Pero en 2008 estalló la burbuja inmobiliaria y la consiguiente depresión económica. Surgen entonces los indignados contra el sistema, aunque no fue hasta 2014 que las semillas ideológicas sembradas durante tantos años en la universidad pública española dieran cosecha en forma de partido político. Bien es cierto que en España no tuvimos un solo Lyotard afamado salvo que consideremos como tal a Pedro Almodóvar Caballero, pero la influencia de Gramsci se fue alargando hacia un populismo posmarxista de resonancias peronistas formulado por la pareja Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una política democrática radical” (1985), una propuesta abrazada con frenesí por los doctorandos, luego devenidos famosos políticos, que por aquel tiempo estudiaban en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid ubicada en el campus de Somosaguas.

La consigna «Democracia Real YA» de mayo de 2011 fue un amargo grito que expresaba el anhelo de un cambio de rumbo, mientras que «Juventud Sin Futuro» la constatación de un fracaso político y social trasformado en descrédito de la democracia liberal. Las plataformas y movimientos llamadas 15M proclamaban su apartidismo, pero bastaba con acercarse a cualquiera de las ágoras de indignados organizadas en las plazas de las ciudades españolas, sobre todo las de la Puerta del Sol madrileña y la Plaza de Cataluña barcelonesa, para comprobar que quienes dirigían la orquesta asamblearia con notable destreza y experiencia adquirida en facultades, sindicatos y partidos, eran un manojo de veteranos líderes de Izquierda Unida y los aventajados alumnos de las inefables facultades de humanidades devenidos ya profesores. Los más ardorosos se camuflaron en el “colectivo” universitario Juventud Sin Futuro. Este colectivo estaba controlado por la Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS) de ideología marxista que ejercía de consultora y Think Tank del «Socialismo del Siglo XXI» desarrollado por Heinz Dieterich Steffan, Michael Lebowitz y la discípula de Althusser, Marta Harnecker. Era el socialismo que estaban implantando entonces los Hugo Chávez, Lula da Silva, Rafael Correa y Evo Morales. Ya entonces la CEPS era dirigida por el núcleo que en 2014 fundó el partido Podemos. También eran fácilmente detectables las consignas del movimiento antiglobalización internacional ATTAC y el Nuevo Partido Anticapitalista capitaneado por el incombustible trotskista Olivier Besancenot.

La diferencia doctrinal del socialismo del siglo XXI respecto al soviético apenas se distingue en el detalle de no perpetrar sistemáticamente la socialización de los medios de producción (incautación por el estado), sino la implantación de un Estado Leviatán manejado por una casta dirigente, cuya legitimidad está fundada en la superioridad moral de su ideología. La estrategia para lograr la superioridad moral es la consecución de la hegemonía cultural establecida por Gramsci que al inicio del siglo XXI es aumentada con la política de identidad que en el caso de Iberoamérica combina el antitético indigenismo con el nacionalismo histórico bolivariano. Esta aberración es asumida por el Frankenstein del mester de progresía español quien ha desechado el feminismo clásico igualitarista y se ha apuntado de hoz y coz a la queer theory.

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El fulgurante ascenso a la fama de Pablo Iglesias Turrión y de rebote el partido Podemos, no se explica sin la colaboración de los medios de comunicación, sobre todo de los canales de televisión generalistas privados. El personaje apenas era conocido hasta que en 2010 comenzó a presentar el programa de tertulia política La Tuerka en Tele K. Poco después, Iglesias comenzó a colaborar con el periódico Público y apareció como analista en un programa especial de La Sexta, La Sexta Columna y en Fort Apache del canal público iraní Hispan TV. Ya afamado, Iglesias aparecía por todas las televisiones generalistas, La Sexta Noche; Las Mañanas de Cuatro y Te vas a Enterar, La Noche en 24 Horas, El Cascabel de Trece-COPE, La Lupa del Canal 10; Al Rojo Vivo, El Objetivo o Salvados, Las Mañanas de La 1 en TVE y hasta en El Gato al Agua del derechista canal de Intereconomía en 2013. De estrella mediática predicadora del igualitarismo y la eliminación de la plutocracia a diputado europeo y jefe de Podemos apenas fue un paso lógico.

Lo sucedido después con el personaje y su partido es bien conocido. Pero lo relevante de la conversión de un desconocido profesor en líder carismático es que excepto TVE, todos los canales mencionados que le promocionaron pertenecen a propietarios privados, cooperativas, instituciones religiosas y, sobre todo, grandes grupos de comunicación como Atresmedia y Mediaset. Y por si aún no queda clara la cuestión, destaco que estos grandes grupos cooperativos de comunicación, exponen a bombo y platillo en sus balances y “statements” en español e inglés su vitola ESG de compromiso social, ambiental y de buen gobierno.

Por motivos que comprenderán y por constatar además que sus platós acogieron el “ESG Spain 2020 Corporate Sustainability Forum”, elijo como referente el informe:”Estado de información no financiera consolidado 2021 de ATRESMEDIA CORP. DE MEDIOS DE COM. S.A.”. Ya en la carta del Presidente, José Creuheras Margenat, queda clara la adhesión a la corrección política ESG de la corporación: «En 2021 hemos finalizado nuestro segundo Plan Director de Responsabilidad Corporativa, llevando a cabo sus últimas acciones y estableciendo, tras él, nuevos objetivos ESG que guiarán la actuación durante 2022 y 2023. Estos primarán el refuerzo de la estrategia medioambiental, el impulso de la medición del impacto social del Grupo y el incremento en la respuesta a inversores sobre el desempeño ESG». Un desempeño ya notable antes pues en el informe queda escrito negro sobre blanco que unas decenas de millones de euros de sus accionistas han financiado campañas a favor de ONGs (sospechosamente sin especificar), a lograr para Atresmedia la ambicionada calificación B de la organización Carbon Disclosure Project (CDP) por su actuación contra el cambio climático y a la obtención del índice de sostenibilidad FTSE4Good Ibex por mejora de eficiencia energética. Asimismo, la Política General de Responsabilidad Corporativa diseñada por sus CEOs, establece proveer «un empleo de calidad gratificante, promover la igualdad, la diversidad y la conciliación, garantizar los derecho laborales, evitar la discriminación por razón de género, edad, religión, orientación sexual y discapacidad, total compromiso con la consecución de los Objetivos de desarrollo sostenible de las Naciones Unidas», etcétera, etcétera.

En primer lugar, ATRESMEDIA CORP. DE MEDIOS DE COM. S.A. tiene como Objeto Social solo y exclusivamente servicios de televisión y radiodifusión. Asimismo, por ser una sociedad anónima, la ley le concede el privilegio de limitar a sus propietarios y directivos la responsabilidad frente a los acreedores, lo que pone a salvo su patrimonio personal en caso de quiebra, luego cabe preguntarse si sus directivos pueden legal y moralmente convertir la compañía en santuario difusor de una ideología concreta que no tienen por qué compartir ni sus accionistas ni sus clientes. Es más, si fuera solo Atresmedia el asunto, aunque grave, sería anecdótico, pero estamos hablando de que casi todas las empresas españolas cotizadas en bolsa y muchas más, han asumido su encuadre en el ESG. Incluso existen unos cuantos índices nacionales e internacionales que miden, sin criterios objetivos y transparencia, el grado de cumplimiento ESG de las empresas que, en el caso de España, suele estar liderado por Mercadona, seguida de Inditex, Ikea, Mapfre, Mutua Madrileña, Mahou San Miguel, Nestlé, Telefónica, Caixabank, etcétera.

Ante esta realidad, surge la inevitable pregunta: ¿Qué intereses y estrategias mueven a la miríada de altos dirigentes del capitalismo mundial a desplegar, sobre todo desde la plataforma de Davos, el llamado capitalismo stakeholder aderezado con la ideología woke? Repito entonces las contundentes palabras del fundador y presidente del Foro Económico Mundial (FEM), Klaus Schwab, cuando escribió en junio de 2020: «Todos los países, desde Estados Unidos hasta China, deben participar, y todas las industrias, desde el petróleo y el gas hasta la tecnología, deben transformarse. En resumen, necesitamos un «Gran Reset» del capitalismo».

Podemos especular, no sin motivo, que el cártel ESG-Woke es una reedición de la referida al principio de este artículo “recuperación asimiladora” del capitalismo, para neutralizar el wokeismo militante de extrema izquierda, además de una buena «herramienta de marca». Asimismo, se puede llegar a la conclusión de Vivek Ramaswamy en “Woke Inc.” (2021) estimando que la “wokenomics» es una estafa egoísta, una puesta en escena para engañar a consumidores y accionistas con dos propósitos camuflados por angelicales palabras solidarias; elevar el estatus social (moral) de los CEOs y gurús de las grandes corporaciones y camuflar, con preocupaciones éticas fingidas, el objetivo que realmente les importa: las millonarias bonificaciones que se otorgan. En definitiva un amoral matrimonio de conveniencia entre organizaciones de activistas y directivos de grandes corporaciones; un bochornoso quid pro quo. También es instructiva la conclusión del reconocido ensayista y decano de la Escuela de Negocios de la Universidad de Tecnología de Sydney, Carl Rhodes que establece que el capitalismo woke está saboteando la democracia liberal, es decir, la democracia. De hecho, entre el trampantojo construido por el cártel ESG-Woke de estructuras culturales, económicas y sociales paralelas, se puede entrever la sombra de la ambición monopolística que suele conducir al corporativismo, un corporativismo que ahora sería mundial.

Como han adivinado, la sombra del socialismo corporativo tiene una vieja y tétrica historia que se remonta a finales del siglo XIX y se impone en varios países europeos, con diferentes etiquetas, a principios del siglo XX hasta concluir en los mayores baños de sangre que registra la historia. Hoy, el paradigma de los Klaus Schwab, Al Gore, Larry Fink, Tim Cook, Reed Hastings, Satya Nadella y demás CEOs wokes se barrunta como un neofascismo economicista autoritario. No por casualidad, el fundador del Foro Económico Mundial de Davos, Klaus Schwab, decidió en 2021 que el invitado de honor fuera el dictador chino Xi Jinping. El anfitrión, Klaus Schwab, presentó a Jinping con alabanzas de esta guisa: «Tenemos que comenzar una nueva era global y contamos con usted”. Xi, fue claro, reconoció que su régimen no es «igualitario». Que confiere el poder económico y político a las élites empresariales y estatales, además de utilizar la coacción y el poder del Estado para concentrar el control de la riqueza en sus manos, por mucho que prometan redistribuirla mediante la «justicia social». Además, Jinping aseguró que la senda a seguir es un nuevo gobierno mundial en el que China tendrá un lugar predominante. «En China estamos siguiendo el camino hacia un país socialista moderno. Ahora, desempeñaremos un papel más activo para fomentar una globalización económica mundial que sea más abierta, inclusiva, equilibrada y beneficiosa para todos» manifestó poco después de ordenar apalear a los manifestantes de Hong Kong, seguir encerrando en campos de concentración a los discrepantes de Xinjiang, recluir o hacer desaparecer a quienes discrepan de la versión oficial del Covid e implantar el orwelliano sistema de crédito social, un siniestro carnet por puntos que los ciudadanos ganan o pierden en función de si cumplen las rígidas normas establecidas por el Estado Leviatán chino, dirigido por la oligarquía instalada en el Partido Comunista. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la canciller alemana, Angela Merkel y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, aplaudieron con fervor a Xi.