NARCISISMO: LA PANDEMIA DE LAS SOCIEDADES OCCIDENTALES

UNA PSICOPATÍA

25/06/2022

Para la psiquiatría, el narcisismo, explicitado por primera vez por el médico británico Havelock Ellis en 1898, es un trastorno mental de la personalidad puesto que las personas que lo padecen tienen un sentido desmesurado de su propia importancia, una necesidad profunda de atención excesiva y admiración, relaciones conflictivas y una carencia de compasión por los demás. Además, detrás de una máscara de seguridad extrema, en el narcisista hay una autoestima frágil que es vulnerable a la crítica más leve. En verdad, el Trastorno de Personalidad Narcisista es una psicopatía, en la que hay una serie de factores que ponen en peligro a los individuos que socializan con las personas que padecen este trastorno.

También se ha establecido clínicamente que en el narcisismo conviven varios rasgos y polaridades. La omnipotencia, la impotencia y la prepotencia. La omnipotencia es el lado inflado, la grandiosidad que, a menudo, va acompañada de desvalorización de otros. La impotencia (si no soy magnífico, soy basura) se manifiesta con frecuencia como un niño perdido, carente, miedoso, que siente envidia, vergüenza y rabia. La grandiosidad ayuda al narcisista a evitar darse cuenta del estado de impotencia. El narcisista sale de este estado de falta de fe a través de la prepotencia. Esconde su vulnerabilidad mintiendo y falseando la realidad a través de su propia imagen, o bien mediante la rabia, o bien por medio de la agresividad inhibe la tristeza y el miedo, porque su expresión le hace sentirse vulnerable. La negación de la tristeza y el miedo le permite al narcisista proyectar una prepotente imagen de fuerza, de independencia y valor, así es como esconde su vulnerabilidad, tanto ante sí mismo, como ante los demás.

En 2010, en EEUU se produjo un revuelo notable cuando la doctora y profesora de psicología en la Universidad Estatal de San Diego, Jean Twenge, publicó “The Narcissism Epidemic: Living in the Age of Entitlement”. Se trata de un amplio estudio sicológico comparativo sobre el comportamiento de los estudiantes universitarios estadounidenses. El examen destacó que los estudiantes con claros signos de narcisismo en 2010 era el 30%, mientras que en 1982 era el 15%. Estudios posteriores realizados por Jean Twenge y W. Keith Campbell expusieron con crudeza que el narcisismo delirante se ha extendido a los adultos en proporción similar al de los jóvenes.

A las alarmas lanzadas por los psicólogos norteamericanos se sumaron varios europeos. Fue la psicóloga Agnieszka Golec de Zavala quien inició las investigaciones sobre grupos extremistas en 2005, para tratar de entender los motivos por los que algunas personas perpetran el terrorismo. Pronto relacionó este comportamiento con lo que los pensadores de la Escuela de Frankfurt Teodoro Adorno y Erich Fromm llamaron “narcisismo grupal” que Golec de Zavala lo redefinió como: «la creencia de que la grandeza exagerada del grupo de uno no es suficientemente reconocido por los demás»”. Y como todo narcisismo, esa sed de reconocimiento nunca se sacia. Entonces, la psicóloga desarrolló una escala de narcisismo grupal (colectivo) para medir la gravedad de las creencias narcisistas grupales, incluidas afirmaciones como: «Mi grupo merece un trato especial» e «Insisto en que mi grupo obtenga el respeto que se le debe«.

La persistencia de Golec de Zavala en estudiar este narcisismo grupal en las universidades SWPS polaca y en la Goldsmiths británica, le ha permitido establecer que este tipo de narcisismo no es marginal y se está desarrollando cada día con mayor intensidad en cualquier tipo de asamblea, grupos religiosos, políticos, de género, racial o étnico. Asimismo, se expande en equipos deportivos, clubes y organizaciones artísticas y culturales. Muy preocupada ante lo que descubre en sus estudios, insiste en señalar que el narcisismo colectivo no es simplemente tribalismo. De hecho, insiste en que mientras el tribalismo es inherentemente humano y que tener una identidad social saludable puede tener un impacto positivo para el bienestar, por el contrario, los narcisistas colectivos se centran más en los prejuicios del grupo externo que en la lealtad del grupo interno. De esta manera, el narcisismo grupal alimenta el radicalismo político y potencialmente incluso la violencia. Asimismo, en entornos cotidianos, puede impedir que los grupos se escuchen unos a otros y llevarlos a reducir a las personas del “otro lado” a personajes unidimensionales.

DOS TIPOS DE NARCISISMO CONVIVEN EN NUESTRA SOCIEDAD: EL COLECTIVO Y EL INDIVIDUAL

La constatación de la existencia de dos tipos de narcisismo implantados notablemente en las sociedades occidentales; el colectivo y el individual es, por las consecuencias que tienen y las que tendrán, espeluznante. Esta bipolar realidad que tanta desazón y amargura produce en demasiadas personas, es expuesta por psicólogos y sociólogos a través de los síntomas, pero apenas ahondan en las consecuencias. De hecho, escasean estudios que profundicen sobre las causas que expanden esta plaga. Esta falla seguramente se debe a que cuando se pregunta por los orígenes que han propiciado esta epidemia, invariablemente se tropieza con las iglesias ideológicas que ostentan poder.

Los predicadores de la corrección política y no pocos apesebrados y biempensantes, tratan de despistar al personal, imputando exclusivamente la plaga narcisista actual a las redes sociales. Con ello ocultan, además de confundir instrumentos con causas, que la expansión narcisista ahora convertida en pandemia, germinó antes de que los Instagram, TikTok y demás redes sociales existieran. Algo más precisos son quienes apuntan al consumo conspicuo (estatus social), a las promesas de recompensas redentoras para proteger la fragilidad individual, a la desilusión respecto a las expectativas de satisfacción con la vida y el bienestar, además de los conflictos derivados del maremágnum identitario respecto a los sexos y roles sociales. Lógicamente, este narcisismo individual y/o colectivo se agudiza con los discursos apocalípticos sobre el clima, la salud planetaria, la inmediata terminación de los recursos minerales y energéticos, los problemas económicos, demográficos y migratorios, etcétera. Así, el conflicto antes derivado de la lucha de clases entre burgueses y proletarios, desde los años 70 del siglo pasado se ha ido ampliando, año tras año, con incontables combates que ha puesto al motor de la historia marxista a punto de estallar por sobre carga, al tiempo que reprime todo intento de mejorar las relaciones humanas basadas en la fraternidad.

Uno de los conflictos sociales más enconados en este momento es el provocado por la ideología de género. Uno de los pocos que se atreven a desafiar el discurso de esta doctrina publicamente es el controvertido y brillante psicólogo clínico canadiense Jordan B Peterson quien afirma sin pestañear: «…una gran proporción de la insistencia en la distinción entre género y sexo es narcisismo no diagnosticado (y egoísta). Pero para cuando esto se revele clínicamente, muchas carreras médicas y vidas inocentes habrán sido destruidas». Ni que decir tiene que este comentario ha merecido la condena estentórea del feminismo radical identificado con el acrónimo que pronto agotará el abecedario. Naturalmente, la anterior frase de Peterson deriva de su concienzudo estudio titulado: “On the Psychological and Social Significance of Identity” donde parte del hecho histórico y factual que establece que la identidad es un rol social, lo que significa que es por necesidad socialmente negociado. Y hay una razón para esto. Una identidad, un rol, no es simplemente lo que crees que eres, momento a momento o año tras año, sino, como dice la Enciclopedia Británica (específicamente dentro de su sección de sociología), «un patrón integral de comportamiento que es socialmente reconocido» y que proporciona un medio para identificar y ubicar a un individuo en la sociedad, sirviendo también «como una estrategia para hacer frente a situaciones recurrentes y lidiar con los roles de los demás (por ejemplo, roles de padres e hijos)». Por lo tanto, tu identidad no es la ropa que usas, o la preferencia sexual de moda o el comportamiento que adoptas y haces alarde, o las causas que impulsan tu activismo, o tu indignación moral por las ideas que difieren de las tuyas, sino un conjunto de compromisos complejos entre el individuo y la sociedad en cuanto a cómo el primero y el segundo pueden apoyarse mutuamente de manera sostenible a largo plazo. «Negarse a involucrarse en el aspecto social de la negociación de la identidad, insistiendo en que lo que dices que eres es lo que todos deben aceptar, es simplemente confundirte a ti mismo y a los demás» nos dice Peterson.

Parece obvio que el motor de inducción de conflictos sociales ahora gira descontrolado esparciendo quimeras, gracias al extenso campo hipnótico conformado por miles de mesías sectarios narcisistas, cuyo primer precepto es esquivar la crítica y menos aún someter sus doctrinas al método falsacionista. Jamás de los jamases aceptarán estos predicadores que sus dogmas “progresistas” pueden ser erróneos y nocivos para la humanidad. De hecho, aunque no ha sido divulgada como debería, desde la noción freudiana del narcisismo y las hipótesis de Heinz Kohut al respecto, junto con los estudios históricos sobre la personalidad de los dictadores y líderes políticos del siglo XX, existe un consenso claro entre psicólogos y sociólogos sobre el canon narcisista del poder. Así, el narcisista poderoso configura el poder como un fin en sí mismo, en la realización de los viejos sueños infantiles de omnipotencia que desdibuja progresivamente su necesaria subordinación a una ética de la responsabilidad. Este poder egocéntrico, en tanto significa sobre todo, privilegios, prestigio, inmunidad y que pretende sistemáticamente la impunidad, elude la responsabilidad, se va cerrando sobre sí mismo alejado de quienes le otorgaron legitimidad.

Tras un siglo de experimentos quiméricos generados por el motor de la historia marxista, se evidencia que; para cada desastre sus autores siempre encuentran a un enemigo al que culpar y, si no lo encuentran, se lo inventan. El enemigo puede ser la misma naturaleza humana: rasgos como la maternidad, el dimorfismo sexual, nuestra universal preferencia por la carne, la competitividad, los afectos familiares, el deseo de propiedad, la espiritualidad y hasta la Madre Naturaleza. ¿No fue Mao Tse-Tung quien culpó a los pobres gorriones de las malas cosechas y puso a todos los chinos a exterminarlos?

Llegados aquí, parece obvio preguntarse si nos encontramos inmersos en una cultura narcisista como asegura el psicologo Melchor Alzueta Satrústegui. Todo apunta a que se trata de una nefasta distorsión del objetivo de hegemonía cultural ideado por Antonio Gramsci, al conformarse como cultura dominante (políticamente correcta) para imponer un sistema en la acción social que distorsiona o discrimina otras culturas subyacentes. Es la hegemonía de una cultura narcisista la que ha integrado la compatibilidad del narcisismo colectivo con el individual.

MENSAJES Y CONDUCTAS DE LA CULTURA NARCISISTA HEGEMÓNICA

Que los padres, guarderías, colegios y medios canten a sus hijos canciones como: «Soy especial. Mírame».

Que desde hace al menos 3 décadas (empezó en los 80 en EEUU), a los niños se les martillee con el mensaje tu eres especial y puedes ser lo que desees y hacer lo que quieras … Para luego proseguir con que la cultura del esfuerzo y la meritocracia es lo que genera fatiga estructural y una epidemia de ansiedad.

Que en la escuela y en el parlamento los jóvenes adolescentes escuchen a quienes deberían ser ejemplares en sus comportamientos y discursos, que la identidad individual es esencialmente fluida y autogeneradora, mientras que la familia, esa díada de mujer y hombre basada en el afecto y el amor junto con el propósito de criar a sus hijos, es una institución heteropatriarcal retrograda que debe aniquilarse.

Que niños y jóvenes lean y escuchen discursos en que las autoridades afirman que cualquier reproche cívico o educativo hiere los sentimientos del reprochado.

Que las leyes en muchos países occidentales permitan el cambio de identidad y sexo a menores sin el consentimiento de sus padres.

Que la cirugía plástica estética se haya multiplicado por diez en los últimos 20 años sin otra justificación que la idealización de su cuerpo.

Que jóvenes y adultos se hagan constantemente autofotos “selfies” posando cuan estrellas hollywoodenses con su celular, para inmediatamente colgarlas en las redes sociales.

Que niños de 5 o 6 años escuchen asegurar a sus profesores que los chicos y las chicas realmente no existen.

Con estos ejemplos y muchos más del mismo cariz, ¿Es sorprendente que los adolescentes escriban en las redes sociales mensajes como: «ni hetero ni homosexual: soy autoxesual y estoy enamorada de mi misma»?.

Al mismo tiempo, cuando observamos que el poder del narcisista grandioso, del petulante dominante y egoísta que considera que tiene derecho a todas las prebendas otorgadas al primer ministro y muchas más, se sustenta sobre una pléyade de organizaciones conformadas para agrupar a los narcisistas vulnerables, los introvertidos, defensivos, resentidos y angustiados, con baja autoestima pero aleccionados como merecedores de un trato especial por ser vos quien sois, todos refugiados en el victimismo y las fantasías de grandiosidad futura, cuya hambre insaciable de reconocimiento conduce inexorablemente al conflicto con los otros, relajarse y pensar que la epidemia narcisista es un fenómeno coyuntural y pasajero que se resolverá con buen talante y buena administración económica, es suicida.

ODISEA DEL VIAJERO EN CLASE TURISTA

De Londonistán a Madrid

19/06/2022

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Reseñar un viaje que debería ser casi una excursión, pues en avión desde Londres a Madrid apenas se recorren 1.200 kilómetros en dos horas, después de leer el artículo de Genoveva Enríquez sobre el viaje de la monja Jerónima Yáñez de la Fuente en 1620 quien, con 65 años, se atrevió a viajar a Filipinas atravesando el Atlántico hasta Veracruz, en mula cruzar Nueva España hasta Acapulco donde llegaba y partía el galeón de Manila a donde llegó dos años después de partir de España, parece una banalidad de turista quejica. Si lo hago es por entender que, desde mi primer viaje en octubre de 1965 desde Madrid a Montreal a bordo de un Douglas DC-8 de la Canadian Pacific Airlines, hasta el reciente viaje Londres – Madrid, viajar en avión en clase turista ha degenerado del placer a la tortura.

La experiencia no evita las peripecias derivadas de la irresponsabilidad de terceros pero, invita a la prudencia. Así, calculé que para embarcar en el IB3173 que partía de la terminal 5 de Heathrow a las 19:10 (hora de embarque 18,20) teniendo en cuenta que se tarda una hora larga desde el centro de Londres al aeropuerto de Heathrow en cualquier transporte, que soy tan ecolo como el que más y que solo llevaba equipaje de mano y había logrado imprimir la tarjeta de embarque (tras 4 intentos), usaría el transporte más barato. Bajo estas premisas, tomé el Tube en Russel Square a las 12 de la mañana, con el propósito de que me trasladara por la Piccadilly Line directamente a la Heathrow Terminal 5 en unos 70 minutos. Para los pocos duchos en estos menesteres, planificar casi 5 horas de espera teórica en la terminal parecerá exagerado, pero si tenemos en cuenta la precaución ante los imprevistos y la consideración de relajarse tomando tranquilamente un Fish & Chips con una cerveza en el Pilots de la terminal, no lo es tanto. Veamos.

El viejo tren de metro fabricado en los años 70 del siglo pasado marchaba con la pachorra habitual hasta que, desde la estación de Northfields (a 10 paradas de mi destino), el convoy empezó a pararse inopinadamente. El conductor nos tranquilaba diciendo que eran paradas por semáforo en rojo y que pronto retomaríamos la marcha. Sin embargo, las paradas se fueron repitiendo hasta el punto en que 35 minutos después de iniciarse, el tren paró en Hatton Cross (a 3 paradas de mi destino) y el maquinista nos informó que debíamos desalojar el convoy y esperar en la estación hasta la llegada de otro tren que nos conduciría a Heathrow. Unos 10 minutos después llegó el tren que me traslado a Heathrow Terminal 5 una hora y 46 minutos después de tomar el metro en Russel Square.

Todavía queda tiempo suficiente, me dije incauto, cuando inicié a las 14 horas el control de seguridad. Según la información oficial del aeropuerto londinense, los pasajeros deben pasar el control de seguridad, al menos 35 minutos antes de la hora de salida de su vuelo. Pobre de aquel que lo haga. Bien es cierto que en esto hay clases, pues existen las líneas de acceso rápido (fast-track) para tripulación, pasajeros adheridos a programas VIP, familias viajando con niños o personas discapacitadas.

Pero los siervos de la gleba tenemos que pasar por las horcas caudinas. Tras escanear el código de la tarjeta de embarque en la correspondiente barrera, uno entra en un largo salón repleto de cinchas que establecen estrechos caminos donde los pasajeros amorrados debemos transitar lentísimamente, estabulados cuan rebaño bovino en el redil antes del trasquilado. Sorprendentemente, en aquel momento de aquella malhadada tarde no estaban las señoras veladas en hijab o shayla que indican el pasillo más conveniente a los pasajeros. Por consiguiente, todos entrábamos en un único camino con varios zigzags donde se acumulaban decenas de personas esperando llegar hasta la única cinta transportadora en que depositar sus artilugios y pasar por el detector de metales. Así, nos fuimos acumulando sin apenas avanzar pues, aun estando lejos, pude distinguir que apenas pasaba el control una persona cada minuto. Ante semejante pérdida de tiempo, los pasajeros empezamos a impacientarnos mascullando una ligera protesta.

Tras más de media hora estabulados en los pasillos de cinchas, apareció una joven dama velada con hijab gritando que diéramos media vuelta y nos dirigiéramos hacia otros pasillos ahora abiertos, que conducían a las otras cintas con sus respectivos sistemas de control. Así lo hicimos apesadumbrados y esperanzados hasta que, tras varios minutos, comprendimos que éramos víctimas de una redistribución de masas, pues las máquinas de control padecían de tortuguismo total. Fue entonces cuando sufrí el ataque de Spanish dignity y me acerqué a la dama velada para preguntarle por los motivos de semejante desastre. La dama me miró con arrogante antipatía y sin responder tocó una tecla de su walkie-talkie. Inmediatamente aparecieron dos individuos tocados respectivamente con kufiyya y agal para advertirme que si no volvía al redil y me callaba inmediatamente, me detendrían ipso facto. A punto estuve de responderles quien eran ellos y sobre qué tipo de autoridad me detendrían cuando, una señora situada a mi lado me susurró que mejor haría en callarme porque podrían llamar a la policía y acusarme de terrorista. Aquello me desconcertó y apenas pude balbucear mi indignación al comprobar la mansedumbre silenciosa de los pasajeros ante el atropello que sufríamos. Por un instante, rodeado de amenazantes damas veladas con hijab y empleados tocados con kufiyya y agal creí estar en el Londoninstan de la «Eurabia» anunciada por Oriana Fallaci.

Cuando por fin pasé el penoso trámite secuela de los secuestros de aviones con pasajeros, un terrorismo iniciado el 29 de agosto de 1969, cuando la palestina Leila Khaled entró a la cabina del vuelo 870 de la TWA y tomó el mando del avión en nombre del Frente Popular para la Liberación Nacional de Palestina. A este secuestro le siguieron decenas más con los resultados luctuosos conocidos. Naturalmente, tras pasar más de una hora soportando la incuria del personal de seguridad de la Terminal 5 de Heathrow, uno se pregunta por los motivos de semejante comportamiento. Justificarlo por el bajo salario que reciben conduce al absurdísimo por cuanto sus reivindicaciones públicas proponen la incorporación de más personal, vamos poder colocar a familiares y amigos en paro o peor pagados. Y sin embargo, personal de seguridad, lo que se dice gente pululando con walkie-talkies y conduciendo a viajeros como pastores de ganado, hay por centenares por todo el aeropuerto.

En fin, entre pitos del metro y flautas de control de seguridad, me quedé sin Fish & Chips con cerveza. Con paciencia franciscana maté literalmente el hambre con un sándwich indescifrable del Pret A Manger y embarque en el avión de Iberia. Una buena costumbre recuperada por esta compañía, antaño de bandera española, es la puntualidad. Una mala costumbre justificada con la COVID-19 es no dar ni un vaso de agua gratis a los pasajeros de clase turista. Eso sí, si pagas a precio de lujo un bocadillo de mal jamón y una Coca-Cola no hay peligro de contagio.

Para finalizar la odisea viajera, tras aterrizar en Barajas y pasar el control de pasaportes y llegados a la terminal 4 mediante el trenecillo bamboleo, dos paisanas nos impiden tomar el ascensor que conduce al piso de recogida de maletas y salida, aduciendo que si lo tomábamos tendríamos que pasar por el control sanitario de entrada a España mostrando el código QR certificando la triple vacunación. Una trampa saducea por cuanto al llegar a la zona de recogida de maletas, decenas de personas ataviadas de blanco o con chalecos amarillos, exigían el certificado de marras a todo viajero que no procediera de una ciudad dentro del espacio Schengen.

Las perspectivas de posible mejora del trato a los pasajeros no VIP en los aeropuertos del mundo es bastante lúgubre. Recuerdo que el conglomerado empresarial compuesto por: Heathrow Airport Holdings Limited, Heathrow Finance plc y Heathrow (SP) Limited, en febrero de 2022 acumulaba un déficit de 2.100 millones de euros, una deuda de 52.265 millones de libras y necesitaba contratar a 12.000 personas, a pesar de que el número de pasajeros apenas era del 50% del de 2019. Por su parte AENA se encuentra litigando en el Tribunal Supremo la compensación del déficit de tarifa de 1.365 millones de euros. Solo en 2020 entre los costes de prestación de los servicios aeroportuarios básicos (2.275 millones) e ingresos (910 millones) Aena acumuló un déficit de 1.360 millones de euros. Por supuesto, estas deudas de AENA las tendremos que pagar los contribuyentes españoles sin rechistar.

Alquimia Social

De las ideologías totalizantes y totalitarias disfrazadas de ciencia

30/05/2022.

Como Churchill, Benjamin Franklin parece ser una fuente inagotable de frases sentenciosas sobre la libertad. En cualquier caso, la advertencia: “quien sacrifica la libertad para alcanzar la seguridad, acaba por no tener ni una ni otra” ha sido confirmada por la historia. Ocurre que las vicisitudes que atraviesan hoy las sociedades occidentales democráticas, en buena medida consecuencia de graves errores cometidos por sus dirigentes, están reproduciendo reacciones similares a las acaecidas en Europa al final de la I Guerra mundial. A la sazón, el sacrificio de la libertad fue justificada entonces con el objetivo de lograr el igualitarismo social y la prosperidad para la clase oprimida y/o alcanzar la dignidad de la nación aplicando el darwinismo social-racial. A pesar de que el resultado de aquella abdicación de la libertad es bien conocido, parece que Europa ha olvidado la esencia del monstruo tiránico de tres cabezas; comunismo, fascismo y nacionalsocialismo, que produjo la mayor carnicería humana de la historia. Así, hoy en occidente existe una tenaz resistencia por parte de la intelligentsia exquisita, para reconocer al monstruo resultante de la aniquilación de la libertad en la alianza (por el momento tácita) de dos regímenes brutales y oligárquicos como China y Rusia, junto con sus potenciales satélites en Iberoamérica y Asia.

En este contexto, por su posición geográfica como puente entre Europa y el norte de África, puerta hacia el Atlántico por su proyección hacia Iberoamérica y Finisterre de Europa, su entorno geopolítico y membresía en la UE y en la OTAN, ser el puntal occidental del Mediterráneo, atesorar un patrimonio cultural extraordinario y contar con el segundo idioma internacional, España debería tener un peso fundamental en la contribución a la paz y seguridad internacional, dentro del bloque de países democráticos occidentales. Sin embargo, desde hace al menos tres décadas, sufre una constante deconstrucción como nación que reduce ostensiblemente su influencia internacional y el sosiego de sus ciudadanos sobre el presente e inmediato futuro.

Una deconstrucción que desde 2018 en que el Sanchismo tomó el poder del Estado aliado con comunistas de etiquetas diversas y nacionalistas supremacistas vascos y catalanes, se ha disparado con la ocupación irregular de las instituciones y su consiguiente manipulación sectaria. Así, el gobierno de coalición liderado por el PSOE de Sánchez Castejón, prosigue en el empeño letal aprobando leyes ideológicas inconstitucionales que aniquilan la igualdad de los ciudadanos ante la ley e impone desigualdades en función del sexo, además de erradicar el mérito y la ética deontológica en la educación y el trabajo. Asimismo impone por ley un modelo energético costosísimo basado en el climatismo vulgar, practica el privilegio medieval del indulto gubernativo para, contra la opinión de jueces y fiscales, agraciar a golpistas supremacistas y a otros delincuentes condenados por su condición de camaradas de las sectas que proclaman aniquilar el dar vida como proyecto existencial. Además, instaura como derecho el aborto sin permiso parental para menores de 16 años, implanta la inseguridad jurídica dominando la fiscalía, promueve el retorno de aquel proletario de los años 30 republicanos que solo tenía que perder sus cadenas, frente a los trabajadores propietarios de su vivienda propiciado por el franquismo, en fin, posterga a la familia y acelera con ello el hundimiento demográfico, mientras impulsa el animalismo que equipara en derechos a humanos y animales hasta el punto en que; en el momento que escribo estas líneas, en España hay más de siete millones de perros y gatos (perrhijos) y apenas seis millones de niños menores de 14 años.

Todas estas decisiones son aderezadas por un despilfarro del erario inédito en nuestra historia, incluyendo épocas de guerra como la Guerra hispano-estadounidense de 1898. Estos y otros desafueros que no detallo por no alargarme, son perpetrados siguiendo al pie de la letra la estrategia gramsciana de la toma total del poder del Estado donde, el nuevo príncipe: “el partido”, junto con sus aliados los intelectuales orgánicos, imponen la hegemonía cultural, en cualquiera de sus formas y sobre la vida cotidiana de los sujetos, para lograr la conquista del poder político y la construcción de un nuevo Estado. La tarea de materializar la mesiánica y ansiada hegemonía, desde hace unas décadas se la denomina ingeniería social.

La locución ingeniería social fue acuñada por el filósofo de la ciencia Karl Popper para denunciar la “ingeniería” utópica u holística que pretende arreglar «de una vez por todas» el todo social. El propósito es modificar la conducta humana para que se adapte a la ideología del “ingeniero social” que, de hecho, no es más que un chamán. Con ello Popper denuncia el cientificismo de las ideologías políticas basadas en la creencia, al estilo platónico, de un ideal absoluto e inmutable convencido de que existen métodos racionales para determinar, de una vez y para siempre, cuál es ese ideal y cuáles son los mejores medios para la realización del Estado perfecto.

Que Popper utilizará la locución que establece el uso de principios científicos para diseñar y construir máquinas, estructuras, puentes, túneles, caminos, vehículos, edificios, sistemas, procesos, etcétera, para denunciar en “La miseria del historicismo” (1945) «En memoria de los incontables hombres y mujeres de todos los credos, naciones o razas que cayeron víctimas de la creencia fascista y comunista en las Leyes Inexorables del Destino Histórico» la superchería de la pretensión científica del materialismo histórico marxista, es una excelente alegoría que, sin embargo, ha sido banalizada y retorcida hasta la náusea. Porque la contrastación empírica de las hipótesis marxista en todos y cada uno de sus experimentos ha sido falsada claramente.

Si bien el marxismo, en sus diversas ramificaciones, es la ideología que encabeza cronológicamente el cientificismo desde el siglo XIX, otras muchas le siguieron con las mismas pretensiones de ser ciencia. Positivismo, fisicalismo, biologismo evolucionista y antropológico con su derivadas animalistas, el psicologismo conductista, el psicoanálisis, etc. son ideologías cientificistas, meras convicciones fundamentales acerca de la estructura de la realidad y del significado y fines de la acción humana, que proporcionan una visión especifica de la realidad que otorga al creyente una visión del mundo cerrada y excluyente. Todas reclaman estatus de certeza científica y se proclaman como fuente única de la verdad. Todas conforman sistemas cerrados de ideas que se convierten en fuente de toda verdad y de toda rectitud práctica y moral. Todas pretenden transformar la realidad, sobre todo social, prometiendo a sus creyentes una emancipación idealizada. En realidad, todas estas ideologías son sistemas de creencias para legitimar intereses particulares.

Ciertamente, el que individuos que no han cotizado a la SS un sólo día de su vida, pagado un solo sueldo, creado una sola empresa o abonado una sola cuota de autónomos sean Ministros del gobierno de España, incluso ministras de trabajo, es inaudito. Quizá la única explicación a esta anormalidad se obtenga constatando que, trascurridas tres décadas largas desde la implosión de la URSS pervivan y se reinscriban ideas que legitiman la dominación de una parte de la sociedad sobre otra. Que, entretanto, hayan caído en saco roto las sucesivas denuncias contra las imposturas intelectuales de los predicadores posmodernos con ínfulas científicas. Que a pesar de los desastres causados a la humanidad, las ideologías cientificistas redentoristas mantengan prestigio a costa de ocultar y manipular los resultados de su práctica, manipulación ahora vehiculada a través del caos lingüístico y la confusión babélica repleta de armas arrojadizas contra el librepensador. Que, en esencia, sigan siendo totalizantes y totalitarias, fundamentadas en convicciones cerradas sobre la realidad, el significado y los fines de la acción humana. Que persistan en proporcionar una visión del mundo cerrada y excluyente. Que sus estrategias se fundamenten en la defensa de intereses tribales inductores de derivas esquizofrénicas.

Hablo de doctrinas concebidas para legitimar la dominación y el poder, de un cáncer metastásico que están sufriendo las sociedades occidentales aún democráticas que puede aniquilarlas. España está muy enferma.

NACIONAL PUTINISMO

EL MEOLLO IDEOLÓGICO DE LA INVASIÓN RUSA A UCRANIA

30/04/2022

En la tercera de ABC de hoy, Carlos Granés indica que el régimen ruso es una versión del peronismo, resultante de la influencia del principal impulsor del movimiento neo-eurasianista y para-fascista Aleksandr Duguin sobre Putin, definido en “La Cuarta Teoría Política”. Asimismo, Granés describe anonadado la persistencia en Iberoamérica de los populismos surgidos durante el siglo XX; peronismo, priismo, castrismo, etcétera. No obstante, no termina de vincularlos como lo que son; hijos naturales del marxismo-leninismo, fascismo y nacionalsocialismo. Entiendo que obviar el engarce de estas ideologías y su contextualización histórica y geográfica, dificulta la comprensión del trasfondo ideológico del régimen encabezado por Putin, así como las consecuencias que de ello se derivan.

En primer lugar, es preciso subrayar que el neo-eurosianismo es antieuropeo y paneslavista. Exacerbadamente crítico con la cultura romano-germana y el “euro-centrismo”. Por supuesto, es partidario de un Estado fuerte, de la moral impartida por la Iglesia Ortodoxa, de la alianza turco-eslava y de forjar fuertes alianzas en Oriente Medio. Su crítica a la cultura posmoderna occidental y al wokismo y sus derivas sexistas e identitarias es radical. Por lo tanto, en la cuestión moral y solo en la cuestión moral, el neo-eurosianismo paneslavista coincide con los llamados populismos de extrema derecha europeos, en concreto con el polaco Ley y Justicia, el húngaro Fidesz-Unión Cívica Húngara, algo menos con el Rassemblement national de Marine Le Pen y solo de refilón con VOX.

Si repasamos sucintamente la reciente historia de Rusia, no podemos desdeñar las consecuencias sociológicas del traumático colapso de la Unión Soviética en diciembre de 1991. Tampoco es baladí la rapacería perpetrada por las élites del antiguo régimen soviético, al enriquecerse obscenamente con la adquisición a precio de saldo de los monopolios del “socialismo real” durante los nueve años de la era Yeltsin. Estos hechos, más el aumento de la corrupción mafiosa y la persistencia de la pobreza de la mayoría de la población rusa, supuso la puesta en cuestión de la legitimidad del nuevo régimen a finales de los noventa.

El dedazo de Borís Yeltsin en diciembre de 1999, instalando en la presidencia de Rusia al entonces primer ministro, Vladímir Putin, un apparatchik del PCUS y coronel del KGB, nombrado jefe de la FSB (la KGB reconstituida) en 1998 y que apenas llevaba en el cargo 4 meses, se explica como un exasperado intento de salvar a un régimen que carecía de genuinos fundamentos ideológicos que lo legitimaran.

A estas alturas, parece claro que el fracaso de Yeltsin en dirigir a Rusia hacia un modelo democrático de corte occidental capitalista de libre mercado, no solo se explica por su incapacidad dirigente y la vorágine de corrupción asociada, también influyó una abrumada y nostálgica carga sentimental de la mayoría de los rusos ante el fracaso de la URSS. Por los contactos mantenidos con unos cuantos ciudadanos rusos, comparo sus aflicciones con la desolación y el pesimismo con el que nuestros abuelos sintieron con el desastre de 1898. Así, los primeros intentos de Putin de proseguir por la senda occidentalita de Yeltsin, toparon con obstáculos internos considerables.

La crítica situación de Rusia y un carácter forjado por las vicisitudes de una infancia miserable y una formidable adaptación a un medio plagado de intrigas y purgas desde la juventud, condujo a Putin a priorizar su consolidación en el poder. En primer lugar se deshizo de aquellos oligarcas que pudieran poner en peligro su mando. Fue una victoria sin prisioneros, quien se movía no salía en la foto y, además, iba a la cárcel o al cementerio. Así, consolidó pronto un régimen oligárquico, compuesto por una “nueva nobleza” tutelada por un poder caudillista. Sin embargo, los lastres de la URSS continuaron inexorablemente. La segunda guerra de Chechenia fue terriblemente sangrienta. El hundimiento del submarino nuclear Kursk en agosto de 2000 una vergüenza nacional que mostraba descarnadas chapuzas y corrupciones. La matanza en Beslán (Osetia del Norte) una cruel afrenta. El negro panorama se oscurecía aún más por la persistencia de los problemas “transfronterizos” de una Rusia insegura de sí misma. Entonces, Putin asumió la necesidad de implantar una ideología de Estado acorde con la situación y la historia de Rusia y, sobre todo, capaz de elevar la autoestima del pueblo ruso.

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El neo-eurosianismo paneslavista le vino como anillo al dedo, pero la asunción de esta ideología implicaba la expansión que solo las guerras victoriosas entregaban. Tras Chechenia, Rusia invadió Georgia en 2008, con la aquiescencia, por parálisis, de George Bush y la OTAN. La Rusia victoriosa contra Napoleón y Hitler volvía por sus fueros.

Fue el discurso de Vladímir Putin durante la Conferencia de Seguridad de Múnich el 10 de febrero de 2007, donde públicamente establece el rumbo de Rusia bajo su mandato. En primer lugar acusando a Estados Unidos de tratar de imponer sus reglas y su voluntad a otros países, «pero el modelo unipolar es imposible y totalmente inaceptable en el mundo moderno». Asimismo acusó a la OTAN de expansionista y provocativa. Añadió que Rusia respetaba los acuerdos sobre la reducción de los arsenales nucleares estratégicos pero insinuó que EEUU no. Tuvo el cuajo de afirmar que solo la ONU puede autorizar el uso de la fuerza para resolver los conflictos. Pero inmediatamente dejó claro que «Rusia siempre ha desarrollado una política exterior independiente y tiene la intención de continuarla; o hacemos lo mismo que vosotros o, a la vista de nuestras actuales posibilidades financieras, desarrollamos una respuesta asimétrica».

Rusia entonces volvió do solía. Centralización, autoritarismo y capitalismo de Estado, esta vez imitando el modelo de la República Popular China, si bien ajustado al “alma rusa” de un nacionalismo expansionista antioccidental. Naturalmente, el discurso del régimen asentado sobre una oligarquía parasitaria del Estado y las riquezas naturales, esos “silovikí” acaparadores de las 22 agencias gubernamentales que, con su despotismo burocrático lastran la productividad de una economía quince veces menor que la de EEUU, solo puede ser populista.

¿Es el nacional-putinismo una versión rusa del peronismo? Mi respuesta es no. Por el contrario, constituye una versión paneslava del nacionalsocialismo con aderezos de marxismo-leninismo estalinista.

Quienes desde un peculiar neutralismo sugieren motivos históricos para justificar la invasión a sangre y fuego de Ucrania, asumiendo las acusaciones putinescas contra los “nazis” ucranianos y el expansionismo yanqui, olvidan el meollo del régimen someramente descrito aquí. Quienes desde un peculiar pacifismo izquierdista claman por la paz desde la falsa equidistancia, ocultan con premeditación y alevosía que; los países que apoyan y son aliados de Putin son sus admirados Cuba, Venezuela, Corea del norte, Bielorrusia, Siria, Eritrea e Irán.

EL ESTADO Y LA PRODUCTIVIDAD

De cómo la adiposis del Estado intervencionista, frena el incremento de la productividad generadora de empleo y riqueza.

14/04/2022.

Cuando España empieza a hundirse en la estanflación (estancamiento económico y elevada inflación), la inapelable subida de los tipos de interés aumenta el coste financiero del Estado empresas y familias, al progresista sistémico le pereceara insolente e inoportuno aludir a la productividad del trabajo, en vez de culpar de los estragos que sufrimos a la guerra de Ucrania o a la pertinaz sequía.

En verdad, para los sindicatos clasistas y la izquierda en general, mentar la productividad del trabajo equivale a la bicha, pues supone la constatación del error de Marx respecto a sus cálculos sobre “la fuerza productiva del trabajo” y sus “leyes”; derivadas de la crítica a la tasa del plusvalor y la tasa de la ganancia de David Ricardo. Así, Marx dedujo una «Ley de la Pobreza Creciente» que establece que en el sistema capitalista, los asalariados por cuenta ajena sólo reciben el salario suficiente para cubrir las más básicas necesidades de supervivencia. De este corolario cientificista, Marx conjeturó la Ley de la Tendencia Decreciente de la Tasa de Ganancia que descubría el virus intrínseco que aniquilaría el sistema capitalista.

Teniendo en cuenta que Marx no pisó una fábrica en su vida y que su correligionario Engels, solo visitaba la de su padre en Manchester para recoger un notable peculio, aunque desde 1850 no tuvo más remedio que ejercer de comerciante de la bolsa londinense, si bien tuvo el tiempo libre suficiente para cazar zorros, hacer crítica literaria y, sobre todo, teorizar con su amigo Marx la revolución proletaria, sin impedirle ejercer de distinguido caballero victoriano que practicaba esgrima y equitación, resulta lógica la ignorancia de los padres del socialismo-comunismo sobre el progreso de la productividad como núcleo del sistema productivo, en las sociedades donde los medios de producción son de propiedad privada y existe libertad comercial. Así, en vez de confirmarse el augurio marxista descrito en la mencionada Ley de la Tendencia Decreciente de la Tasa de Ganancia, las sociedades sustentadas en la propiedad privada y el comercio libre fueron incrementando la productividad desde finales del siglo XIX y, con ello, la riqueza que condujo a su reparto a través de los salarios. Donde sí se cumplió con creces la Ley de la Pobreza Creciente fue en la URSS, y se sigue cumpliendo en Cuba, Venezuela y Corea del Norte.

Pero ¿a santo de qué evoco en este momento la productividad del trabajo y la relaciono con el Estado? Quienes hemos tenido que dirigir una industria fabricante de equipos, sabemos que la productividad del trabajo es, junto con la innovación y la optimización de recursos, los ejes fundamentales para la sostenibilidad y el progreso de la empresa y sus trabajadores. Así, la productividad laboral es la relación entre el trabajo desempeñado o los bienes producidos por una persona en su trabajo, así como los recursos que este ha utilizado para obtener dicha producción.

Entre los factores que determinan la productividad laboral destacan los siguientes:

A. Salario (ver salario mínimo y otras intervenciones estatales) ¤¤.

B. Capacidad del trabajador (derivada de la formación) ¤¤.

C. Legislación laboral ¤¤¤.

D. Impuestos al trabajo ¤¤¤.

E. Impuestos de Sociedades (IS) y Actividades Económicas (IAE) ¤¤¤.

F. Seguridad jurídica ¤¤¤.

G. Precio de la energía ¤¤.

H. Precio de las materias primas ¤¤.

I. Bajas laborales por enfermedad o accidentes ¤¤.

J. Organización de métodos productivos.

K. Maquinaria y métodos de producción eficientes.

L. Motivación laboral.

M. Equipamiento y recursos.

N. Entorno.

O. Liderazgo.

P. Diseño de los productos o servicios.

Q. Calidad y estado de la maquinaria.

De estos factores se evidencia que C, D, E y F dependen directamente del Estado, mientras que A, B, G, H e I lo son parcialmente. Por lo tanto, la productividad del trabajo en España está condicionada por legislaciones muy variables e impredecibles en el tiempo y unos impuestos que rozan lo confiscatorio.

Por otro lado, las estadísticas oficiales apenas distinguen la productividad aparente del factor trabajo (PAT) del sector público y el privado. Un indicador fehaciente luce cuando se comprueba que en España, durante los últimos 35 años, el sector público ha mantenido un gasto promedio entre el 42% del PIB de la época de Felipe González y un 50% del PIB actual con ligeras vaguadas del 38,2% con Aznar y el 41% con Rajoy. Actualmente, sobrepasando el 50% del PIB de gasto, el Estado español aporta el 16% del PIB, mientras emplea a más de tres millones de asalariados (en torno al 20% del total según la Encuesta de Población Activa, EPA). Es decir, el Estado español maneja la mitad de la riqueza nacional pero apenas aporta el 16% a dicha riqueza con los servicios que presta: administración pública, justicia, defensa, seguridad social obligatoria, educación, sanidad y servicios sociales. Y, sin embargo, las estadísticas oficiales estiman que el incremento de la productividad del sector público español es superior al privado, a pesar de que, según el INE, en 2018 el sector privado aportó el 84.2% por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) con 16,7 millones de empleados, en tanto que el sector público el 15.8% con 3,4 millones de empleados.

Entonces ¿Por qué la productividad del trabajo en España (PTF) lleva empantanada desde 1985?. ¿Acaso este hecho tiene una relación directa con ser el país que, junto con Grecia, que desde entonces encabeza el ranking mundial de paro de los países desarrollados, con una tasa media del 12,6%, más del doble que la media de los países de la OCDE y el triple del G7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido), donde la media es del 4,2%? ¿Por desventura existe una relación directa entre el aumento del gasto del Estado, la baja productividad, el delirante sistema educativo y el enorme desempleo sistémico?

Del gráfico siguiente se pueden deducir algunas conclusiones importantes.

Por ejemplo, que ni el alto desempleo ni la baja productividad en España, son una maldición de los dioses ni una predestinación por tara racial, puesto que entre 1954 y 1975 se produjo una impresionante aceleración del crecimiento del PIB, atribuible casi exclusivamente a la productividad laboral (5,8% de crecimiento del PIB del 6,2%).

Entre los innumerables estudios sobre el estancamiento de la productividad en España durante los últimos 37 años, se puede distinguir algunas explicaciones parciales, entre otras destacan la reducción de la industria con la entrada a la Comunidad Económica Europea, el bajo gasto de las empresas en investigación y desarrollo, la escasa inversión en capital intangible debido a, entre otros, a la regulación del comercio minorista, los costos de creación de empresas, la falta de flexibilidad del mercado laboral, los altos impuestos al trabajo, la ineficaz legislación sobre quiebras, los lentos procedimientos judiciales, los subsidios y el “amiguismo” que han conducido a extravagantes asignaciones de capital, bajas inversiones en intangibles, mientras que los sectores que crearon más empleos (construcción y servicios), tuvieron una menor productividad laboral que la industria con un crecimiento mucho más lento del producto por hora trabajada, lo que explica inversiones especulativas puntuales y escasa innovación tecnológica. Sin duda, estas explicaciones responden a la realidad aunque apenas sugieren el dato fundamental; la relación entre el estancamiento de la productividad y el aumento del tamaño del Estado español, incluida la enorme deuda contraída.

Mucho antes que la pandemia vírica y la guerra de Ucrania, en 2019, la productividad de España cayó un 10,45% frente a un crecimiento del 4,5% en el resto de la UE. Pero el gasto del Estado siguió incrementándose como si la competitividad de la economía fuera viento en popa a toda vela.

Pues resulta que el año pasado, la masa salarial de las administraciones públicas españolas superó todas las marcas de la serie histórica. De acuerdo con las cifras oficiales de Contabilidad Nacional del INE, en 2021 la suma de los sueldos de los asalariados del sector público (funcionarios junto al personal de otras categorías que integran la plantilla del sector público) más sus pagos por cotizaciones sociales ascendió a 147.363 millones anuales, es decir, el 27% del total del presupuesto de 550.484 millones de euros (un incremento del 19,4% respecto a las cuentas de 2020) que se comió la mitad de la riqueza producida. No piensen mal de la coalición Frankenstein que aprobó semejante cifra, ni apelen al clientelismo al constatar que los empleados públicos ganan un 50% más de media que los trabajadores del sector privado. Trabajar en el sector público supone ganar 10.500 euros más al año de media.

Mientras tanto, se incrementa la morosidad las pequeñas y medianas compañías, hasta un nivel de deudas comerciales de 279.808 millones de euros sin cobrar a cierre de 2021, un 17,3% más en términos interanuales.

Si la adiposis y el intervencionismo del Estado frena el incremento de la productividad y, si el aumento de la capacidad adquisitiva de los ciudadanos de un país solo se logra con el crecimiento sostenido de la competitividad, es decir, cuando la mejora de la productividad del trabajo permite a las empresas generar valor añadido y con ello empleo bien remunerado, el diagnóstico de la situación actual de España parece obvio.

El GATILLAZO ESTRATÉGICO DEL PP

21/02/2022

El descalabro causado por el Comité Ejecutivo del Partido Popular liderado por Pablo Casado y su General Secretario Teodoro García Egea, con el fin de liquidar políticamente a Isabel Díaz Ayuso, es generalmente presentado por los medios como una lucha de poder entre dos liderazgos, más que por un enfrentamiento entre dos tendencias políticas. Sin negar que este conflicto contenga algo de lucha típica entre facciones de los partidos políticos, constituidas por camarillas con intereses diversos y hasta antagónicos que pretenden acaparar el poder, y cuyos desmanes suelen ser amortiguados por la imprescindible alianza para alcanzar el poder superior del Estado, considero que lo mollar de este episodio es el gatillazo estratégico de la cúpula dirigente del PP.

Recapitulemos y, sobre todo, no nos dejemos obnubilar por el atrezo. Los Montescos y Capuletos, los Rasputines y Maquiavelos, los Duncanes y ladies Macbeth, son los personajes forzosos para cualquier representación dramática de una gran mudanza de fortuna. Y en el PP, en estas horas, la fortuna está fané y descangayada. Pero el prólogo del drama se inició con el «Hasta aquí hemos llegado« lanzado contra Santiago Abascal por un encendido Pablo Casado, en el pleno del Congreso que debatía la moción de Censura presentada por VOX el 21 de octubre de 2020. Una declaración de guerra que, por la contundencia de la ofensa, dejó boquiabiertos a diputados y periodistas de todas las tendencias. Recordemos algunas frases pronunciadas por Casado: «Usted es el seguro de vida política de Sánchez… Ha llegado en auxilio de la criatura en su peor momento para revivirla una temporada más»…Solo ofrece a España fracturas, derrotas y enfados» …Esto es una mentira más de Vox para que Sánchez siga en Moncloa»…Cuanto peor para España, mejor para usted. Es decir, prefiere sepultar el interés nacional bajo su propio interés». Solo le faltó mentar a la madre de Abascal y llamar fachas a los de VOX. El motivo de semejantes invectivas, fue desmarcarse con contundencia de la extrema derecha con que la izquierda y los separatistas califican a VOX.

Caer en la trampa tendida por el Sanchismo y sus socios izquierdistas y separatistas, presentando a VOX como extrema derecha heredera del franquismo, solo es comprensible desde una miope visión producida por el mito convertido en tópico; La victoria por mayoría absoluta la consigue quien atraiga el voto del centro. Esta simple fórmula es justificada por la teoría espacial del voto, aunque es evidente que, desde años ha, muchos la creyeron y se equivocaron.

Uno de los primeros que pagó caro la adopción del mito centrista fue el Partido Reformista fundado en 1912 por Melquíades Álvarez, quien fue asesinado por las turbas milicianas en el sótano de la cárcel Modelo de Madrid, la noche del 22 al 23 de agosto, tras ser arbitrariamente aprisionado. El último, por el momento, arrasado por el mito es Ciudadanos. Entre ellos, todos, repito, todos los intentos por consolidar partidos centristas en España durante los últimos 110 años han fracasado. Uno tras otro. Al poco de proclamarse la II República, una de las organizaciones que con más ahínco la promovió; la Agrupación al Servicio de la República (ASR) de Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y López de Ayala, se vio desbordada por la radicalización del gobierno provisional republicano. Otro fracaso trascendental para comprender la deriva de la II República fue el de la Derecha Liberal Republicana (DLR) liderada por Niceto Alcalá Zamora. La organización “trasversal” que impulsó la Transición democrática: Unión de Centro Democrático (UCD) se autodestruyó. También fracasaron estrepitosamente el Centro Democrático y Social (CDS) liderado por Adolfo Suárez González, quien volvió a caer en la misma piedra de UCD, mientras que el Partido Reformista Democrático (PRD conocido como la Operación Roca, del político catalán Miquel Roca) duró un suspiro. A Unión Progreso y Democracia (UPyD) liderado por Rosa Diez lo fagocitó Ciudadanos de Albert Rivera que, a su vez, fue fagocitado por las urnas.

¿Están malditos los partidos de centro? Preguntaba con la retranca que le caracteriza Anabel Díaz el 11 de noviembre de 2019 en El País, con motivo de la dimisión de Rivera tras la debacle electoral de Ciudadanos. Quizá la respuesta más obvia no sea muy sesuda, pero el repaso histórico demuestra que; Si a la despiadada guerra ideológica declarada por las izquierdas con el fin de lograr la hegemonía cultural y política, se le opone un centrismo ligero de equipaje moral, economicista y maleado en el tactismo oportunista y en el escaqueo patriótico, su muralla resulta tan liviana como la casita de paja del pequeño cerdito.

A pesar de que el tópico del voto del centro como determinante de las victorias electorales es fomentado por medios de tirios y troyanos, ni el PSOE de Zapatero ni mucho menos el de Sánchez, han abrazado este postulado. Todo lo contrario, desde 2004 el PSOE reanudó su antañona radicalización, reavivando la confrontación política y social mediante legislaciones ideológicamente sesgadas, rematadas por la ley de memoria histórica como máquina de lavar su espeluznante pasado y expendedora de escarnio para todo aquel que osara criticar el relato histórico oficial, colocándole el sambenito de pecado original franquista. Tan contundente fue la radicalización Zapateril que, durante el Congreso del POSE celebrado en julio del 2008, tres docenas de antiguos dirigentes expulsados en 1946, al ser entonces tildados de traidores por su colaboración con los comunistas estalinistas durante la guerra civil, empezando por Juan Negrín y terminando por el presidente del FRAP Julio Álvarez del Vayo, a título póstumo fueron reintegrados con todos los honores al PSOE. ¿Acaso Sánchez abraza la estrategia centrista cuando consuma el brazo del oso a Podemos y sus derivadas y contubernia con los separatistas golpistas y los decanos dirigentes de ETA? Sin duda, es duro admitir que el Sanchismo gobierna asentado en un Frente Populista.

Si a la omisión histórica y al menoscabo de un análisis cabal de la realidad, se añade el empaque resultante de controlar una superestructura partidaria considerable, sin méritos ni capacidades que lo abalen, va de suyo que la inhábil cúpula dirigente del PP torne a la estrategia marianista del Don Tancredo ideológico, desdeñosa y cobarde ante la hegemonía del relato izquierdista. Por consiguiente, cualquiera que dentro del partido perturbe la estrategia Tancredo-Centrista, de palabra u obra, es un saboteador, aunque su discurso se base en el liberalismo moral de la Escuela de Salamanca y algunas gotas destiladas del pensamiento de Juan Donoso Cortés, gane elecciones y sea popular. Sobran pues las enardecidas Cayetanas e Isabeles que desafían el relato woke y al Frente Populista Sanchista.

Es indudable que, a pesar de abrazar la mencionada estrategia centrista, la guerra interna en el PP no se hubiera producido o hubiera sido una escaramuza más, si la ejecutiva nacional hubiera actuado con mesura y no obnubilada por la prepotencia y la envidia. Incluso es probable que un PP dirigido por Alberto Núñez Feijóo hubiera actuado con más cautela y paternalismo, aunque, no lo podemos olvidar, también estaría amarrado a la estrategia centrista abrazada por estos inhábiles muchachos.

Ahora, para el bien de la mayoría de los españoles, queda la esperanza de que el viento perenne de destrucción creadora genere una estrategia capaz de desarbolar el Frente Populista Sanchista y emprender la regeneración de España, sobre la base del liberalismo moral y patriota.

UNA LEY POPULISTA DE LA VIVIENDA

Evocación al memorable artículo de Mariano José de Larra “Lo que no se puede decir, no se debe decir” publicado en 1834.

03/02/2022.

Aunque dentro de 12 años se cumplirán dos siglos de la publicación del memorable artículo: “Lo que no se puede decir, no se debe decir” escrito por Mariano José de Larra, su lectura nos indica que el constructivismo posmodernista que niega la posibilidad de alcanzar una verdad objetiva, no es tan novedoso como nos lo vendieron sus profetas. Al fin y al cabo, el romanticismo no fue otra cosa que el culto a la subjetividad, a la irracionalidad y al sentimiento, aunque tantas veces Larra renegara de ese encuadre buscando la verdad, con una envidiable y elegante prosa. Ejemplo de su rebeldía ante la censura y la descarada manipulación de la verdad, es la irónica fórmula con la que concluye el mencionado artículo: «Examino mi papel; no he escrito nada, no he hecho artículo, es verdad. Pero en cambio he cumplido con la ley. Este será eternamente mi sistema; buen ciudadano, respetaré el látigo que me gobierna, y concluiré siempre diciendo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir». Y en esas estamos, tratando de sortear, cualquiera escribe torear, a la censura de los moralistas que nos gobiernan y procurando no incurrir en la palabra maldita o en la frase que puedan considerar heteropatriarcal, no sea que nos excomulguen y nos cancelen en vida. Ni Dios está a salvo, por lo tanto, debo escribir y escribo que este artículo, aunque no lo parezca, no pretende criticar a la que será la ley estrella de la incalificable legislatura que padecemos.

No sé si debo decir que desde el título; Ley por el Derecho a la Vivienda, hasta las antefirmas de nombres orwellianos de los ministerios de las titulares de las ministras que firman este proyecto de ley, pasando por una exposición de motivos donde los sintagmas demagógicos como «vivienda digna», conforman un extenso brindis al sol pleno de desvergonzado autobombo incluida la desfachatez de anunciarlo como norma pionera en la actual etapa democrática.

No sé si debo decir que es probable que ni las ministras abajo firmantes lean todo el texto de la ley, debido al cansancio que significa soportar tanta jerga políticamente correcta, plena de desquiciados sintagmas del tipo «soluciones habitacionales». También fatiga mucho soportar el palabreo que trata de camuflar la patológica obsesión ideológica de PSOE y UP de aniquilar el anhelo de comprar una vivienda a las nuevas generaciones, mientras ellos se afanan en acumularlas en su patrimonio particular.

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No sé si debo decir que fue el inefable Rodríguez Zapatero quien inició el intento de guetarizar a grandes sectores de la población con el Plan Estatal de Vivienda y Rehabilitación 2009-2012 y el Real Decreto 2066/2008. Fracasado el intento, sus sucesores continúan con el propósito de intervenir el mercado de la vivienda, estableciendo mecanismos despóticos sobre los precios de los alquileres, recargos abusivos del Impuesto sobre Bienes Inmuebles a quienes se atrevan a hacer con su propiedad lo que consideren oportuno (“esos diabólicos grandes tenedores”), implantar al menos un 50% de viviendas protegidas en alquiler (mejor excluir la propiedad no sea que los trabajadores tengan algo más que perder que sus cadenas). A simple vista, solo la necedad ideológica justifica repetir el fracasado intento de Zapatero, cuando se comprueba que, tras 12 años de vigencia, en 2021 España contaba con 290.000 viviendas públicas destinadas al alquiler, es decir, el 1,6% del total. Pero me parece que achacar la persistencia en imitar el nefasto sistema francés llamado HLM (habitación a alquilar) que ha terminado en guetos invivibles, debe tener un objetivo que supera el sostenella y no enmendalla ideológico.

Veamos. Desde la larga exposición de motivos se palpa el intervencionismo justificado con el sinhogarismo, aunque es en el Capítulo II. Régimen Jurídico Básico del Derecho de Propiedad de Vivienda, donde al hacer más hincapié en los deberes y cargas del propietario de una vivienda que en sus derechos, se detecta claramente que nos encontramos con un relato propagandístico muy ideologizado.

No sé si debo decir que es a través de la disposición final quinta, cuando esta ley pone en solfa el derecho de propiedad de la vivienda, modificando la ya ineficaz Ley 1/2000, de enjuiciamiento civil para, con enredos leguleyos, retrasar y complicar las reclamaciones del propietario ante la justicia para recuperar su vivienda “okupada” ilegalmente. Conocido y sufrido el tortuguismo con que opera la justicia del Estado español, se puede deducir que las condiciones burocráticas impuestas al atracado, pueden postergar el desalojo de los ocupantes ilegales as calendas griegas, si dichos ocupantes alegan vulnerabilidad económica o social.

No sé si debo decir que una ley que se denomina por el derecho a la vivienda y establece «Facilitar el acceso a una vivienda digna y adecuada a las personas que tienen dificultades para acceder a una vivienda en condiciones de mercado, favoreciendo la existencia de una oferta a precios asequibles» incluya el derecho de ocupación de la vivienda del prójimo, por quienes aleguen vulnerabilidad económica o social, es un monumento al cinismo y un vituperio a la inteligencia.

No sé si debo decir que como es habitual en este tipo de leyes tan progresistas e igualitaristas, al Estado se le dota de instrumentos coercitivos e intervencionistas, entes burocráticos para colocar adeptos como el Consejo Asesor de Vivienda, además de abracadabras del tipo “Vivienda asequible incentivada” que nada nuevo aportan salvo instrumentalización política. Monumento al populismo son los preceptos dedicados a las llamadas “zonas de mercado residencial tensionado” establecidas por criterios tan enrevesados como que el precio medio de las hipotecas o de los alquileres de la zona, los gastos y suministros básicos (electricidad, agua, gas, telecomunicaciones, impuestos vinculados al inmueble y gastos de comunidad), debe superar el 30% de los ingresos medios o de la renta media de los hogares. Además, para establecer estas áreas, los precios de compra o alquiler deben haber subido en cinco años más de cinco puntos por encima del IPC autonómico. Pero como los datos justificadores no se conocen, los redactores de la ley han tenido que establecer una moratoria de año y medio desde la entrada en vigor de la ley, para que el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana consiga estos datos de las CCAA y los ayuntamientos. Y con semejante berenjenal burocrático acotado a 3 años, pretenden imponer un límite de precio a la renta conforme a un sistema de índices de precios de referencia establecidos por el Estado, cuando las viviendas pertenezcan a “grandes tenedores” con personalidad jurídica. No obstante, los pequeños propietarios y los grandes tenedores que tengan viviendas en las zonas tensionadas, no estarán sujetos a limitación de precios, pero sí a una congelación de las rentas que afectará tanto a los nuevos contratos como a los ya firmados. En cualquier caso, al tener que ser las CCAA quienes soliciten las áreas, es probable que este capítulo quede en humo demagógico.

No sé si debo decir que como el papel de bueno se lo autoconcede el gobierno, el imprescindible malo de la película es adjudicado a los ayuntamientos. Así, los consistorios podrán penalizar mediante un recargo de hasta el 150% en el IBI a «aquellas viviendas vacías durante más de dos años, con un mínimo de cuatro viviendas por propietario, salvo causas justificadas de desocupación temporal», como ser segunda residencia, estar en obras de rehabilitación o estar ofertada en el mercado. El recargo fija un 50% por tener una casa vacía, de otro 50% si la desocupación se prolonga durante tres años, y de otro 50% si el mismo propietario tiene dos o más inmuebles vacíos en la misma zona. Nada dicen de las consecuencias económicas que sufre el propietario cuando los okupas le roban la casa. No sé si debo decir que solo consistorios regidos por personajes como Ada Colau, aplicarán esta normativa.

No sé si debo decir que siguiendo el papel de malo para los consistorios, la ley establece criterios para incrementar el parque de vivienda social reservando el 30% del suelo urbanizado en las nuevas promociones que deberá destinarse a la vivienda protegida, reteniendo un 50% de esa cantidad al alquiler social. El problema es que estas reservas, tendrán que ser compensadas a las promotoras por los ayuntamientos. La normativa también blinda la vivienda pública para que las administraciones autonómicas y locales (quienes tienen competencias en la materia) no puedan enajenar el parque público. Así, las viviendas de protección oficial (VPO) no podrán descalificarse durante un periodo mínimo de 30 años. A su vez, los inmuebles construidos sobre suelo destinado a VPO no podrán perder su calificación de protección.

No sé si debo decir que mientras quienes cargan con el peso de las medidas incentivadoras son las CCAA y los ayuntamientos, la inconcreción financiera preside los supuestos planes estatales en materia de vivienda, rehabilitación, regeneración y renovación urbana, el fondo social de vivienda y los parques públicos de vivienda. Apenas se estipulan reducciones fiscales para promociones, alquileres a jóvenes y reparaciones. Tampoco se mejoran las obligaciones de los promotores de viviendas que perciban cantidades anticipadas y, en no pocos casos, se estropean los incentivos de la vigente Ley de Arrendamientos Urbanos.

No sé si debo decir que el gobierno que aprueba esta ley no tiene la intención de ponerla en marcha al establecer plazos de ejecución que impiden su curso antes de la finalización de esta legislatura. Ergo, parece que empezamos a encontrar el motivo principal de su aprobación en ese patio de Monipodio llamado Congreso. No me mal interpreten, lo que no se puede decir, no se debe decir y no digo que solo los dividendos electorales derivados de la agitación y propaganda con que está siendo y sobre todo será publicitada justifican el esfuerzo de nuestro gobierno.

En fin, No sé si debo decir que desde la percepción del fin propagandístico y clientelar de esta normativa, se puede entender el desprecio del gobierno al aviso del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) sobre el “problemático encaje” constitucional de esta Ley. Qué más da que la ley sea recurrida y hasta anulada por el Tribunal Constitucional, si antes obtenemos buenos réditos electorales, se dirán regocijados. Mientras tanto, la sombra de la posible aplicación de esta ley, reducirá las inversiones inmobiliarias. Pero otros muchos ganarán, me refiero a unos medios bien engrasados y a otros que, previsiblemente, se caerán del caballo por el lado izquierdo ante el reparto de pasta procedente del maná de la UE que la Moncloa reparte y repartirá aún más con su reconocida generosidad. Entonces, las loas sobre esta igualitarista ley serán grandiosas.

GUERRA EN LA UE POR EL DINERO VERDE

O EL REVÉS DE LOS CLIMÁTICOS ASTUTOS

Día de Reyes de 2022.

Para comprender mejor este trance, provocado por la propuesta de la Comisión Europea de considerar como “energía verde” la nuclear y el gas natural, parece imprescindible presentar, aunque sea sintéticamente, el campo de batalla y los motivos que estimulan el inesperado enfrentamiento entre los 27 países que componen la Unión Europea.

Con la firma del Protocolo de Kioto y siguientes, la UE se comprometió a limitar el aumento global de la temperatura del planeta, en función de los pronósticos realizados por los “Informes de evaluación y especiales” que, desde 1990 hasta hoy, ejecuta el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), organismo creado en 1988 por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Desde sus inicios, los informes del IPCC están conformados sobre la teoría, por demostrar, del origen antropogénico del cambio climático (calentamiento global derivado del aumento observado de gases de efecto invernadero producidos por la actividad humana). Aunque basta repasar los pronósticos del IPCC desde 1990, para dudar del cumplimiento de los “principios de predicción” establecidos en los protocolos científicos, algunos científicos se atreven. Entre los más rigurosos figuran Kesten C. Green y J. Scott quienes en: ”Forecasting global climate change: A scientific approach” (2014) ponen negro sobre blanco la falta de rigor que explica tantos pronósticos fallidos del IPCC y sus consecuencias que resumen así: «Veintitrés de las alarmas derivaron en acciones gubernamentales. Las medidas gubernamentales fueron perjudiciales en 20 casos y no fueron benéficas en ningún caso».

Utilizando la lógica y la experiencia derivada del tiempo trascurrido, parece absurdo que la mayoría de los gobiernos del mundo asuman sin rechistar (otra cosa es que unos cuantos importantes como China, Rusia o India hagan de su capa un sayo) los informes del IPCC. Esta paradoja se aclara cuando se observa la dinámica iniciada con las catastróficas profecías de Thomas Malthus a finales del siglo XVIII, las del Club de Roma en los setenta del siglo pasado y las del IPCC. Esta deriva, más la moralina que nos inunda, han convertido al cambio climático antropogénico en causa ideológica y moral. ¡Ay de quien ponga en duda uno solo de sus mandamientos! Inmediatamente, los guardianes de la causa y los exhibicionistas morales le acusarán de negacionista, verdugo de la Madre Tierra y de mil pecados más. En consecuencia, le aplicarán la pena de cancelación social y profesional a través de los medios adictos a la causa y las redes sociales. Por otro lado, esta causa, como todas, tiene una parte netamente utilitaria pues gobiernos, burocracias estatales y plutócratas en general, la han abrazado con fruición, notablemente los de la UE, esparciendo ingentes cantidades de nuestro dinero en forma de subvenciones y prerrogativas, con el fin de aumentar su poder intervencionista y, de rebote, quien sabe si lucrativo.

Sobre estos pilares ideológicos, la causa del clima remacha su tesis con la pátina que le otorga el “consenso científico”, un consenso que recuerda el de aquellos astrónomos que aseguraron a Einstein que el universo era estable. Por lo tanto, todo esfuerzo es poco con tal de que la temperatura media del clima del planeta no supere 1,5°C con respecto a los niveles preindustriales. Y para evitar la anunciada hecatombe, la UE se propone a “orientar” los flujos financieros para lograr un “desarrollo resiliente del clima”. Aunque determinar en qué consiste el desarrollo resiliente del clima parece tan arduo como determinar el misterio del reino de los cielos, las medidas para intentarlo son muy terrenales.

«CRISIS CLIMÁTICA» LA EXCUSA AUTORITARIA Y NECIA QUE PERPETRA LA DIVISIÓN ENTRE ACTIVIDADES E INVERSIONES SOSTENIBLES O INSOSTENIBLES

Tras establecer en 2005 el régimen de comercio de derechos de emisión (CO2), que ha demostrado la falsedad del cacareado principio del que contamina paga, pues quien está pagando la costosa cuenta es el consumidor, el 11 de diciembre de 2019 la Comisión Europea presentó un plan integral para frenar el avance del cambio climático, con el objetivo de lograr que Europa sea “climáticamente neutra” en el año 2050. Con el denominado Pacto Verde de la UE, implantaron la llamada Taxonomía Europea Verde de la UE que acaba de entrar en vigor en enero de 2022. Se trata de un plan basado en la implantación de un modelo de financiación dopado para las inversiones consideradas favorables para la transición hacia una Europa resiliente al clima. Con esta maquinada formula, se han clasificado sectores económicos e industrias como “sostenibles”, resultando que el resto, por ejemplo: fabricantes de cemento, fabricantes de acero, ganaderos, carniceros, etc. etc. son insostenibles, incluso malditos. En consecuencia, solo las inversiones catalogadas como sostenibles, pueden recibir subvenciones y ayudas financieras de la UE y de cada país miembro.

Entre 2019 y 2021 la UE ha elaborado dispendiosos presupuestos inspirados en el “verde que te quiero verde”, destacando el Marco Financiero Plurianual 2021-2027 (MFP) de 2.018 billones de euros a precios de 2018, en el que se ha integrado el Fondo Europeo de Desarrollo. Además, la UE aprobó el instrumento de recuperación Next Generation EU con 750.000 millones de euros. Esta enormidad que ya estamos pagando los ciudadanos de la UE-27 (emisiones de bonos a largo plazo que se complementan con decenas de miles de millones de títulos de deuda a corto plazo) se reparte en varios programas para estimular la “energía verde”, destacando los siguientes:

Protección de recursos naturales y medio ambiente: MFP 401.000 millones de euros + NextGenerationEU clima: 18.900 millones de euros. Total: 419.900 millones de euros.

Los Fondos de Transición Justa energética del NextGenerationEU cuyo objetivo es lograr la neutralidad climática de aquí a 2050, tiene previsto conceder subvenciones por 10.900 millones de euros.

El Mecanismo de Recuperación y Resiliencia destinado a 7 áreas estratégicas de inversión y reformas (Flagships). De los 69.528 millones de euros que cuenta este programa, un 40,29% se destinan a la promoción de la transición verde y ecológica.

El programa de inversión en investigación e innovación Horizonte Europa 2021-2027 – Objetivos de Desarrollo Sostenible con 95.500 millones de euros a precios de 2018. El apartado de lucha contra el cambio climático cuenta con el 35 %.

Termino el resumido capítulo de bombeo de dinero verde (ya saben, inversión sostenible) con los bonos verdes (financiación o refinanciación de inversión en activos sostenibles y socialmente responsables). Se trata de deuda emitida por instituciones públicas o privadas iniciada por el Banco Mundial en 2007. A esta institución le siguieron otras muchas, incluido el gobierno español que en 2021, emitió la primera emisión de bonos verdes soberanos del Reino de España por importe de 5.000 millones de euros. Esta partida se deriva del “Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia”, que afirma, sin sonrojo alguno que: «la recuperación económica española será decididamente verde y azul» Se les olvidó el rojo. Además, el gobierno español ha patrocinado el Plan Nacional de Finanzas Sostenibles para facilitar la emisión de bonos verdes en el sector privado auxiliado por los bonos verdes estatales. De esta suerte, Iberdrola es el mayor grupo emisor de bonos verdes del mundo. Solo a principios de 2021 realizó la emisión del mayor bono verde híbrido de la historia, por valor de 2.000 millones de euros. Un 90 % del plan de inversión 2020-2025 de Iberdrola, dotado con 75.000 millones de euros hasta 2025 y 150.000 millones hasta 2030, se alinea con la taxonomía verde de la Unión Europea para la mitigación del cambio climático.

El caso de Iberdrola es genérico pues como empresa privada de alcance multinacional productora y distribuidora de electricidad, equipos de energía, ingeniería y hasta propietaria de una inmobiliaria, está obligada a subordinar su estrategia a los incentivos de la UE y de los países donde opera, por lo que no le queda otra que asumir el lenguaje emocional de «la crisis climática» y presentarse como adalid de su superación. Pero adaptarse a las circunstancias o incluso aprovecharse a fondo de ellas, puede convertirse en una trampa cuando surgen los conflictos de interés que los incentivos y subvenciones de la UE irremediablemente generan. De hecho, cada país de la UE tiene, desde hace décadas, diferentes estrategias energéticas condicionadas por sus recursos.

FRANCIA TAMBIÉN QUIERE SU PARTE SIN RENUNCIAR A SU ESTRATEGIA NUCLEAR

Coherente con la exitosa estrategia de máxima independencia energética, iniciada en la década de los setenta y un poco más tarde que España, el Presidente de Francia Emanuel Macron, en noviembre de 2021 declaró solemnemente: «Para garantizar la independencia energética de Francia y asegurar el suministro eléctrico en nuestro país, y para lograr nuestros objetivos, en particular la neutralidad de carbono en 2050, por primera vez en décadas relanzaremos la construcción de reactores nucleares en nuestro país y continuaremos desarrollando energías renovables». Esta inesperada declaración puso las orejas de punta a los gobiernos vecinos, sobre todo al alemán y al español.

Y como la realidad tiene la mala costumbre de contradecir a las ideologías, la Comisión Europea (no sean mal pensados y no vean intervenciones de franceses y alemanes), acaba de proponer que las inversiones en energía nuclear y gas natural se consideren verdes, es decir, sostenibles en la transición ecológica y, por consiguiente; calificadas para obtener fondos de Transición Justa energética y el resto de bicocas financieras descritas.

EL GOBIERNO ESPAÑOL SE RELAMÍA COCINANDO EL SABLAZO DE LA REFORMA FISCAL VERDE

No pocas empresas y gobiernos europeos ya tenían hecha la cuenta de la vieja respecto al monto de pasta gansa que obtendrían de las canonjías de la UE. Fue el caso del gobierno español quien cree tenerlo todo atado y bien atado, gracias a la Ley de Cambio Climático y Transición Energética de España, aprobada en mayo de 2021. Se trata de la ejecución de una tabla rasa verdiroja y de un pretexto leguleyo para propinar otro hachazo a la faltriquera del contribuyente, a través del viciado nombre de reforma fiscal verde. Hablamos de un pastiche ideológico lleno de moralina que justifica disparates y atropellos en nombre del sacrosanto cambio climático antropogénico. Sin reparar en gastos, esta ley arrasa con todo lo que suena a nuclear y hace rememorar con cierta nostalgia, el medido programa nuclear dirigido por el eminente físico José María Otero Navascués. Además de doctrinaria, esta ley se distingue por colocar sogas en el cuello al progreso científico y tecnológico, al eliminar la exploración e investigación de recursos aún insustituibles como los hidrocarburos y minerales radioactivos.

La protesta del gobierno español ante la propuesta de recibir la etiqueta verde al gas natural y a las inversiones en centrales nucleares, solo es una reacción de quien, de la noche a la mañana, se encuentra con el culo al aire. Obvio es que Alemania, en su objetivo de etiquetar como verde el gas natural proporcionado por Rusia, tiene como aliados a Dinamarca, Austria y Luxemburgo. Pero todo indica que para lograrlo, ha tenido que tragar con la aspiración francesa y digerir su equivocada decisión de finiquitar sus centrales nucleares. Por el otro lado, con Francia están Bulgaria, Chequia, Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, Finlandia, Hungría, Polonia y Rumanía. Incluso en el último Consejo de ministros de Energía, este grupo recibió el apoyo de los Países Bajos y Suecia. Al mismo tiempo, el Ministro italiano de la Transición Ecológica en el Gobierno Draghi, Roberto Cingolani, exponía la cuestión con notable realismo: «Están surgiendo tecnologías de cuarta generación, sin uranio enriquecido y sin agua pesada. Hay países que están invirtiendo en esta tecnología, no está madura, pero está cerca de estar madura. Si en un momento determinado ocurre que los residuos radiactivos son muy pocos, la seguridad se ha mejorado y el coste es más bajo, es una locura no considerar esta tecnología. En el interés de nuestros hijos está prohibido ideologizar cualquier tipo de tecnología. Sigamos haciendo números y después tomamos las decisiones».

La reacción airada de ministros españoles y organizaciones ambientalistas ante el triunfo de la realidad, apelando a su superioridad moral como gobierno comprometido en salvar a la Tierra de la próxima hecatombe, algunos incluso se atreven a invocar a la ciencia, tendría gracia si no fuera un guion repetitivo y catequista. Sobre todo porque ahora, desfachatadamente, solo enfocan su crítica a la generación nuclear, esquivando que el gas natural emite gases de efecto invernadero y las nucleares 0 patatero. Así, su diatriba contra las centrales nucleares, se resume a los muchos años que se tarda en construir las centrales, que son muy costosas y difíciles de amortizar y que sus residuos no son reciclables y suponen una losa de miles de años. Estos argumentos y datos hoy son inexactos. Como indica el ministro italiano citado, las recientes tecnologías para las centrales nucleares, junto con los reactores modulares (SMR), que ya cuentan con 72 prototipos en diferentes etapas de desarrollo en el mundo, donde destacan los de Francia y Reino Unido en periodo de prueba, son ya los antecesores del reactor de fusión que más pronto que tarde será la fuente de energía que la humanidad necesita.

WOKISMO

28/11/2021

El Wokismo o Justicia Social Crítica, es la enfermedad senil del posmarxismo. Una doctrina que renuncia abiertamente a los principios de la ilustración como el universalismo y la objetividad, para zambullirse en un fundamentalismo identitario que se ha coronado en poder fáctico intimidatorio en los países anglosajones, primero en las academias elitistas y luego en la cultura y la política. Con el colapso de la cosmovisión judeocristiana y el surgimiento del secularismo banal, esta doctrina se ha extendido a toda velocidad en el occidente aún democrático. En el caso de España, sus prosélitos están gobernando la nación y legislando según el catecismo woke.

Quien se atreve a discrepar de los mandamientos woke, se expone a ser sacrificado en la hoguera de los infames heteropatriarcales y desprestigiado hasta el ostracismo, sin otro juicio que la opinión de cualquier militante wokista.

Rebelarse contra esta nueva religión reaccionaria e inquisitorial, es luchar por la libertad, el libre albedrío personal y el determinismo temerario.

Sobre la violencia moralista de la manada, la de aquellos que se consideran moralmente superiores por pertenecer a ella, nos avisaba Alexander Solzhenitsyn: «Para hacer el mal, el ser humano debe, en primer lugar, creer que lo que está haciendo es bueno

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VÍCTIMAS PROPICIATORIAS DEL CLIMATISMO

Un repasito conveniente para no llamarse a engaño

01/11/2021

Uno de los rasgos que mejor expone la situación que vivimos en plena resaca de la pandemia de nunca acabar, es la sorpresa con que la mayoría de los ciudadanos españoles perciben la exponencial subida del precio de la energía eléctrica. Nada extraño por cuanto llevamos cuatro décadas digiriendo todo tipo de tentempiés energéticos y medioambientales despachados por lobbies político-económicos, cuyos contrapuestos intereses logran sublimarse en el estado gaseoso de un larvado ideologismo. Me refiero al climatismo, una doctrina transversal, sostenible, ecológica, verde, aclimatable, comunitaria, algorítmica, reciclable, anisotrópica, bucólica, antropogénica, integradora, bromatológica, paisajística, biodegradable, holoeconómica, agorera, catastrofista, cabildera, bioclimatológica, global y, en fin, suma y sigue con los estupendos sustantivos y calificativos que han configurado la ideología más rentable en términos económicos y políticos del siglo XXI.

Si bien desde la pulsión acaparadora anglosajona se suele señalar a Rachel Carson como la iniciadora de la conciencia ambientalista tras la publicación de “Primavera silenciosa” en 1962, lo cierto es que el valor supremo de la naturaleza surge con el romanticismo. Aunque bien documentado, apenas se ha divulgado que el misticismo naturalista alemán del siglo XIX, expresado en la consigna “Blut und Boden”: «Sangre y tierra» fue abrazado con frenesí por el nacionalsocialismo a través de los ideólogos del völkisch que predicaron el regreso a la tierra y a la simplicidad. Así, el Tercer Reich convirtió la agricultura orgánica, el vegetarianismo y el culto a la naturaleza en parte sustancial de su política. Por ejemplo, el Führer insistía sobre «la impotencia de la humanidad frente a las leyes eternas de la naturaleza».

En el caso concreto de España, es la Institución Libre de Enseñanza como bien muestra Santos Casado de Otaola en “Naturaleza patria: ciencia y sentimiento de la naturaleza en la España del regeneracionismo” quien impulsa el contacto de los discípulos con la naturaleza como pedagogía impulsora de una España bucólica y “sana”. Y como se consideraban regeneracionistas patriotas, esta visión fue asumida a principios del siglo XX por falangistas, carlistas, regionalistas y nacionalistas varios.

El empeño protector de la naturaleza, empieza a derivar en ideología con la aparición en pleno 1968 de un lobby peculiar llamado Club de Roma. Pronto se hace famoso por su primer informe publicado en 1972, titulado “Los límites del crecimiento”. Pero la sospecha de que este lobby se establecía para implantar una tesis neo-malthusiana que estrangulaba el desarrollo de los países en vías de desarrollo, algunos de estos países organizaron una conferencia en la localidad suiza de Founex, para elaborar un informe sobre desarrollo y medio ambiente objetivo. El Informe Founex de 1971 intentó armonizar la protección del medio ambiente con el objetivo de alcanzar un desarrollo sustancial para todos los países del mundo. Sin embargo, las visiones deterministas configuradas por un apetitoso revuelto de catástrofe malthusiana y parusías neomarxistas y rescoldos nacionalsocialistas sazonado con el relativismo posmoderno, con la primera crisis del petróleo se fue consolidando en los países occidentales más desarrollados como movimiento alternativo al capitalismo controlado por el Estado socialdemócrata.

Fue en Alemania donde apareció el primer partido verde “Die Grünen” en 1980 con el fin de cambiar el paradigma social y económico alemán. La mayoría de sus dirigentes procedían de otros partidos, por ejemplo: Petra Kelly del SPD mientras que Gerald Häfner pertenecía a la Sociedad Antroposófica Universal. También había militantes procedentes de la extrema izquierda sesentayochista, incluidos unos cuantos maoístas, algunas feministas y sujetos procedentes de la agricultura biodinámica y del Bioland, más unos cuantos ideólogos que escondían su pasado. La imagen juvenil que proyectaron con sus verdes praderas y bucólicas montañas nevadas y banderas al viento, no terminaba de borrar cierto aire supremacista apegado a la antroposofía de Rudolf Steiner, por cuanto al enfatizar la supremacía del “Planeta” conlleva un biocentrismo radical, en el que el ser humano comparte el mismo valor con los demás seres vivos y, por tanto, no tiene derecho a erigirse en un ser superior que somete a los otros seres y a los ecosistemas para sus necesidades vitales.

Por supuesto, el chivo expiatorio del ecologismo militante es el depredador capitalismo por cuanto uno de los representantes más conspicuos del movimiento ecologista; Murray Bookchin, lo resume de esta guisa: «La biosfera está sufriendo daños profundos de diferentes maneras y en vastas zonas del planeta, algunas de ellas ya convertidas en lugares inhabitables debido a los desechos tóxicos y los desastres provocados por las plantas nucleares. Mientras, la polución sistémica, los agujeros de ozono, el calentamiento global y desastres de todo tipo continúan haciendo pedazos el tejido del que depende la vida entera. Que este daño lo provocan principal y abrumadoramente las corporaciones de la competitiva economía de mercado internacional nunca había estado tan claro como hasta ahora, del mismo modo que nunca había sido tan perentoria como en la actualidad la necesidad de reemplazar la sociedad existente por otra como la que promueve la ecología social». Pero un chivo expiatorio tan vaporoso exige el sacrificio simbólico de culpables a la diosa Tierra. Y quien mejor expresa el rito apaciguador de la ira de la Pachamama o Gaia, es la famosa frase de James Lovelock: «El hombre es una plaga: la tierra está enferma de humanidad, es un cáncer de la biosfera».

Claro que hay humanos culpables y humanos inocentes comprometidos en salvar el planeta. En un reciente artículo en ABC titulado: “Los verdes nos lo han puesto negro” Juan Carlos Girauta, además de aclarar que no se siente concernido por los mensajes milenaristas de Al Gore y Greta Thunberg, señala las raíces podridas de los verdes alemanes mencionando a Baldur Springmann y Werner Vogel. Que ambos personajes pertenecieran en su juventud al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, no es anecdótico pues, los ideólogos de pasado inconfesable no eran una excepción. Rudolf Bahro, Otto Schily y Herbert Gruhl apenas barnizaron su ideología primigenia con brochazos etéreos. Famoso fue entonces Gruhl como autor del superventas: “El planeta es saqueado: las consecuencias del terror de nuestras políticas”, donde explícita un darwinismo social ecológico y patrocina la separación cultural de los pueblos como «ley natural»: «…una ley de entropía que encontramos particularmente en la ecología, y que se aplica también a las culturas humanas». De ahí al supremacismo racial o al indigenismo y otros particularismos de los buenos pueblos solo hay un pasito.

Y si los verdes alemanes como precursores del ecologismo posmoderno tuvieron las raíces comentadas, en España su raigambre regeneracionista decimonónica apenas tuvo repercusión. De hecho, tanto en los Verdes como en la Federación Progresista que se fundaron en 1984, abundaban los escaldados procedentes de los partidos comunistas; carrillistas, marxistas-leninistas y trotskistas. Al fundarse Izquierda Unida en 1986, la mayoría se integró en la coalición no sin desgarros, escisiones, y vueltas a empezar con diferentes nombres que continúan alrededor de IU-Podemos y demás partidos adyacentes.

El movimiento ecologista organizado en España no logró consolidarse como en Alemania debido a diversos factores, entre los que destacan la ley electoral y la incapacidad de desprenderse de su querencia roja o rojinegra. Sin embargo, como ideología simpática y buenista, fue asumida como añadido electoral imprescindible, tanto por el PSOE como por el PP. Desde este beneplácito estratégico, se entienden las decisiones de los diferentes gobiernos respecto a las políticas energéticas y medioambientales. Asimismo, para entender mejor estas políticas infectadas de ideología, es preciso recordar que la Junta de Energía Nuclear (JEN), fue fundada en 1951, es decir, en los inicios del régimen franquista, con el objetivo de liderar la investigación de los procesos de producción y el control institucional de la energía nuclear de fisión en España, incluyendo la investigación sistemática de minerales radiactivos. En 1968 Franco inauguró la Central nuclear José Cabrera (más conocida como Zorita). En 1969 fue aprobado el Plan Eléctrico Nacional que estableció un programa estratégico para lograr un alto grado de autonomía eléctrica, mediante las centrales hidroeléctricas y las nucleares de fusión. En 1971 se inauguraron dos centrales nucleares; Santa María de Garoña y Vandellós I. En 1972 se aprobó el Plan Energético Nacional (PEN), en el que se establecía la construcción de siete nuevos reactores que tendrían que entrar en servicio entre 1980 y 1983 y aportar una potencia, junto a las centrales ya en funcionamiento, de 15.000 MWe. Dentro de este plan se encontraba la construcción de la central nuclear de Lemóniz I y II (Vizcaya), cuyas obras de construcción comenzaron igualmente en 1972.

Con lo que no contaban los impulsores del PEN era con la oposición radical de la banda terrorista ETA, junto con no pocos compañeros de viaje de la banda. El caso es que ETA perpetró cerca de 20 atentados con bomba en instalaciones de Iberduero y en las obras de la central nuclear de Lemóniz, al tiempo que extorsionaba al gobierno exigiendo la demolición de la central, a cambio de no ejecutar al ingeniero del proyecto nuclear de Lemóniz, José María Ryan Estrada, quien fue secuestrado y posteriormente asesinado en 1981. En 1982, ETA asesinó con premeditación y alevosía al ingeniero Ángel Pascual Múgica cuando se dirigía con su hijo a su trabajo en las obras de Lemóniz.

En 1984 el gobierno del PSOE presidido por Felipe González, reviso el PEN para reducir 5.000 MWe de los contemplados inicialmente en el PEN. La potencia eléctrica instalada del sector nuclear en España quedó reducida a 7500 MWe, un 40% menos de la expectativa inicial planificada en el PEN. En 1984 el PSOE gobernante decretó la moratoria nuclear, paralizando la construcción de cinco centrales nucleares: Lemóniz I y II (Vizcaya) con una potencia de 930 MWe cada una, Valdecaballeros I y II (Badajoz) con una potencia de 975 MWe cada una, y Trillo II (Guadalajara) con 1041 MWe.

Otros proyectos que ya habían completado el proceso administrativo para su construcción fueron paralizados: Santillán (Cantabria), Sayago (Zamora), Vandellós III (Tarragona) y Regodela (Lugo). El principal argumento del gobierno del PSOE fue la necesidad de adecuación de la capacidad de generación de energía eléctrica en España, en un periodo de caída de la demanda de energía eléctrica como consecuencia de la crisis del petróleo de los años 70. Recordemos que el accidente de Chernóbil ocurrió el 27 de abril de 1986, es decir, 2 años más tarde que la moratoria nuclear. A finales de 1994 el gobierno de Felipe González aprobó la paralización definitiva de los proyectos de construcción de las centrales nucleares de Lemóniz I y II, Valdecaballeros I y II (Badajoz) y Trillo II (Guadalajara). Mientras tanto, Francia construía un parque de centrales nucleares que le aseguraba el 70% de su consumo de energía.

El babel ideológico del PSOE sistemáticamente conlleva la incomprensión de la realidad sobre las necesidades presentes y futuras en economía y energía, por consiguiente, el dislate al respecto fue y es marca de la casa. Uno de los desatinos más memorables de la época, que indica la burbuja marxista teñida de malthusianismo en que habita este partido, lo protagonizó el arquitecto Eduardo Mangada. Miembro de la Federación Socialista Madrileña tras su expulsión del PCE en 1982, llegó a concejal de urbanismo con Tierno Galván para, posteriormente, ocupar la Consejería de Ordenación del Territorio, Medio Ambiente y Vivienda durante la presidencia de Joaquín Leguina. De su cosecha fue el Plan General de Ordenación Urbana de Madrid de 1985, en el que basándose en la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia marxista, concluyó que la crisis económica mundial de fines de los setenta y primeros ochenta era la definitiva del capitalismo y que, por tanto, Madrid no iba a crecer más. En consecuencia, declaró no urbanizable todo el suelo que separaba la ciudad del resto de municipios de la corona metropolitana. “Madrid no crece ni crecerá”, decía textualmente la Memoria del Plan, y denominó a este foso como Cinturón Verde. Y como Madrid no iba a crecer más, ¿para qué mejorar el transporte y las comunicaciones? Mangada afirmaba que no iba a aumentar el número de vehículos privados, que los ciudadanos harían en ferrocarril y autobús el 80% de sus desplazamientos. Despreció la M-40, que tildó de faraónica, y propuso como eje de transportes la llamada “J”, es decir, la M-30 inacabada y el distribuidor sur. La realidad desmintió todos sus pronósticos. El capitalismo continuó mientras que se hundía la URSS y Madrid siguió creciendo aunque el Plan Mangada encareció la vivienda, mientras muchas calles se colapsaron debido al aumento de vehículos. Menos mal que en 1997 se aprobó un nuevo Plan que derrocó aquel despropósito.

A pesar de que el PP de Aznar se escandalizó y declaró su apuesta por recuperar el plan eléctrico nacional, cuando llegó al poder apenas balbuceo el propósito de prolongar la vida de las centrales nucleares. Así, en sus programas electorales apenas se hablaba de un «mix energético equilibrado que tome en consideración todas las fuentes de energía existentes y las capacidades disponibles». Y cuando han gobernado, tanto en la época de Aznar como en la de Rajoy, una vez metidos en Moncloa; nada de lo prometido.

Por otra parte, quiero resaltar que la hemeroteca es mala compañera de viaje del climatismo. Pues resulta que si el Observatorio oficial en el volcán Mauna Loa de la NOAA que mide el CO2 de referencia atmosférica, informa que alcanzó su punto máximo para 2021 en mayo, con un promedio mensual de 419 partes por millón (ppm), resulta que hace nada menos que 26 años estábamos en 350 ppm con el «agujero de ozono» al máximo y, según el diario El País, hundidos en acontecimientos meteorológicos extremos. Si el aumento de un 20% conlleva la catástrofe anunciada desde hace décadas, debería ser un asunto discutido y discutible. Pero no lo es bajo pena de cancelación.

El ínclito Zapatero llenó los bolsillos de los espabilados que eran capaces de generar electricidad por la noche con paneles solares, para cobrar las sustanciosas subvenciones. Pero estas naderías son peccata minuta comparadas con las medidas del gobierno de coalición PSOE-Podemos. Como primera medida el gobierno aceleró el cierre de las centrales eléctricas de carbón. Y aunque la Covid-19 retraso algunas medidas, a pesar de que los precios del gas natural y el petróleo iniciaban un tenebroso incremento, el gobierno de coalición PSOE-Podemos encabezado por el doctor Sánchez, apoyado parlamentariamente por los separatistas catalanes; ERC y PDeCAT, por los separatistas vascos; PNV y Bildu, por los particularistas-nacionalistas; Compromís, Nueva Canarias, Teruel Existe y Partido Regionalista de Cantabria, en fin, por los escindidos populistas de Más País, en julio de 2021 aprobaron la Ley 7/2021, de cambio climático y transición energética.

La ley de marras se compromete a participar fieramente en frenar el cambio climático, a sabiendas de su incapacidad y nimiedad. Pero no repara en gastos para subvencionar una transición energética hacia el verde que te quiero verde. Nada menos que 200.000 millones de euros de inversión a lo largo de la década 2021-2030. Semejante cantidad se justifica con un despropósito: «Las emisiones del conjunto de la economía española en el año 2030 deberán reducirse en, al menos, un 23 % respecto al año 1990 y se deberá alcanzar la neutralidad climática a más tardar en el año 2050». Y los es porque establecer para dentro de 29 años la llamada neutralidad climática, es decir, la extinción del consumo de los combustibles fósiles, cuando el transporte naval y aeronáutico no tiene aún una alternativa a la vista, corona un alarde de estulticia y demagogia.

Si la demagogia resplandece desde el preámbulo de la ley, el climatismo en que se basa resulta espeluznante porque desdeña la realidad, toma por indiscutibles las proyecciones del calentamiento global antropogénico perpetradas por la burocracia de la ONU y los lobbies adyacentes, mientras que basa los objetivos estratégicos en el etéreo Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Colocando la carreta delante de los bueyes, las medidas de la ley se condicionan al Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030 y al Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático, ambos aún en el limbo. Pero lo fundamental de la ley es prohibir sin importar las consecuencias. En primer lugar, la exploración, investigación y explotación de hidrocarburos en España: «A partir de la entrada en vigor de esta ley no se otorgarán en el territorio nacional, incluido el mar territorial, la zona económica exclusiva y la plataforma continental, nuevas autorizaciones de exploración, permisos de investigación de hidrocarburos o concesiones de explotación para los mismos, regulados al amparo de la Ley 34/1998, de 7 de octubre, del sector de hidrocarburos, y del Real Decreto-ley 16/2017, de 17 de noviembre, por el que se establecen disposiciones de seguridad en la investigación y explotación de hidrocarburos en el medio marino. A partir de la entrada en vigor de esta ley, no se otorgarán nuevas autorizaciones para realizar en el territorio nacional, incluido el mar territorial, la zona económica exclusiva y la plataforma continental, cualquier actividad para la explotación de hidrocarburos en la que esté prevista la utilización de la fracturación hidráulica de alto volumen». Pero el afán prohibitivo se dispara hasta la memez cuando a partir de la entrada en vigor de la ley, se aniquila la investigación y aprovechamiento de yacimientos de minerales radiactivos, «no se admitirán nuevas solicitudes para el otorgamiento de permisos de exploración, permisos de investigación o concesiones directas de explotación, ni sus prórrogas».

Pero ahí no queda la cosa. De un plumazo la ley se carga la investigación y aprovechamiento de yacimientos de minerales radiactivos. «A partir de la entrada en vigor de esta ley no se admitirán nuevas solicitudes para el otorgamiento de permisos de exploración, permisos de investigación o concesiones directas de explotación, ni sus prórrogas, regulados al amparo de la Ley 22/1973, de 21 de julio, de minas, de minerales radiactivos, tal y como se definen en la Ley 25/1964, de 29 de abril, sobre energía nuclear, cuando tales recursos sean extraídos por sus propiedades radiactivas, fisionables o fértiles. 2. A partir de la entrada en vigor de esta ley no se admitirán nuevas solicitudes de autorización de instalaciones radiactivas del ciclo del combustible nuclear para el procesamiento de dichos minerales radiactivos, entendiendo como tales instalaciones las así definidas en el Reglamento sobre instalaciones nucleares y radiactivas».

Recapitulemos. El gobierno de coalición PSOE-Podemos encabezado por el doctor Sánchez y sus aliados, ha limitado la vida de los siete reactores nucleares que proporcionan el 23% de la producción eléctrica consumida que irán cerrando entre 2025 y 2035. Ha extinguido la producción de carbón nacional y cerrado las correspondientes centrales eléctricas. Ha prohibido la investigación y aprovechamiento de yacimientos de minerales radiactivos. Ha prohibido la fracturación hidráulica o fracking que en España se estimaba en 90 años de cobertura del consumo nacional de hidrocarburos. Por supuesto, estas medidas tan verdes del gobierno son aplaudidas por el portugués que ejerce de Secretario de la ONU y toda la dispendiosa y extensa cohorte burocrática del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, apoyados incondicionalmente por innumerables lobbies y ONGs climáticos.

Como resultado de estas medidas contra el Cambio Climático, los españoles somos los más roji-verdes, los más limpios, aunque paguemos multas a la UE por no depurar las aguas residuales, los que pronto pasaremos en el ranking de mejor país que lucha contra el cambio climático a la Noruega gran extractora de hidrocarburos, los que pagamos precios desorbitados por la electricidad, el gas y los derivados del petróleo, los que pagamos como lujo el transporte, los que devenimos totalmente dependientes de países terceros y, por lo tanto, muy vulnerables teniendo en cuenta que quedamos a merced de los países que especulan con los hidrocarburos, los que, en fin, pagamos caro y pagaremos carísimo el delirio climatista de nuestros gobernantes.

Mientras tanto, China está construyendo 200 centrales eléctricas accionadas por carbón y aumentará el uso de tecnología nuclear de nueva generación, incluidos los reactores marinos a pequeña escala. Francia invertirá 1.000 millones de euros en la construcción de nuevas centrales nucleares. Similares medidas son aprobadas en Bulgaria, Croacia, República Checa, Finlandia, Hungría, Polonia, Eslovaquia, Eslovenia y Rumanía. Polonia se mantiene firme en el aprovechamiento de su carbón. El Reino Unido amplifica la construcción de centrales nucleares y promociona el desarrollo rápido de los pequeños reactores modulares SMR conocidos como minicentrales nucleares. Jennifer Granholm, secretaria de Energía del Gobierno de Biden, acaba de declarar que; «el despliegue continuado de la energía nuclear es esencial para afrontar el cambio climático», mientras que Bill Gates inicia la fabricación de minicentrales nucleares. Rusia se relame con el precio del gas, se carcajea de la fecha 2050 como límite de la total descarbonización y se delita con la dependencia de Alemania de su gas, país cuya dirigente Ángela Merkel tomó la cobardona decisión de limitar la energía nuclear tras el accidente de Fukushima, y ahora trata de capear el temporal aumentando, sin publicidad, las centrales de carbón. India y el resto de Asia van a su aire y no digamos el continente Africano.

Mientras un tiranosaurio se convierte en la mascota de la ONU que con voz meliflua nos alerta que los humanos estamos en peligro de extinción por nuestra culpa, por nuestra grandísima culpa, la predicadora de la mala nueva Greta Thunberg, que parece tener hilo directo con la tierra cuando, con motivo de la costosísima conferencia climática Glasgow COP26, nos vocifera: «La humanidad no está consiguiendo detener la crisis climática. Ahora ya es más que urgente — el planeta está pidiendo ayuda a gritos». Quienes somos incapaces de oír los gritos de la madre Tierra, de Gaia o Pachamama, comprobamos que la subida de precios de los bienes y servicios está impactando de lleno en el bolsillo de las familias españolas. Familias que a final de 2021 habrán sufrido una merma de poder adquisitivo de unos 8.600 millones de euros. Mientras el clima se recalienta, nosotros nos estamos congelando y endeudando hasta el punto de dejar una losa fatal a nuestros descendientes.