Explicaciones demandadas por los lectores de los artículos: Del marxismo al capitalismo woke y ¿EL CAPITALISMO WOKE SE DEBILITA?
Ante la persistencia de mis comentarios sobre esta ideología doctrinaria, no pocos se preguntarán si no padezco obsesión sobre un asunto secundario con lo que está cayendo en Ucrania y Gaza o incluso en España. A esta interpelación respondo que me parece todo lo contrario. De hecho, considero que no pocas de las vicisitudes, dudas tácticas y estratégicas, la pusilanimidad y el relativismo de los líderes y políticos occidentales, la falta de liderazgo y reflexión geoestratégica ante estos conflictos y sus derivadas, la aceptación por buena parte de la crema intelectual occidental de que Putin es un antiwoke, cuando solo es un duplo del expansionismo soviético, o la constatación de que no solo las universidades norteamericanas o británicas de élite están dominadas por la doctrina woke, sino que también otras instituciones fundamentales como los ejércitos, sobre todo el estadounidense que ha pasado de la humillación machista del soldado como método disciplinario y de obediencia absoluta al mando denunciado por Kubrick en “La Chaqueta Metálica” (1987 – Full Metal Jacket), al abrazo pleno de los imperativos sociales de la izquierda estadounidense woke.
El panorama ha quedado aún más claro si cabe la pasada semana, cuando el Partido Republicano estadounidense, alarmado por las manifestaciones antijudías en las universidades del país, presididas por eslóganes como: “from the river to the sea, Palestine will be jews free” (desde río hasta el mar, Palestina libre de judíos será) llamó a las presidentas de las universidades más prestigiosas para saber cómo defendían los principios constitucionales y las reglas antidiscriminatorias en sus dominios. Las respuestas inconexas y relativistas de las tres presidentas han escandalizado a buena parte de la opinión pública occidental. Vergonzosa, por infame, fue la respuesta de la presidenta de la Universidad de Harvard, Claudine Gay, a la pregunta que la legisladora republicana, Elise Stefanik le hizo: «¿Llamar al genocidio de judíos viola las reglas de Harvard sobre intimidación y acoso?». La respuesta de Gay fue: Puede serlo, dependiendo del contexto. La evidencia de la podredumbre ética, de la quiebra de los valores constitucionales y de los derechos humanos por parte de la nomenclatura universitaria norteamericana, solo se explica por el dominio de la doctrina totalitaria woke en sus aulas.
A pesar de existir no pocos compendios que estudian lo que se conoce como woke o wokismo, ante el laberíntico espectáculo establecido por la agitación y la propaganda en medios y redes sociales por agentes y tontos útiles, no son pocos los que preguntan: ¿En qué consiste la doctrina woke? La respuesta resumida que considero cabal es la que establece que sus fundamentos y práctica se fundan en la invención y multiplicación de divisiones sociales derivadas de la raza, la cultura, la religión, el sexo (género), etcétera, para transfigurar la lucha de clases marxista, basada en la lucha contra la explotación de la clase obrera, en un trampantojo capaz de manipular sentimientos que permitan a la élite que la abandera, establecer (en no pocos casos a través de leyes discriminatorias disimuladas mediante la “hipermoralización progresista”) conductas sociales que les granjeen un disfrute del poder político y económico pleno.
Por ende, los gobiernos, partidos políticos, organizaciones civiles, ONGs, y empresas multinacionales occidentales adheridas a la doctrina woke, de la misma manera en los dominios donde reinaban y reinan los mitos marxistas desde principios del siglo XX, sus dogmas: «colectivo, voluntad y poder», resumidos como “corrección política”, han impuesto una burocracia artificiosa en las instituciones, universidades y empresas, justificada con la consigna: «diversidad, equidad e inclusión». Se trata de la primacía del grupo sobre la persona, del énfasis en la voluntad a expensas de la razón o naturaleza, de la anulación del mérito personal y la igualdad de oportunidades. De este modo, quien crítica la llamada “discriminación positiva de la mujer” es un machista. Quien considera que los “colectivos” que abanderan las siglas LGTBIQ+ no tienen por qué tener privilegios o ayudas procedentes del erario es tildado de homófobo. Aquel que se atreva a defender la libertad empresarial plena es demonizado como explotador. Quien pida una inmigración ordenada es automáticamente tildado de xenófobo fascista.
La herramienta preferida por el wokismo es la manipulación claramente orwelliana (explicitada como “neolengua” en la novela “1984”) del lenguaje, con el obvio fin de imponer una realidad paradigmática consecuente con la doctrina. Desde la matraca del lenguaje inclusivo, bautizar como “muerte digna” a la eutanasia; despojar de significado, hasta el punto de demonizarlas, palabras como “matrimonio” y “familia”, son solo unos pocos ejemplos de los que constituye, en palabras de Rodrigo Ballester un «caballo de Troya del adoctrinamiento, haciendo de “pieza maestra” para imponer un marco de pensamiento de lo que debe ser correcto, expresable e incluso legal o ilegal». De esta manera, todo aquel que discrepe del pensamiento único impuesto por el lenguaje oficial correcto, se enfrenta a descalificaciones y campañas de desprestigio que suelen terminar en asesinato civil del disidente, es decir, en la destrucción de la reputación de toda persona que no comparta los postulados políticamente correctos. Toda opinión alejada de la retórica dominante queda desautorizada automáticamente como una expresión fascista. De ese modo, el wokismo anula el debate y se asegura la imposición de su agenda ideológica, alimentándose de un clima de miedo y censura.
La evidente consecuencia de este guion es la proliferación del odio, el racismo y las discriminaciones de todo tipo que los oficiantes wokes dividen entre positivas (las que ellos dictan) y negativas, aboliendo con ello el principio esencial de la declaración universal de los derechos humanos que establece que toda discriminación es negativa de suyo.
Las personas “canceladas” envilecidas y desterradas, las estatuas derribadas, la historia manipulada para ajustarla al dogma, los libros proscritos, las iglesias vandalizadas, los espectáculos censurados y anulados, las conferencias derogadas, los escritores, maestros y catedráticos amordazados, los “colectivos” demonizados en función del color blanquecino de su piel, su etnia, el sexo que asuman, la religión que procesen, las preferencias sexuales, etcétera, etcétera, son pistas de lo que nos espera si la doctrina woke se implanta decisivamente en occidente.

Llegado aquí parece conveniente preguntarse si el Plan España 2050 es un plan y, en el caso de serlo, de que tipo. Obviamente, no es reformista como el Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959 o los tres planes de desarrollo del franquismo (1964-1975), basados en reformas estructurales para la liberación de la economía, al eliminar los últimos resortes intervencionistas del Estado derivados del período autárquico. Asimismo, los Pactos de la Moncloa de 1977 fueron forjados en reformas estructurales y de liberalización política. Tampoco contiene medidas de estímulo keynesiano o monetarista, sino que se sustenta en un «análisis diacrónico y prospectivo … realizado desde una perspectiva apartidista que antepone el rigor metodológico y la evidencia empírica a cualquier posición política». Entonces, ¿Cuál es su fin? Pues obviamente lograr que el modelo de régimen político y social explícito en el documento devenga hegemónico: «Creemos que España tiene que mirar más al futuro y que tiene que hacerlo de una forma distinta de la que suele mirar el presente: con menos crispación, más rigor científico, y un mayor optimismo». Entonces, estamos ante un Plan que quiere cambiar la mentalidad de los españoles, una versión posmoderna de los planes de Ernesto Guevara de construir “el Hombre Nuevo” en Cuba: «La Revolución no es únicamente una transformación de las estructuras sociales, de las instituciones del régimen; es además una profunda y radical transformación de los hombres, de su conciencia, costumbres, valores y hábitos, de sus relaciones sociales».