EL VODEVIL DE LOS “EXPERTOS”

En toque de queda y esperando el toque de fajina.

24/10/2020.

Pablo Rojo Barreno.

Cuando el experto oficial del gobierno de la nación en pandemias varias, declara con la simpleza habitual que a tantos encandila: «Hay comunidades autónomas que están en riesgo extremo y una que está al límite, pero no le puedo decir más porque no lo hemos estudiado en profundidad» uno se queda patidifuso y consternado. Sobre todo tras ya casi siete meses de soportar constantes apelaciones a «expertos» para justificar todo tipo de órdenes y medidas mayoritariamente despóticas por parte de nuestros gobernantes. Que semejante función se perpetre con desparpajo insolente solo es explicable por la implantación en occidente del relativismo cognitivo y axiológico desde hace, al menos, tres décadas. La expertitis aguda que padecemos en España arraigada en los ámbitos políticos, administrativos y judiciales, es un artificio derivado de la sociología posmoderna que reina en las aulas de las llamadas ciencias sociales, donde se proclama que en el conocimiento científico no existen conclusiones propiamente científicas. Por lo tanto, para los estrategas de la agitación y propaganda instalados en el elefantiásico Palacio de la Moncloa madrileño y sus imitadores en el resto de las administraciones del orondo Estado español, el experto de turno es un guiñol dirigido por un largo guante movido por personajes como Iván Redondo y sus secretarías generales, gabinetes, direcciones y altos comisionados de trolas y embelecos.

Los expertos dicen, los expertos aseguran, los expertos recomiendan, junto con las cotidianas advertencias pavorosas, son los conjuros favoritos del poder para endilgarnos todo tipo de trágalas. Poco importa si el experto evocado lo es en lunas o en traviesas de ferrocarril, lo esencial para que funcione el bebedizo virtual, no es el que aparezca un tipo o tipa en carne y hueso, todo lo contrario, funciona mucho mejor cuando son fantasmales personajes o comités secretos que imposibilite contrastar su inapelable incompetencia. Esta estrategia no funcionaría tan bien como lo hace si no fuera porque, salvo contadísimas honrosas excepciones, los profesionales españoles que ejercen una labor científica no se han prodigado en los medios para explicar a la población, con el rigor que se les supone, las medidas profilácticas contra la infección por SARS-CoV-2.

No me refiero, claro está, al papelón del conspicuo Fernando Simón como director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, ni por supuesto al del ministro filósofo Illa, sino a tantos que han visto como se utilizaba su nombre en vano y a quienes deberían haber aparecido hace tiempo divulgando los datos científicos disponibles sobre la pandemia y su tratamiento, evitando adoctrinamientos y opiniones ideológicas. Así, ni no fuera por sus nefastos resultados, en este estado de arrestados sería un pasatiempo divertido adivinar del pie ideológico que cojea el experto de turno que aparece en los medios, desde el instante que iniciara su discurso. Incluso los pocos suspicaces podríamos adivinarlo tras un par de frases, mientras los listos de verdad a la tercera o cuarta palabra acertarían.

A estas alturas es lacerante comprobar que la confusión y el enredo sobre la epidemia que nos asola, reinan como si hubiera retornado la peste bubónica y las teorías de los miasmas. A los intereses creados se suman indignos lucros de todo tipo disfrazados con excelsas palabras como solidaridad y bien común. Por ello, al discurso del miedo se suma la ausencia de campañas públicas en televisión, radio y grandes medios de difusión públicos y privados, sobre asuntos tan sencillos como los tipos homologados de mascarillas según las Directivas 93/42/EEC y (CE o UNE EN 14683) 2017/745 que, para el uso cotidiano del ciudadano solo deberían ser tres: las llamadas quirúrgicas NF EN 14683 (tipos I, II y IIR filtran entre el 95% al 98% de bacterias), la NF EN 149 FFP2 (filtra el 94% de aerosoles) y la NF EN 149 FFP3 (filtra el 99% de aerosoles). Eso sí, nos avisan que las quirúrgicas son desechables y apenas duran cuatro horas, mientras que las FFP 2 y 3 solo 12 horas. Cuando uno indaga un poco sobre los materiales con que se fabrican o se deben fabricar estas mascarillas, resulta que son filamentos de polipropileno cuyos nombres comerciales son Spunbond, Meltblown, Nonwoven, etc. Y si curiosea un poco más, resulta que estos fabricados son resistentes a la luz, antimicrobianos, tienen gran resistencia a productos químicos, gran resistencia al desgarre y excelente elongación, son antiestáticos, repelen el agua y el alcohol y la temperatura de inicio de deformación es 80ºC. Entonces, ¿Cómo es que solo duran unas horas? Según las investigaciones de la Universidad de Aix-Marseille Université de Francia, el coronavirus SARS-CoV-2 sometido a 60ºC durante una hora las cepas del patógeno no se eliminan por completo, pero casi. Por otro lado, en el listado de la EPA (United States Environmental Protection Agency a la que referencia oficialmente las páginas oficiales del Estado español) uno de los desinfectantes homologados para superficies blandas (porosas) es el alcohol etílico entre 70° y 96°. Entonces ¿Por qué no se pueden desinfectar las mascarillas homologadas horneando las cepas del SARS-CoV-2, si por desventura las tuvieran pegaditas en la superficie externa, a 70ºC durante una horita o pulverizándolas con una ración de 90% de alcohol de 96º y 10% de agua destilada y, con ello, reutilizarlas durante un tiempo razonable en función de sus propiedades físicas y químicas? Ante estas simples preguntas los «expertos» balbucean sin aportar datos ni estudios concluyentes. ¿Dónde están, no se ven las subvencionadas asociaciones de consumidores? Solo FACUA, siempre solicita al poder vigente, puso en duda la calidad de las mascarillas FFP2 repartidas gratuitamente a los ciudadanos por la Comunidad de Madrid. Simultáneamente, los medios de la corrección política y el cambio climático aporrean nuestra conciencia acerca del desastre causado por los plásticos y las mascarillas que acaban en los mares. Entre tanto, el Rapid Exchange of Information System (RAPEX) de la UE, lleva meses denunciando decenas de marcas de mascarillas que no cumplen las normas de filtrado debidas pero si con la moda del momento.

Resulta que los españoles pagamos la existencia de un ministerio de consumo, cuyo titular se colocó una medallita al mérito de la igualdá, cuando impuso por decreto el pasado 21 de abril el precio máximo de las mascarillas quirúrgicas en 0.96 euros la unidad. Este veleidoso ministro amante de la dictadura castrista, no tuvo a bien explicarnos como había llegado a esa cifra, cuando ya entonces era archisabido que; fabricantes ubicados en India vendían estas mascarillas a 0,042$ la unidad para pedidos superiores al millón. Claro que por la misma época el Ministerio de Illa compró 460 millones de mascarillas quirúrgicas a 0,75€ la unidad IVA excluido, mientras que en algunas plataformas de venta online se podían encontrar paquetes de 500 unidades a 0,22$ la unidad. Y cuando se pregunta a la desenvuelta ministra del ramo impositivo los motivos por los que los apaleados ciudadanos tenemos que acoquinar el 21% de IVA cuando compramos mascarillas, con el desparpajo que le caracteriza asegura que la UE no permite reducirlo, cuando es archisabido que la mayoría de los países han suprimido o reducido esa carga impositiva.

Mientras los fantasmales comités de expertos bullían por los despachos oficiales, a mediados de septiembre el I Congreso Nacional COVID-19, publicó un manifiesto a favor de una respuesta coordinada, equitativa y basada en la evidencia científica y el interés general, firmado por 55 sociedades científicas españolas y dirigido a la clase política por la gestión de la COVID-19 con el eslogan siguiente: «En salud, ustedes mandan pero no saben» Enlace. Cuando me enteré de la noticia suspiré con un por fin, pero su lectura me recordó las amonestaciones de mi maestro Don Vitaliano sobre vicios tan nefandos como el truismo.

La avispada diputada de Coalición Canaria, Ana Oramas, hace unos días llamaba a la sensatez, a proceder «con cabeza» contra la pandemia, mientras relataba su último viaje de ida y vuelta en Iberia entre Madrid y su natal Santa Cruz de Tenerife con los dos aviones repletos, mientras los viajeros portaban mascarillas a ratos pues se las quitaban cuando comían y bebían. Al mismo tiempo, se publicó la Declaración de Great Barrington: Enlace una propuesta rubricada en el Instituto Americano de Investigación Económica en Great Barrington, Massachusetts. Firmada por más de 9.000 científicos y más de 23.000 médicos, propone adoptar medidas para proteger a los vulnerables mientras que quienes no lo son, deberían reanudar inmediatamente su vida con normalidad. Por supuesto, los medios antiliberales que en España son casi todos, en vez de analizar la propuesta y criticar sus probables defectos, se han dedicado a poner en duda a tantos firmantes y a hablar de profesores Bacterio –seguramente derivado del inconsciente que recordaba a un tal Simón- mientras apelaban a «lo que se sabe que funciona para controlar al coronavirus». ¿Qué funciona? Menos mal. Algo más seria es la crítica del Memorando Snow Enlace que pone en duda el objetivo de la inmunidad colectiva si no es a través de la vacunación. Bueno está que los científicos debatan pues, junto con la investigación que es el primer mandamiento para lograr el avance del conocimiento, puede mejorar el entendimiento. Aunque sería aún mejor si en este debate la ideología fura desterrara en favor de la lógica.

Mientras España sufre la mayor recesión desde la Guerra Civil, acumula el mayor déficit y deuda pública desde la recesión tras el desastre de 1898, el mayor paro real de la historia contemporánea y con los españoles confinados y atemorizados por una desordenada y oportunista gestión de la pandemia, el gobierno de la Nación confecciona los Presupuestos Generales del Estado basándose en el cuento de la lechera. Simultáneamente, lleva adelante su propósito hegemónico totalitario sobre el poder judicial con todo tipo de fullerías y correteas, la educación con la ley “Celaá” para el fomento de la ignorancia y la vagancia, de la historia con la ley de memoria democrática inspirada en la distopía orwelliana “1984” más la ley de regulación de la eutanasia inspirada en la misma obra.

Malos tiempos para la lírica … y para la ciencia.

MERCADOTECNIA CONSUMISTA PARA UN PROYECTO TOTALITARIO

P. Rojo Barreno

12/06/2016.

Parece que en España unos cuantos jóvenes identificados con la llamada “nueva política” han descubierto la pólvora del marketing político. Quizás, para adaptarme a la situación, debería haber titulado este mensaje con la jerga al uso, algo así como: «online marketing creative ideas for a totalitarian project». He preferido, sin embargo, empezar refiriéndome a unos pocos detalles conocidos e incluso familiares, con objeto de apuntar los, desde mi punto de vista, “significantes más significativos”, sin enredarme en la semiótica esparcida por Jean Baudrillard en su intento de interpretar a su maestro Guy Debord.

Si menciono a los dos mandarines gabachos del posmodernismo de izquierdas, desdeñados o incluso repudiados de boquilla por buena parte de la “Nueva Izquierda” de nuestra nueva política actual, -digo bien actual ya que la etiqueta de nueva izquierda se está reiteradamente utilizando en el mundo desde 1964 cuando Herbert Marcuse publicó los argumentos generadores de la llamada: “New Left” norteamericana- es por considerar que sus conjeturas, sobre todo las del precursor Debord con su famosa teoría del espectáculo, siguen inspirando de forma vergonzante sus tácticas propagandísticas.

El argumento fundamental de la mencionada teoría de Debord son los cambios de paradigmas revolucionarios tras la transformación del proletario –el sujeto que lo único que podía perder eran sus cadenas- en consumidor de una emergente clase media dentro del estado de bienestar, consolidado en la Europa capitalista tras la segunda guerra mundial . De esta forma, el sistema capitalista dispuso que al nuevo consumidor trabajador de clase media, había que tutelarle para que durante su extenso tiempo de ocio, tras lograr la jornada de ocho horas dentro de la semana laboral de 40 horas, se dedicara a consumir irreflexivamente mercancía averiada de fetichismo producida por las flamantes industrias del entretenimiento. De este modo se conseguía una extraordinaria fuente de realimentación del sistema capitalista, además de la reificación (cosificación) del manipulado consumidor trabajador.

rebelarsevende

Esta revisión del materialismo histórico implicaba la correspondiente sobre la “Agitprop” de raíz marxista-leninista. Sin alharacas teóricas, la mencionada New Left norteamericana la puso en marcha construyendo un zaparrastroso edificio teórico pero un fenomenal negocio. Quienes mejor explican el rentable filón de la contracultura son los profesores canadienses Joseph Heath y Andrew Potter en su ensayo: “Rebelarse vende. El negocio de la contracultura”. En este notable ensayo Heath y Potter nos detallan cómo los orates y negociantes contraculturales han desarrollado lucrativos negocios basados en la jerga de lo alternativo al repugnante consumismo de masas capitalista, registrando y vendiendo marcas «transgresoras» como las zapatillas de deporte “Black Spot” y demás sellos de la transfiguración de hippies a yuppies como: Diesel, Bershka, Pull and Bear, Von Dutch, Vans y, por supuesto, la coolest minivan que sustituyó al Volkswagen escarabajo de los sesenta y la música alternativa repetitiva y ejemplo axiomático del consumo competitivo. Un consumo competitivo elevado a la desfachatez, no porque los abuelos hippies y los papás punks, beatniks, ecologistas y demás tribus se vendieran al sistema convirtiéndose en yuppies, ni por la cacareada asimilación de su disensión, sino porque ese «Matrix» metafórico teorizado por Debord, parece que gusta a quien lo prueba, hasta el punto de que procura trasmitírselo a sus hijos, incluyendo a los engendrados y criados en el anonimato paterno del matriarcado tribal. Así lo hicimos con nuestros hijos pródigos de la nueva política que, como buenos herederos del disimulo, prefieren que les identifiquemos como alumnos de Antonio Gramsci, aquel impoluto héroe del comunismo aniquilado en las cárceles del fascio que teorizó sobre la necesidad de crear una nueva cultura de los trabajadores, frente a la burguesa, como condición imprescindible para la emancipación de la clase obrera.

Pero el supuesto éxito de la mercadotecnia de nuestra nueva izquierda, anteayer marxista-leninista, ayer bolivariana y antisistema, hoy socialdemócrata y mañana amados líderes de la funcionariocracia de taifas, en el fondo desdeña el pensamiento gramsciano y adora el marketing con causa. Ese artificio que funde la verborrea antiglobalizadora yupi y trasgresora, sobre todo trasgresora al modo de Naomi Klein, con el «Zigzag Principle» de Rich Christiansen pasando por la “Inteligencia Emocional” de Daniel Goleman.

Y sobrenadando entre semejante olla podrida están los inventores del artilugio que todo lo puede: los Vannevar Bush, Gerard Salton, Ted Nelson y los últimos desarrolladores de algoritmos, donde los meta tags son consecuencia del marketing transnacional y su jerga se basa en el espíritu emprendedor representado por el santificado Steve Jobs. De esta guisa, la contrarevolución digital representada por Google aterrizó en La Habana hace unos días instalando un cibercafé con conexión gratuita. Ah la rebeldía como valor de consumo: «Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras».

Si señoras y señores, chicas y chicos, etcétera, etcétera. Nuestros nuevos líderes nos atiborran de eslóganes, teologías y palabras clave meta tags procedentes del marketing transnacional más aguerrido. Si quieres puedes, luego Podemos, eso sí, guiados por jóvenes con dotes de liderazgo y destrezas empáticas capaces de cambiar el paradigma, hacer el cambio, el cambio otra vez, instaurar el progreso, lo nuevo frente a lo viejo. No lo duden, la clave del éxito del metafísico cambio está en una combinación de audacia, innovación y liderazgo. Nuestros nuevos jóvenes y jóvenas líderes no son lumbreras del pensamiento social y político, tampoco originales, pero listos, lo que se entiende por el individuo o individua capaz de vender una burra tuerta, coja y sin dientes, sin duda lo son.