NARCISISMO: LA PANDEMIA DE LAS SOCIEDADES OCCIDENTALES

UNA PSICOPATÍA

25/06/2022

Para la psiquiatría, el narcisismo, explicitado por primera vez por el médico británico Havelock Ellis en 1898, es un trastorno mental de la personalidad puesto que las personas que lo padecen tienen un sentido desmesurado de su propia importancia, una necesidad profunda de atención excesiva y admiración, relaciones conflictivas y una carencia de compasión por los demás. Además, detrás de una máscara de seguridad extrema, en el narcisista hay una autoestima frágil que es vulnerable a la crítica más leve. En verdad, el Trastorno de Personalidad Narcisista es una psicopatía, en la que hay una serie de factores que ponen en peligro a los individuos que socializan con las personas que padecen este trastorno.

También se ha establecido clínicamente que en el narcisismo conviven varios rasgos y polaridades. La omnipotencia, la impotencia y la prepotencia. La omnipotencia es el lado inflado, la grandiosidad que, a menudo, va acompañada de desvalorización de otros. La impotencia (si no soy magnífico, soy basura) se manifiesta con frecuencia como un niño perdido, carente, miedoso, que siente envidia, vergüenza y rabia. La grandiosidad ayuda al narcisista a evitar darse cuenta del estado de impotencia. El narcisista sale de este estado de falta de fe a través de la prepotencia. Esconde su vulnerabilidad mintiendo y falseando la realidad a través de su propia imagen, o bien mediante la rabia, o bien por medio de la agresividad inhibe la tristeza y el miedo, porque su expresión le hace sentirse vulnerable. La negación de la tristeza y el miedo le permite al narcisista proyectar una prepotente imagen de fuerza, de independencia y valor, así es como esconde su vulnerabilidad, tanto ante sí mismo, como ante los demás.

En 2010, en EEUU se produjo un revuelo notable cuando la doctora y profesora de psicología en la Universidad Estatal de San Diego, Jean Twenge, publicó “The Narcissism Epidemic: Living in the Age of Entitlement”. Se trata de un amplio estudio sicológico comparativo sobre el comportamiento de los estudiantes universitarios estadounidenses. El examen destacó que los estudiantes con claros signos de narcisismo en 2010 era el 30%, mientras que en 1982 era el 15%. Estudios posteriores realizados por Jean Twenge y W. Keith Campbell expusieron con crudeza que el narcisismo delirante se ha extendido a los adultos en proporción similar al de los jóvenes.

A las alarmas lanzadas por los psicólogos norteamericanos se sumaron varios europeos. Fue la psicóloga Agnieszka Golec de Zavala quien inició las investigaciones sobre grupos extremistas en 2005, para tratar de entender los motivos por los que algunas personas perpetran el terrorismo. Pronto relacionó este comportamiento con lo que los pensadores de la Escuela de Frankfurt Teodoro Adorno y Erich Fromm llamaron “narcisismo grupal” que Golec de Zavala lo redefinió como: «la creencia de que la grandeza exagerada del grupo de uno no es suficientemente reconocido por los demás»”. Y como todo narcisismo, esa sed de reconocimiento nunca se sacia. Entonces, la psicóloga desarrolló una escala de narcisismo grupal (colectivo) para medir la gravedad de las creencias narcisistas grupales, incluidas afirmaciones como: «Mi grupo merece un trato especial» e «Insisto en que mi grupo obtenga el respeto que se le debe«.

La persistencia de Golec de Zavala en estudiar este narcisismo grupal en las universidades SWPS polaca y en la Goldsmiths británica, le ha permitido establecer que este tipo de narcisismo no es marginal y se está desarrollando cada día con mayor intensidad en cualquier tipo de asamblea, grupos religiosos, políticos, de género, racial o étnico. Asimismo, se expande en equipos deportivos, clubes y organizaciones artísticas y culturales. Muy preocupada ante lo que descubre en sus estudios, insiste en señalar que el narcisismo colectivo no es simplemente tribalismo. De hecho, insiste en que mientras el tribalismo es inherentemente humano y que tener una identidad social saludable puede tener un impacto positivo para el bienestar, por el contrario, los narcisistas colectivos se centran más en los prejuicios del grupo externo que en la lealtad del grupo interno. De esta manera, el narcisismo grupal alimenta el radicalismo político y potencialmente incluso la violencia. Asimismo, en entornos cotidianos, puede impedir que los grupos se escuchen unos a otros y llevarlos a reducir a las personas del “otro lado” a personajes unidimensionales.

DOS TIPOS DE NARCISISMO CONVIVEN EN NUESTRA SOCIEDAD: EL COLECTIVO Y EL INDIVIDUAL

La constatación de la existencia de dos tipos de narcisismo implantados notablemente en las sociedades occidentales; el colectivo y el individual es, por las consecuencias que tienen y las que tendrán, espeluznante. Esta bipolar realidad que tanta desazón y amargura produce en demasiadas personas, es expuesta por psicólogos y sociólogos a través de los síntomas, pero apenas ahondan en las consecuencias. De hecho, escasean estudios que profundicen sobre las causas que expanden esta plaga. Esta falla seguramente se debe a que cuando se pregunta por los orígenes que han propiciado esta epidemia, invariablemente se tropieza con las iglesias ideológicas que ostentan poder.

Los predicadores de la corrección política y no pocos apesebrados y biempensantes, tratan de despistar al personal, imputando exclusivamente la plaga narcisista actual a las redes sociales. Con ello ocultan, además de confundir instrumentos con causas, que la expansión narcisista ahora convertida en pandemia, germinó antes de que los Instagram, TikTok y demás redes sociales existieran. Algo más precisos son quienes apuntan al consumo conspicuo (estatus social), a las promesas de recompensas redentoras para proteger la fragilidad individual, a la desilusión respecto a las expectativas de satisfacción con la vida y el bienestar, además de los conflictos derivados del maremágnum identitario respecto a los sexos y roles sociales. Lógicamente, este narcisismo individual y/o colectivo se agudiza con los discursos apocalípticos sobre el clima, la salud planetaria, la inmediata terminación de los recursos minerales y energéticos, los problemas económicos, demográficos y migratorios, etcétera. Así, el conflicto antes derivado de la lucha de clases entre burgueses y proletarios, desde los años 70 del siglo pasado se ha ido ampliando, año tras año, con incontables combates que ha puesto al motor de la historia marxista a punto de estallar por sobre carga, al tiempo que reprime todo intento de mejorar las relaciones humanas basadas en la fraternidad.

Uno de los conflictos sociales más enconados en este momento es el provocado por la ideología de género. Uno de los pocos que se atreven a desafiar el discurso de esta doctrina publicamente es el controvertido y brillante psicólogo clínico canadiense Jordan B Peterson quien afirma sin pestañear: «…una gran proporción de la insistencia en la distinción entre género y sexo es narcisismo no diagnosticado (y egoísta). Pero para cuando esto se revele clínicamente, muchas carreras médicas y vidas inocentes habrán sido destruidas». Ni que decir tiene que este comentario ha merecido la condena estentórea del feminismo radical identificado con el acrónimo que pronto agotará el abecedario. Naturalmente, la anterior frase de Peterson deriva de su concienzudo estudio titulado: “On the Psychological and Social Significance of Identity” donde parte del hecho histórico y factual que establece que la identidad es un rol social, lo que significa que es por necesidad socialmente negociado. Y hay una razón para esto. Una identidad, un rol, no es simplemente lo que crees que eres, momento a momento o año tras año, sino, como dice la Enciclopedia Británica (específicamente dentro de su sección de sociología), «un patrón integral de comportamiento que es socialmente reconocido» y que proporciona un medio para identificar y ubicar a un individuo en la sociedad, sirviendo también «como una estrategia para hacer frente a situaciones recurrentes y lidiar con los roles de los demás (por ejemplo, roles de padres e hijos)». Por lo tanto, tu identidad no es la ropa que usas, o la preferencia sexual de moda o el comportamiento que adoptas y haces alarde, o las causas que impulsan tu activismo, o tu indignación moral por las ideas que difieren de las tuyas, sino un conjunto de compromisos complejos entre el individuo y la sociedad en cuanto a cómo el primero y el segundo pueden apoyarse mutuamente de manera sostenible a largo plazo. «Negarse a involucrarse en el aspecto social de la negociación de la identidad, insistiendo en que lo que dices que eres es lo que todos deben aceptar, es simplemente confundirte a ti mismo y a los demás» nos dice Peterson.

Parece obvio que el motor de inducción de conflictos sociales ahora gira descontrolado esparciendo quimeras, gracias al extenso campo hipnótico conformado por miles de mesías sectarios narcisistas, cuyo primer precepto es esquivar la crítica y menos aún someter sus doctrinas al método falsacionista. Jamás de los jamases aceptarán estos predicadores que sus dogmas “progresistas” pueden ser erróneos y nocivos para la humanidad. De hecho, aunque no ha sido divulgada como debería, desde la noción freudiana del narcisismo y las hipótesis de Heinz Kohut al respecto, junto con los estudios históricos sobre la personalidad de los dictadores y líderes políticos del siglo XX, existe un consenso claro entre psicólogos y sociólogos sobre el canon narcisista del poder. Así, el narcisista poderoso configura el poder como un fin en sí mismo, en la realización de los viejos sueños infantiles de omnipotencia que desdibuja progresivamente su necesaria subordinación a una ética de la responsabilidad. Este poder egocéntrico, en tanto significa sobre todo, privilegios, prestigio, inmunidad y que pretende sistemáticamente la impunidad, elude la responsabilidad, se va cerrando sobre sí mismo alejado de quienes le otorgaron legitimidad.

Tras un siglo de experimentos quiméricos generados por el motor de la historia marxista, se evidencia que; para cada desastre sus autores siempre encuentran a un enemigo al que culpar y, si no lo encuentran, se lo inventan. El enemigo puede ser la misma naturaleza humana: rasgos como la maternidad, el dimorfismo sexual, nuestra universal preferencia por la carne, la competitividad, los afectos familiares, el deseo de propiedad, la espiritualidad y hasta la Madre Naturaleza. ¿No fue Mao Tse-Tung quien culpó a los pobres gorriones de las malas cosechas y puso a todos los chinos a exterminarlos?

Llegados aquí, parece obvio preguntarse si nos encontramos inmersos en una cultura narcisista como asegura el psicologo Melchor Alzueta Satrústegui. Todo apunta a que se trata de una nefasta distorsión del objetivo de hegemonía cultural ideado por Antonio Gramsci, al conformarse como cultura dominante (políticamente correcta) para imponer un sistema en la acción social que distorsiona o discrimina otras culturas subyacentes. Es la hegemonía de una cultura narcisista la que ha integrado la compatibilidad del narcisismo colectivo con el individual.

MENSAJES Y CONDUCTAS DE LA CULTURA NARCISISTA HEGEMÓNICA

Que los padres, guarderías, colegios y medios canten a sus hijos canciones como: «Soy especial. Mírame».

Que desde hace al menos 3 décadas (empezó en los 80 en EEUU), a los niños se les martillee con el mensaje tu eres especial y puedes ser lo que desees y hacer lo que quieras … Para luego proseguir con que la cultura del esfuerzo y la meritocracia es lo que genera fatiga estructural y una epidemia de ansiedad.

Que en la escuela y en el parlamento los jóvenes adolescentes escuchen a quienes deberían ser ejemplares en sus comportamientos y discursos, que la identidad individual es esencialmente fluida y autogeneradora, mientras que la familia, esa díada de mujer y hombre basada en el afecto y el amor junto con el propósito de criar a sus hijos, es una institución heteropatriarcal retrograda que debe aniquilarse.

Que niños y jóvenes lean y escuchen discursos en que las autoridades afirman que cualquier reproche cívico o educativo hiere los sentimientos del reprochado.

Que las leyes en muchos países occidentales permitan el cambio de identidad y sexo a menores sin el consentimiento de sus padres.

Que la cirugía plástica estética se haya multiplicado por diez en los últimos 20 años sin otra justificación que la idealización de su cuerpo.

Que jóvenes y adultos se hagan constantemente autofotos “selfies” posando cuan estrellas hollywoodenses con su celular, para inmediatamente colgarlas en las redes sociales.

Que niños de 5 o 6 años escuchen asegurar a sus profesores que los chicos y las chicas realmente no existen.

Con estos ejemplos y muchos más del mismo cariz, ¿Es sorprendente que los adolescentes escriban en las redes sociales mensajes como: «ni hetero ni homosexual: soy autoxesual y estoy enamorada de mi misma»?.

Al mismo tiempo, cuando observamos que el poder del narcisista grandioso, del petulante dominante y egoísta que considera que tiene derecho a todas las prebendas otorgadas al primer ministro y muchas más, se sustenta sobre una pléyade de organizaciones conformadas para agrupar a los narcisistas vulnerables, los introvertidos, defensivos, resentidos y angustiados, con baja autoestima pero aleccionados como merecedores de un trato especial por ser vos quien sois, todos refugiados en el victimismo y las fantasías de grandiosidad futura, cuya hambre insaciable de reconocimiento conduce inexorablemente al conflicto con los otros, relajarse y pensar que la epidemia narcisista es un fenómeno coyuntural y pasajero que se resolverá con buen talante y buena administración económica, es suicida.

ODISEA DEL VIAJERO EN CLASE TURISTA

De Londonistán a Madrid

19/06/2022

Created with GIMP

Reseñar un viaje que debería ser casi una excursión, pues en avión desde Londres a Madrid apenas se recorren 1.200 kilómetros en dos horas, después de leer el artículo de Genoveva Enríquez sobre el viaje de la monja Jerónima Yáñez de la Fuente en 1620 quien, con 65 años, se atrevió a viajar a Filipinas atravesando el Atlántico hasta Veracruz, en mula cruzar Nueva España hasta Acapulco donde llegaba y partía el galeón de Manila a donde llegó dos años después de partir de España, parece una banalidad de turista quejica. Si lo hago es por entender que, desde mi primer viaje en octubre de 1965 desde Madrid a Montreal a bordo de un Douglas DC-8 de la Canadian Pacific Airlines, hasta el reciente viaje Londres – Madrid, viajar en avión en clase turista ha degenerado del placer a la tortura.

La experiencia no evita las peripecias derivadas de la irresponsabilidad de terceros pero, invita a la prudencia. Así, calculé que para embarcar en el IB3173 que partía de la terminal 5 de Heathrow a las 19:10 (hora de embarque 18,20) teniendo en cuenta que se tarda una hora larga desde el centro de Londres al aeropuerto de Heathrow en cualquier transporte, que soy tan ecolo como el que más y que solo llevaba equipaje de mano y había logrado imprimir la tarjeta de embarque (tras 4 intentos), usaría el transporte más barato. Bajo estas premisas, tomé el Tube en Russel Square a las 12 de la mañana, con el propósito de que me trasladara por la Piccadilly Line directamente a la Heathrow Terminal 5 en unos 70 minutos. Para los pocos duchos en estos menesteres, planificar casi 5 horas de espera teórica en la terminal parecerá exagerado, pero si tenemos en cuenta la precaución ante los imprevistos y la consideración de relajarse tomando tranquilamente un Fish & Chips con una cerveza en el Pilots de la terminal, no lo es tanto. Veamos.

El viejo tren de metro fabricado en los años 70 del siglo pasado marchaba con la pachorra habitual hasta que, desde la estación de Northfields (a 10 paradas de mi destino), el convoy empezó a pararse inopinadamente. El conductor nos tranquilaba diciendo que eran paradas por semáforo en rojo y que pronto retomaríamos la marcha. Sin embargo, las paradas se fueron repitiendo hasta el punto en que 35 minutos después de iniciarse, el tren paró en Hatton Cross (a 3 paradas de mi destino) y el maquinista nos informó que debíamos desalojar el convoy y esperar en la estación hasta la llegada de otro tren que nos conduciría a Heathrow. Unos 10 minutos después llegó el tren que me traslado a Heathrow Terminal 5 una hora y 46 minutos después de tomar el metro en Russel Square.

Todavía queda tiempo suficiente, me dije incauto, cuando inicié a las 14 horas el control de seguridad. Según la información oficial del aeropuerto londinense, los pasajeros deben pasar el control de seguridad, al menos 35 minutos antes de la hora de salida de su vuelo. Pobre de aquel que lo haga. Bien es cierto que en esto hay clases, pues existen las líneas de acceso rápido (fast-track) para tripulación, pasajeros adheridos a programas VIP, familias viajando con niños o personas discapacitadas.

Pero los siervos de la gleba tenemos que pasar por las horcas caudinas. Tras escanear el código de la tarjeta de embarque en la correspondiente barrera, uno entra en un largo salón repleto de cinchas que establecen estrechos caminos donde los pasajeros amorrados debemos transitar lentísimamente, estabulados cuan rebaño bovino en el redil antes del trasquilado. Sorprendentemente, en aquel momento de aquella malhadada tarde no estaban las señoras veladas en hijab o shayla que indican el pasillo más conveniente a los pasajeros. Por consiguiente, todos entrábamos en un único camino con varios zigzags donde se acumulaban decenas de personas esperando llegar hasta la única cinta transportadora en que depositar sus artilugios y pasar por el detector de metales. Así, nos fuimos acumulando sin apenas avanzar pues, aun estando lejos, pude distinguir que apenas pasaba el control una persona cada minuto. Ante semejante pérdida de tiempo, los pasajeros empezamos a impacientarnos mascullando una ligera protesta.

Tras más de media hora estabulados en los pasillos de cinchas, apareció una joven dama velada con hijab gritando que diéramos media vuelta y nos dirigiéramos hacia otros pasillos ahora abiertos, que conducían a las otras cintas con sus respectivos sistemas de control. Así lo hicimos apesadumbrados y esperanzados hasta que, tras varios minutos, comprendimos que éramos víctimas de una redistribución de masas, pues las máquinas de control padecían de tortuguismo total. Fue entonces cuando sufrí el ataque de Spanish dignity y me acerqué a la dama velada para preguntarle por los motivos de semejante desastre. La dama me miró con arrogante antipatía y sin responder tocó una tecla de su walkie-talkie. Inmediatamente aparecieron dos individuos tocados respectivamente con kufiyya y agal para advertirme que si no volvía al redil y me callaba inmediatamente, me detendrían ipso facto. A punto estuve de responderles quien eran ellos y sobre qué tipo de autoridad me detendrían cuando, una señora situada a mi lado me susurró que mejor haría en callarme porque podrían llamar a la policía y acusarme de terrorista. Aquello me desconcertó y apenas pude balbucear mi indignación al comprobar la mansedumbre silenciosa de los pasajeros ante el atropello que sufríamos. Por un instante, rodeado de amenazantes damas veladas con hijab y empleados tocados con kufiyya y agal creí estar en el Londoninstan de la «Eurabia» anunciada por Oriana Fallaci.

Cuando por fin pasé el penoso trámite secuela de los secuestros de aviones con pasajeros, un terrorismo iniciado el 29 de agosto de 1969, cuando la palestina Leila Khaled entró a la cabina del vuelo 870 de la TWA y tomó el mando del avión en nombre del Frente Popular para la Liberación Nacional de Palestina. A este secuestro le siguieron decenas más con los resultados luctuosos conocidos. Naturalmente, tras pasar más de una hora soportando la incuria del personal de seguridad de la Terminal 5 de Heathrow, uno se pregunta por los motivos de semejante comportamiento. Justificarlo por el bajo salario que reciben conduce al absurdísimo por cuanto sus reivindicaciones públicas proponen la incorporación de más personal, vamos poder colocar a familiares y amigos en paro o peor pagados. Y sin embargo, personal de seguridad, lo que se dice gente pululando con walkie-talkies y conduciendo a viajeros como pastores de ganado, hay por centenares por todo el aeropuerto.

En fin, entre pitos del metro y flautas de control de seguridad, me quedé sin Fish & Chips con cerveza. Con paciencia franciscana maté literalmente el hambre con un sándwich indescifrable del Pret A Manger y embarque en el avión de Iberia. Una buena costumbre recuperada por esta compañía, antaño de bandera española, es la puntualidad. Una mala costumbre justificada con la COVID-19 es no dar ni un vaso de agua gratis a los pasajeros de clase turista. Eso sí, si pagas a precio de lujo un bocadillo de mal jamón y una Coca-Cola no hay peligro de contagio.

Para finalizar la odisea viajera, tras aterrizar en Barajas y pasar el control de pasaportes y llegados a la terminal 4 mediante el trenecillo bamboleo, dos paisanas nos impiden tomar el ascensor que conduce al piso de recogida de maletas y salida, aduciendo que si lo tomábamos tendríamos que pasar por el control sanitario de entrada a España mostrando el código QR certificando la triple vacunación. Una trampa saducea por cuanto al llegar a la zona de recogida de maletas, decenas de personas ataviadas de blanco o con chalecos amarillos, exigían el certificado de marras a todo viajero que no procediera de una ciudad dentro del espacio Schengen.

Las perspectivas de posible mejora del trato a los pasajeros no VIP en los aeropuertos del mundo es bastante lúgubre. Recuerdo que el conglomerado empresarial compuesto por: Heathrow Airport Holdings Limited, Heathrow Finance plc y Heathrow (SP) Limited, en febrero de 2022 acumulaba un déficit de 2.100 millones de euros, una deuda de 52.265 millones de libras y necesitaba contratar a 12.000 personas, a pesar de que el número de pasajeros apenas era del 50% del de 2019. Por su parte AENA se encuentra litigando en el Tribunal Supremo la compensación del déficit de tarifa de 1.365 millones de euros. Solo en 2020 entre los costes de prestación de los servicios aeroportuarios básicos (2.275 millones) e ingresos (910 millones) Aena acumuló un déficit de 1.360 millones de euros. Por supuesto, estas deudas de AENA las tendremos que pagar los contribuyentes españoles sin rechistar.