
León XIV visitó la Mezquita Azul de Estambul el 29 de noviembre de 2025 y, siguiendo la tradición islámica, se descalzó, mostrando complacencia por el ambiente. Asimismo, declaró: «El miedo al islam en Europa está generado por quien rechaza la migración«. En este contexto, León XIV ha criticado las políticas migratorias de deportación masiva de Trump, calificándolas de «extremadamente irrespetuosas» y urgiendo a poner fin al clima de miedo. Con la guerra de EE. UU. e Israel contra Irán, el 7 de abril de 2026, León XIV criticó la retórica de Donald Trump sobre la destrucción de la civilización iraní y la «ilusión de omnipotencia» del presidente norteamericano de esta guisa: «Hoy, como todos sabemos, se ha producido también esta amenaza contra todo el pueblo de Irán, y esto es realmente inaceptable». La respuesta de Trump fue, como acostumbra, sin sutileza alguna: “…el Papa debe entender que ‘Irán no puede tener un arma nuclear’ y que el mundo está en peligro”, para luego añadir que el Papa “es débil ante la delincuencia y terrible en geopolítica”.
Naturalmente, esta polémica acapara la atención de medios y redes sociales. Para los medios sistémicos de derecha, izquierda y mediopensionistas, Trump es poco menos que una bestia y el Papa un ejemplo de misericordia. Así, el poco afamado por ser de izquierdas y algo más por ser ahora monárquico filipino, el decano ABC, nada menos que el domingo 19 de abril dedica su editorial con el título: “Los errores de Trump con León XIV”. Además, publica una doble página con un “reportaje” titulado: “El manso León XIV impone más al mundo que el excesivo Francisco” y un artículo encabezado con: “León XIV no es un monaguillo de Trump”. Con todo, ni en estos artículos y editoriales de ABC, ni en otros muchos de otros medios que he revisado, se informa sobre el fondo de este enfrentamiento, por lo que modestamente pongo mi granito de arena para tratar de explicarlo con la mayor brevedad.
Considero que estamos ante una disputa resultante de dos maneras de ver el mundo, es decir, una pugna ideológica entre la ideología de Trump o “trumpismo” y una teología de la liberación posmoderna del “manso León XIV”.
Podemos resumir el trumpismo, que las izquierdas wokes llaman «nacionalismo blanco» (alt-right), representado por el eslogan: «Make America Great Again» (MAGA) mezclada con los principios conservadores representados por la Fundación Heritage, que busca recuperar el alma estadounidense; «America First«. Se trata de priorizar los intereses nacionales de EE. UU., incluyendo el proteccionismo económico (aranceles para proteger la industria nacional), el nativismo frente a la inmigración descontrolada o ilegal, el rechazo al globalismo representado por el capitalismo woke y al wokeismo izquierdista, al tiempo que se prioriza el bilateralismo sobre el multilateralismo. En la práctica, con la National Security Strategy (NSS) de 2025, Trump ha reavivado la Doctrina Monroe: “América para los americanos”, tutelada por EE. UU., junto con una diplomacia transaccional con la reducción de compromisos globales innecesarios y priorizando la supremacía estadounidense en áreas vitales: energía, industria, tecnología, cadenas de suministros, etc. que deben estar asegurados en el seno de EE. UU.
León XIV, por su parte, al elegir su nombre en honor a León XIII, retoma los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, pero añadiendo las nociones de justicia y responsabilidad social, la crítica al capitalismo sin ética, la inclusión, mientras enfatiza una reforma para llevar a una Iglesia católica más «sinodal» e «inclusiva«, manteniendo las doctrinas del Concilio Vaticano II y el legado del Papa Francisco. Asimismo, el actual Papa dice estar comprometido con la causa de los inmigrantes, los refugiados y los pobres como «voz profética católica«, pues, según proclama, son merecedores de una acogida integral y humanitaria al constituir auténticos “mensajeros de esperanza” y “testigos vivos de la esperanza”. Sin embargo, no se pronuncia sobre los problemas de integración de los musulmanes en Europa al tiempo que anima a “construir puentes donde el mundo levanta muros”, crear centros de recepción de refugiados y misiones fronterizas. No obstante, sus críticas a los asesinatos y persecuciones de cristianos por los yihadistas musulmanes en Nigeria, República Democrática del Congo, Somalia, Yemen, etc., incluso en Irán y en la atea Corea del Norte, han sido escasas y con sordina. Tampoco León XIV ha clarificado si el precepto de la «guerra justa» defendida por el Vaticano sigue vigente.
Fue Pablo VI quien en la encíclica “Populorum Progressio” (1967) y en la Conferencia de Medellín (1968) apoyó el desarrollo de la «Teología de la Liberación«, influenciado por los marxistas castro-guevaristas encabezados por el peruano Gustavo Gutiérrez Merino (Lima, 1928-2024), seguido por Leonardo Boff, Juan Luis Segundo, Jon Sobrino, Frei Betto y Clodovis Boff. Asimismo, el sacerdote colombiano Camilo Torres Restrepo fue un impulsor de esta teología que llevó a la práctica en Colombia, fundando el Frente Unido que se unió al castro-guevarista Ejército de Liberación Nacional (ELN) en 1965, donde murió en combate.
La teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez Merino y sus compañeros sacerdotes sostiene que el “hombre nuevo” (ver Che Guevara) no surge de la liberación del pecado, sino de la liberación de la opresión social. Es así que los teólogos de la liberación ya no hablan del pecado en una dimensión personal, sino que inventan el concepto de pecado social. La liberación de este pecado pasa por la destrucción de esas estructuras de pecado. Esto contradice toda la tradición católica y el concepto de salvación del alma individual.
En realidad, Gutiérrez y sus seguidores sostienen sus postulados en el “materialismo histórico” marxista: «la historia de todas las sociedades hasta el presente es la historia de la lucha de clases«, donde la base económica (fuerzas productivas y relaciones de producción) determina la superestructura (leyes, política, ideología y religión). Son estos conceptos los que llevan a los sostenedores de la teología de la liberación a posiciones cada vez más radicales, para finalmente, desdeñando a Dios y al pecado individual, apuntarse a la revolución marxista-leninista.
En Argentina, la revista “Cristianismo y Revolución” vinculó a sacerdotes con guerrillas peronistas como Montoneros (de orientación católica y peronista, con capellanes como Jorge Adur) y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Fue en Nicaragua con la revolución sandinista (1979) contra la dictadura de Somoza, donde muchos sacerdotes como Ernesto Cardenal (luego ministro de Cultura) y Miguel d’Escoto (luego canciller) tomaron las armas encabezando el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) con los lemas de la teología de la liberación. En El Salvador, durante la guerra civil (1980-1992), la teología de la liberación nutrió al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), coalición guerrillera que luego se convirtió en partido político. En Guatemala, grupos como el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) reclutaron entre indígenas influidos por la teología de la liberación. En Brasil, Chile y Perú hubo apoyo a movimientos de izquierda, aunque menos directamente armados. En general, la teología justificaba la «violencia revolucionaria» como legítima defensa ante la «violencia institucionalizada» de regímenes autoritarios, aunque esto generó divisiones internas y condenas eclesiales.
Fue Juan Pablo II, con el apoyo del cardenal Joseph Ratzinger (luego Benedicto XVI), quien lideró una fuerte oposición a la Teología de la Liberación en los años 70 y 80. En concreto, la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por Ratzinger, criticó duramente el uso del marxismo y cualquier apoyo a la violencia, emitiendo documentos como “Libertatis Nuntius” (1984), donde se subraya que la verdadera liberación debe empezar por la liberación del pecado, raíz de todas las injusticias sociales, y no solo mediante cambios en las estructuras económicas o políticas, por considerar que su enfoque es la lucha de clases. Así, advierte que la adopción de análisis marxistas altera el sentido de la verdad, la fe y la vida cristiana, llevando a una «subversión del sentido» al tiempo que desbarata la misión de la Iglesia.
Pero el jesuita Jorge Bergoglio (pontificado de Francisco entre 2013 y 2025) fue quien resucitó la desacreditada teología de la liberación, cambiándola de nombre por «teología del pueblo» o de la pobreza, que era el nombre de la corriente argentina de la teología de la liberación desarrollada por los marxistas-guevaristas argentinos Lucio Gera, Rafael Tello, Juan Carlos Scannone y Justino O’Farrell.
Fallecido Bergoglio, los cardenales eligieron al agustino León XIV (Robert Francis Prevost), quien, nacido en EEUU, ha vivido y desarrollado su misión pastoral durante casi 4 décadas en Perú y ha adoptado la nacionalidad peruana.
Pronto, Prevost se convirtió en admirador de la teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez Merino, quien le apadrinó en la incorporación de la nueva teología de la liberación, ahora con toques wokes, conocida como «opción preferencial por los pobres«, estableciendo que las causas de la pobreza son las estructuras económicas injustas y el capitalismo dependiente que generan miseria y desigualdad extrema, mientras que sobre el sufrimiento y el sometimiento causado por las dictaduras socialistas, comunistas, teocráticas islamistas, por las mafias que trafican con personas y drogas que suponen la mayor tragedia que sufre la humanidad, poca contundencia y demasiada generalización.
Tener que aclarar que sus recientes declaraciones: «El mundo está siendo destruido por los tiranos. Son aquellos que, desde sus despachos, deciden cuánta hambre soportará un país. Estos pocos tiranos han creado un sistema donde la vida humana se trata como una mercancía. Creen que son dueños del sol y de la lluvia, pero olvidan que por encima de ellos solo está la justicia divina. La paz solo llegará cuando el último de los tiranos entienda que no se puede comprar el alma de un pueblo que ha decidido ser libre», no estaban dirigidas específicamente al presidente estadounidense Donald Trump, recuerda demasiado la conocida locución excusatio non petita accusatio manifesta.